Cada 30 de agosto se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. En México se trata de una agenda de la máxima prioridad: el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO) acumula actualmente más de 135 mil personas cuyo paradero se desconoce. La cifra cambia diariamente; y es precisamente esa movilidad estadística lo que la dota de un significado terrible, pues, cada hora, decenas de familias enfrentan la angustia de no saber el paradero de alguno o algunos de sus integrantes.
La gravedad se encuentra también en el hecho de que, tras cada ausencia, existe una obligación estatal de búsqueda inmediata, investigación diligente y esclarecimiento, pero eso no ocurre tal como lo marca la ley. Por ello, debe subrayarse que, dejar a las familias la tarea de recorrer montes, localizar y abrir fosas, recorrer hospitales y servicios forenses, constituye una grave omisión de la autoridad que se convierte en parte sustantiva de la experiencia del daño.
El filósofo Philippe Nemo encontró en el libro de Job una formulación radical: el mal aparece como exceso porque desborda las explicaciones con las que intentamos incorporarlo al orden del mundo. El sufrimiento de Job constituye una fractura que vuelve insuficiente toda explicación. Algo semejante ocurre ante la desaparición. La persona es arrancada de los lugares donde su existencia podía ser reconocida, queda suspendida entre la vida que debe presumirse y una muerte que nadie tiene derecho a declarar sin evidencia física. A su familia se le impone una temporalidad quebrada: no puede concluir el duelo, pero tampoco puede continuar viviendo como si la ausencia fuera provisional.
El exceso del mal reside también en su prolongación. La desaparición no termina en el momento de la privación de la libertad o de la pérdida del contacto. Se renueva durante cada búsqueda infructuosa, en cada expediente inmóvil, en los cuerpos sin identificar y en la indiferencia burocrática que convierte a una persona en un folio.
La perspectiva de infancias revela una dimensión todavía más siniestra. El RNPDNO contiene 408,174 registros históricos de personas desaparecidas, no localizadas y localizadas. De ellos, 85,705 corresponden a niñas, adolescentes y mujeres jóvenes, frente a 43,162 hombres del mismo rango. El grupo de mujeres de 15 a 19 años, con 57,114 registros históricos, es el más numeroso de la base de datos pública.
Al respecto, es importante decir que el registro, por sí solo, no permite determinar cuántos casos están relacionados con trata, explotación sexual, reclutamiento criminal, violencia familiar, sustracción, feminicidio o desaparición cometida por agentes estatales o particulares. Y precisamente por ello resulta indispensable investigar cada ausencia con celeridad y responsabilidad; cada reporte de una persona no localizada, especialmente cuando se trata de niñas, niños, adolescentes y personas muy jóvenes (19 a 24 años), debe activar de inmediato a todos los recursos institucionales disponibles para logra su localización con vida.
Por ello es urgente crear, adicionalmente a lo que ya tenemos, una política de búsqueda con perspectiva de infancias, lo cual exige protocolos activados desde el primer reporte, unidades especializadas, análisis de contexto por edad y género, coordinación efectiva entre fiscalías, comisiones de búsqueda y sistemas de protección, así como investigación de los mercados criminales que capturan cuerpos infantiles. También requiere escuchar a niñas, niños y adolescentes como sujetos de derechos, identificar los entornos donde se producen las desapariciones y proteger a hermanos, compañeros y comunidades expuestas a los mismos riesgos.
En la obra de Philip Nemo, el grito de Job impide reconciliar prematuramente el sufrimiento con un orden que pretende explicarlo. Pensando por analogía, en México, la voz de las familias cumple una función semejante: interrumpe la normalización de lo intolerable. Sus búsquedas muestran que el mal puede instalarse en las instituciones, en sus rutinas y omisiones.
Hacer justicia comienza por impedir precisamente que ese lugar vacío —el cual, al tratarse de seres humanos, constituye un vacío total—, sea aceptado como parte de la cotidianidad del país.
