María Gainza, écfrasis o el juego de sostener las miradas
“María Gainza ilustra de forma sumamente lúcida la relación de la fascinante protagonista con el arte y describe imágenes con palabras tan certeras que el lector tiene la impresión de estar junto a ella delante de un cuadro”
“No sabía bien a dónde ir pero mi instinto de supervivencia me llevaba siempre a los museos”, reconoce la protagonista de El nervio óptico, ópera prima de la escritora argentina María Gainza (Buenos Aires, 1975). Esta declaración de principios responde a las inquietudes narrativas de la escritora, es decir, su obsesión por la obra de arte y el juego de miradas y de tramas que se pueden crear a partir de confrontar el objeto artístico y el voyeur.
La historia de esta novela podría epilogarse de esta manera: la relación de una mujer, curadora de arte, perteneciente a una familia acomodada de Argentina, quien tiene una relación semiótica con las obras de arte y los autores. Sin embargo, la erudición de esta protagonista, así como los conflictos personales con los que vive, fisuran, a través de 11 capítulos (mejor dicho viñetas), y reinventan la teoría y la historia del arte.
El diálogo entre la protagonista y las pinturas llega a la perversidad y la reconstrucción, eso que en retórica se llama écfrasis. No sólo se ejerce una crítica mordaz, sino que también se postulan nuevas indagaciones, se reinventan fábulas, se descomponen mitos, se fractura la narrativa histórica de los cuadros. “Las pequeñas alegrías de mi vida siempre tienen un pie afuera de la realidad”, confiesa la protagonista.
Comenzando con el decisivo encuentro con Alfred de Dreux, pasando por El Greco, Rothko, Julien Félix Rousseau Rousseau, Hubert Robert, así como por la musa de tantos pintores como lo fue Misia Sert, o también por Toulouse-Lautrec, Paul Cézanne, Augusto Schiavoni, Théodore Géricault, Gustave Courbet, entre otros tantos más, El nervio óptico consigue, de manera muy eficaz, tejer el arte con las carencias, felicidades y vivencias de la narradora, la idiosincrasia de la familia de clase alta, la vorágine de la ciudad como Buenos aires, la pérdida, la pasión, el amor y desamor, el correr del tiempo y la ansiedad.
Más cercana al realismo, sobre todo por la búsqueda de la precisión y de la verdad, pero sin olvidar algunos trazos del costumbrismo, al retratar a la familia argentina, el expresionismo, sobre todo en los deformados diálogos internos de la autora sobre la realidad, y un hiperrealismo al confrontar las diversas realidades que componen el entramado de la inestable vida de una mujer llena de intensidades y conflictos.
Me parece interesante la observación que de Gainza hace Cees Nooteboom. “María Gainza ilustra de forma sumamente lúcida la relación de la fascinante protagonista con el arte y describe imágenes con palabras tan certeras que el lector tiene la impresión de estar junto a ella delante de un cuadro”.
“Soy una mujer parada en el ecuador de su vida, pero todavía guardo algunos trucos en la cartera: puedo ir del cuadro de Schiavoni que está en Bellas Artes al cuadro de Miguel Carlos Victorica que está en el museo Sívori en un parpadeo. Es como ir de mi niñez a mi vejez en un instante”. Esta capacidad de cronometrar la vida en un parpadeo a través de la obra pictórica es una de las mayores cualidades de este libro.
Miradas detenidas y retenidas, parpadeos, luz, imágenes, la invisibilidad de lo que se encuentra entre los ojos del voyeur y el óleo, los pensamientos, las inquietudes de la aguda analista, todo lo que la luz puede mostrar, incluso los silencios de quien algo intenta decir, pero calla. Obsesiones y tristezas, sobre todo, son las constantes en esta obra.
El nervio óptico fue el primer cuadro que escribió María Gainza. Después le viene La luz negra, novela en la cual vuelve al tema del arte, ahora mediante figura de falsificadores. Los intereses de Gainza por lo visual son evidentes. Son dos trazos, la escritura y la puntura, indelebles en su estructura narrativa, y digo estructura porque la narración de la argentina asemeja a un cuadro, con una paleta de colores, con una intención de mostrar, de evidenciar los rasgos de la luz y la oscuridad.
No cabe duda que María Gainza es una de las escritoras más audaces de la Argentina, más propositivas, y añadiría que más herméticas, su mundo parece cerrado, complejo. No es sencillo penetrar las capas que se inventa, aunque su capacidad narrativa es envolvente, atractiva. El perfil de sombra de su protagonista resulta atractivo, divergente, disruptivo.
