Balance final de un Mundial para recordar

Ese domingo triste de eliminación, las calles de la Ciudad de México se inundaron de compañerismo. Se respiró una complicidad que sólo hemos conocido en las grandes tragedias, ésas que nos han convocado a salir al auxilio del otro. Los desconocidos que caminaban con la playera de la Selección se convirtieron en nuestros hermanos, aunque no supiéramos ni sus nombres. En las calles y en los Fan Fest éramos uno; nadie dudaba en abrazar al de al lado para festejar un gol. 

En las últimas semanas vivimos escenas tan insospechadas, cómo ver a un enorme grupo de colombianos celebrando en el Ángel de la Independencia como si estuvieran en casa.

Por unos días, todos nos convertimos en caboverdianos, nos solidarizamos con la Selección de Irán, conocimos la historia de vida de Tim Payne, aprendimos a gritar å ro y a remar como vikingos. Ésa es la magia del futbol: un deporte capaz de hermanarnos, de sacar lo mejor de nosotros y regalárselo al mundo.

Sin embargo, no ha faltado quien, en el marco de la justa mundialista, haya sacado a relucir sus peores prejuicios racistas. Tras las modificaciones aprobadas por la FIFA en 2020 sobre elegibilidad y cambio de asociación, se volvió todavía más común que futbolistas con más de una nacionalidad representaran al país que también forma parte de su identidad, aunque no hubieran nacido en él.

En nuestra selección, Julián Quiñones, naturalizado mexicano, nos regaló enormes alegrías. Luca Zidane representa a Argelia, país de origen de sus abuelos. Nico Williams juega con España, mientras que su hermano Iñaki representa a Ghana, de donde son sus padres. El máximo goleador de Francia, Kylian Mbappé, también es hijo de migrantes africanos, como lo es el español Lamine Yamal. Nada de esto debería sorprender en pleno 2026. ¿Por qué, entonces, todavía hay quienes se escandalizan?

Hace unos días, el expresidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, dijo en un artículo que Francia tiene una plantilla de “altísimo nivel, pero sin franceses”, lo que le valió condenas de varios ministros del gobierno francés y hasta del partido de extrema derecha al que pertenece Marine Le Pen. “Rajoy es un racista, es así de simple”, declaró su vocero. Ante esto, Pedro Sánchez, el actual presidente del Gobierno de España, pidió disculpas por las expresiones xenófobas de su connacional. “Francia, nos vemos en semifinales. Que gane el mejor y que pierda el racismo”, escribió en su cuenta de X.

Otro capítulo penosísimo y condenable lo protagonizó la senadora paraguaya Celeste Amarilla, quien se lanzó contra el francés Mbappé con insultos racistas que no vale la pena repetir. El futbolista le respondió a través de redes sociales señalando que es indigna de su cargo por ser una mujer despreciable. La Federación Francesa de Futbol y su club, el Real Madrid, lo respaldaron públicamente. El conflicto escaló tanto que la Fiscalía francesa ha iniciado una investigación contra la paraguaya por “injurias públicas agravadas por el hecho de haber sido proferidas por motivos de origen, etnia, nación, raza o religión, real o supuesta, de la víctima”.

El racismo y la xenofobia no tienen —ni deben tener jamás— cabida en la cancha, un espacio que, por naturaleza, es un punto de encuentro y que tiene una capacidad única para unirnos. Es de celebrarse que, hoy, instituciones y autoridades ya no miren hacia otro lado. El respaldo de los clubes, las federaciones y la acción de las fiscalías no sólo protege a los jugadores, sino que marca un límite indispensable: el odio ya no goza de impunidad. Sólo con acciones reales para prevenir, erradicar y sancionar la violencia en todas sus formas se logrará garantizar que la magia de este deporte siga perteneciendo a quienes lo juegan y a quienes lo celebran en paz. 

Al final, la verdadera victoria no se mide en el marcador, sino en nuestra capacidad para defender la dignidad de todas y todos dentro y fuera del estadio.