Navaja de doble filo

La transición que acaba de iniciar tiene muchas novedades. Siempre ocurre que, con la elección, el Presidente constitucional pasa a un segundo plano y los reflectores se dirigen al Presidente electo. Lo que no recuerdo es un trato casi reverencial y algunas otras peculiaridades 
que estamos viviendo.

Maria Amparo Casar

Maria Amparo Casar

A juicio de Amparo

Esto se debe, al menos en parte, a que la elección rebasó el umbral de 50%, a que la diferencia entre el primero y segundo lugares fue mayor a 30% y a que tendremos un Presidente con mayoría en ambas cámaras. También a lo polarizado de las posiciones durante las contiendas y a que ganó el llamado candidato antisistema. Confrontación hubo de todos lados, aunque ahora la palabra más pronunciada sea la de reconciliación.

Las expresiones de felicitación y los deseos de una buena gestión para que “le vaya bien a México” son parte de la tradición política, pero expresiones como los desplegados en los periódicos o el video grabado por algunos de los empresarios más poderosos del país son inéditos. Hubo excepciones como la de Gustavo de Hoyos (Coparmex), quien atinadamente afirmó que habrá coincidencias y diferencias y que las políticas se analizarán por sus méritos.

No recuerdo que el virtual Presidente electo se hubiese reunido tan pronto con el Presidente constitucional en el lugar elegido por el primero —Palacio Nacional— y se hubiese televisado en tiempo real una conferencia de prensa con preguntas abiertas de los reporteros. Tampoco, que al candidato ganador se le invitara a una reunión internacional como la de la Alianza del Pacífico aun antes de ser declarado Presidente electo.

Nunca habíamos tenido tan pronto una certeza sobre la mayoría del equipo de gobierno o que los grupos de transición se hubiesen reunido con el gabinete en funciones antes de que el Tribunal Electoral hubiese calificado la elección presidencial.

Tampoco habíamos visto la captura absoluta de la “agenda país” con apariciones públicas diarias del recién electo y futuro Presidente.

No se puede comparar la opinión en las redes sociales porque en las anteriores elecciones no habían tenido ni tanta presencia ni tanta influencia, pero las expresiones de júbilo y esperanza y la disposición a otorgar una luna de miel prolongada en esta ocasión son innegables. Cualquier opinión crítica en las redes es inmediatamente denostada.

Estos acontecimientos reflejan, por una parte, el fuerte liderazgo de López Obrador y, por la otra, la certeza del enorme poder ganado en las urnas con el que ha llegado al cargo.

Los sistemas presidenciales tienen el problema de lo que se llama la doble legitimidad y con ella el del doble mandato. Si el presidente es elegido con base en un programa de gobierno y la mayoría en el Congreso tiene otro mandato porque el partido del Presidente no resultó mayoritario, hay un conflicto que obliga a negociar. En el caso de Andrés Manuel López Obrador este problema no se materializó porque el electorado le dio ambas mayorías. Esto hace más probable el cumplimiento de la oferta presidencial.

Los poderes presidenciales derivan tanto de las facultades que le otorgan las constituciones —son fijas— como de su poder partidario, esto es, de la distribución del poder político y de la disciplina o cohesión de los integrantes de los partidos. Ambas juegan en favor de AMLO.

López Obrador contará con las mismas facultades de ley que cualquier otro presidente antes que él y no hay nada que nos haga pensar que propondrá modificaciones a las mismas para mermarlas. Ya se pronunció, por ejemplo, por no dar un paso adelante con la reforma al artículo 102 para garantizar una Fiscalía independiente. Contará, a diferencia de los últimos cuatro presidentes, con una distribución del poder que le impondrá pocas restricciones y que aumentará notablemente sus posibilidades de mandar. La oposición en el Congreso no podrá frenar sus iniciativas, las facultades de nombramiento de los funcionarios de la administración pública (SHCP o SRE) y los otros poderes (SCJN) u órganos autónomos constitucionales no se verán limitadas, el veto presidencial no podrá ser superado, el poder de la bolsa estará más que nunca en manos del Presidente y la vigilancia del gasto podrá ser más laxa. Además, controlará 19 congresos locales que le permitirán controlar a igual número de gobernadores. Por si esto no alcanzara, cuenta con algunas formas de democracia directa, como la consulta popular de la que podría echar mano si fuese necesario.

La concentración de poder es una navaja de doble filo que puede acercarse a la expectativa de un dictador benevolente cuando no hay garantía de que lo sea. Esa concentración del poder en una sola persona puede vislumbrarse ya en los nombres que se ha dado a los proyectos preparados por sus equipos: en el área económica pejenomics, en el área de medio ambiente naturamlo y en desarrollo territorial amlópolis.

En este contexto y precisamente porque la representación y delegación del poder se han puesto en las manos de un líder que ha mostrado su poder de convencimiento, es imprescindible acordarse todos los días de la máxima de Daniel Innerarity: “En una democracia, la ciudadanía no puede dimitir de la obligación de observar y controlar críticamente a aquellos en quien ha confiado”.

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