La celebración va llegando a su fin. Los festejos seguirán, sin duda, durante semanas y el año todo. Pero la fiesta, para ser fiesta, ha de ser obligatoriamente temporal, acotada. La idea de la “fiesta permanente” es la antifiesta. Perdería toda su emoción y encanto.
Es precisamente su diferencia, su contraste con los días ordinarios, con la cotidianidad y la rutina del trabajo y el reposo, lo que hace del festejo algo tan hermoso y emocionante.
La nuestra, la de todos los seres vivos, es una existencia de contrastes. El reposo no existe sin el cansancio, el frío no es sino la ausencia del calor, y el placer de comer no tendría lugar sin el hambre.
Es por ello que las religiones que prometen una vida eterna, un paraíso de felicidad interminable, más allá del tiempo y el espacio, se equivocan gravemente. Tal estado ni existe ni puede existir. El bienestar únicamente se puede experimentar si conoce uno el malestar, el dolor y la desazón, si sabe qué fueron y qué pueden volver a ser. La alegría permanente es de güeva. Deprimente.
Decía el gran mago del cine Federico Fellini que las fiestas eran el signo más punzante de la decadencia de la burguesía. Se refería, por supuesto, a esas fiestas inanes, sin ton ni son, donde acudimos como a misa, convocados por el repique del esquilón con el propósito explícito de “estar contentos” por consigna, de embotarnos y aturdirnos a base de alcohol, música —por llamarla de alguna manera— esordecedora y la posibilidad, con suerte, de ligar y, con más suerte, de coger. Una noche de erotismo de plástico.
Y después, por supuesto, la cruda, metabólica y moral. Las fiestas auténticas no dejan cruda. Ésa es precisamente la piedra de toque que permite identificarlas. No lo olvide, caro y reventado lector. Es un signo ineludible: si hay cruda, de la que sea, es que no hubo fiesta.
Un tanto de lo mismo sucede con las vacaciones calendarísticas y obligatorias. Va uno contando con amargura los días que le quedan y, al final, las tales vacaciones no son sino esa amargura.
Cuando las festividades auténticas terminan, cuando y como deben terminar, dejan sí un dejo de melancolía, pero al mismo tiempo la satisfacción de lo genuino y las pilas cargadas, la energía y el ánimo necesarios para regresar al quehacer de cada día, que vuelve, si sabemos hacerlo, con sus propias satisfacciones y gratificaciones.
Así pues, nos encaminamos hacia el final de la gran celebración de los cien años de nuestro Excélsior. Fiesta legítima, obligatoria, guiada por la euforia y el entusiasmo de saber mirar hacia atrás con orgullo, única manera de poder mirar hacia adelante con optimismo.
La semana pasada intenté un recuento apretado del acontecer mundial que se había visto plasmado en las páginas de El Periódico de la Vida Nacional. Resumen del todo insuficiente y desconsolador.
Obviamente, intentar un recuento satisfactorio de todo lo llevado a cabo durante este siglo me llevaría otros cien años, como a los geógrafos chinos del inatrapable Borges.
Escojo, pues, centrarme en ese episodio capital para la historia contemporánea de nuestro país: el magno movimiento estudiantil de 1968, que puso en serios aprietos a la prensa libre, digna y honesta, y que me concierne directamente. Era difícil, fue difícil.
En los primeros dos meses, julio y agosto, Excélsior estaba al mando de don Manuel Becerra Acosta, padre, que llevó con temple ejemplar la dirección hasta su muerte, a finales precisamente de agosto. Lo sustituyó Julio Scherer, con no menos talento y dignidad continuó la labor.
En esos días, más que nunca, Excélsior brilló con luz propia, destacándose de manera soberbia del resto de la prensa nacional. Sólo le diré una cosa, agudo lector, para que me acabe de entender: la única entrevista mía que apareció en la prensa diaria, durante todo el movimiento, fue precisamente en Excélsior. Apareció el 18 de septiembre, ya no recuerdo quién me la hizo. Habían pasado cinco días de la Manifestación Silenciosa, y era la víspera de la ocupación militar de CU.
El momento álgido, el más delicado, fue sin duda el de la noche del 2 de octubre. Los acontecimientos brutales que tuvieron lugar en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco eran, y siguen siendo, harto confusos. Era prácticamente imposible saber a ciencia cierta lo que había sucedido en realidad. Podía tratarse de una operación represiva monumental, sin antecedentes o, incluso, de un golpe de Estado.
La prensa más reaccionaria y provocadora sostenía que los estudiantes había recibido a balazos al Ejército y se contaban ya por decenas los soldados muertos. Las presiones de que ése fuera el titular del periódico el día 3 no cejaban. Publicarlo resultaba, obviamente, ultrajante. Muchas informaciones vagas intimidaban, entre noticias serias escasas sobraban telex incendiarios martillando el miedo, intentar ponderación resultaba obviamente utópico.
Y, sin embargo, la cobertura que dio Excélsior fue ejemplar. Supo manejar con elegancia y profesionalismo las múltiples incógnitas y huyó de los tremendismos y las versiones sesgadas en uno u otro sentido. Impecable.
Dos meses después salí de México con un pasaporte falso, huyendo de la persecución. Regresé 16 años después. Y la primera entrevista que me hicieron al llegar fue la de Excélsior, el 24 de marzo de 1985, a cargo de la gran Nidia Marín, que recuerda en su reciente columna la querida Ivonne Melgar, y que apareció por entregas durante seis días consecutivos en la primera plana del incomparable Excélsior. ¿Dónde si no?
Por ello estoy seguro, caro lector, no le extrañará que, declinando otras ofertas, aceptara con ojos cerrados, con orgullo y entusiasmo, la que me hizo entonces Regino Díaz Redondo de incorporarme a este equipo y a su incomparable, entrañable, insigne proyecto.
