Uno de los episodios más tremebundos y complejos, pero también de los más hermosos de la historia de México, ecuánime y sensible lector, fue sin duda la Guerra de Reforma. Con este motivo el monarca francés Napoleón III, El Pequeño, con la venia de los tradicionalistas locales, decidió instaurar un Imperio en México, satélite del francés, y eligió para encabezarlo a Maximiliano de Habsburgo, a quien, equivocándose, supuso dócil. Maximiliano estaba casado con la princesa María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia Coburgo y Orléans Borbón Dos Sicilias y de Habsburgo Lorena, hija del rey Leopoldo de Bélgica. Los jóvenes cónyuges aceptaron encantados, un poco hartos de las rancias cortes europeas y sus miserias.
Recibían como espléndido regalo de bodas nada menos que un reino en este país de promisión, lejano, exótico y exuberante. Vivían desde hace años una historia de amor maravillosa, y se embarcaron en la mágica travesía, a bordo de la fragata Novara, con entusiasmo desbordante. Sería una segunda luna de miel, digna de un cuento de hadas. Aquello era un auténtico sueño, un delirio maravilloso. Aquel imperio fue ciertamente una locura. Cuando desembarcaron en Veracruz en 1864, Maximiliano contaba con 32 años y Carlota con 24. La guerra interna se encontraba en pleno apogeo, y el país en llamas.
Ambas potencias apoyaron a sus partidarios todo lo que pudieron. Francia envió incluso un contingente militar considerable para secundar a los suyos. Los Estados Unidos, estando mucho más cerca, no necesitaron hacerlo y les bastó sostener a los juaristas con divisas, armas y avituallamiento. La historia oficial de nuestro país deforma la realidad al presentar el conflicto como de “mexicanos contra franceses”. No fue así, no en primer lugar. Se trató de una guerra civil, de mexicanos contra mexicanos, con la presencia, eso sí, de tropas extranjeras que reforzaron uno de los bandos.
El Segundo Imperio Mexicano fue magnífico. Los nuevos emperadores (ella no se resignó a ser simplemente “consorte” y gobernaba tanto como él) se volvieron rápidamente mexicanistas, desoyeron las consignas que llegaban de Versalles y se negaron a jugar el papel de títeres. Entre otras muchas cosas, fue Maximiliano quien creó la ceremonia del Grito de Independencia, en un mensaje claro tanto a París como a Washington, y fue su régimen el único de toda nuestra historia en el que el náhuatl fue instituido como lengua cooficial del país. Mientras el indio Juárez se esforzó en “civilizarnos” y “occidentalizarnos”, e hizo todo lo posible por acabar de desmantelar los vestigios de la lengua y las tradiciones de sus propios ancestros. La historia oficial, de nuevo, esconde y manipula.
La labor al frente del efímero imperio —pervivió menos de tres años— fue cualquier cosa menos fácil. La personalidad decidida de los bisoños monarcas conquistó a unos y se ganó la animosidad de muchos, incluso entre sus supuestos aliados. El emperador, por ejemplo, refrendó las Leyes de Reforma, incluida la separación de la Iglesia y el Estado. Su intención era la de acabar de situar a México en el mapa, modernizarlo, pero con identidad propia, y constituirlo como una monarquía parlamentaria independiente de las grandes potencias mundiales.
Para empezar ganaron adeptos decidiendo incorporar también otras sentencias. Al sostener íntegra esa separación tomando una vía incluso más osadamente secular, Maximiliano intentó vigorizar instituciones. Aportó soluciones inéditas en situaciones trabadas al moderar opiniones sectarias. Moduló usos y costumbres enfrentando resistencias conservadoras anacrónicas, modificó además situaciones que ultrajaban envilecidas nuestra unidad nacional constantemente amenazada.
Esto, junto a las apremiantes necesidades que la guerra con Prusia imponía a Francia, ocasionó que Napoleón suprimiera todo apoyo a su rejego aliado americano, retiró sus tropas y abandonó a Maximiliano y a Carlota a su suerte. Mientras, la intromisión gringa era cada vez más intensa. El destino estaba sellado. Negándose a reconocerlo, y en una decisión abrupta, la emperatriz decide dirigirse personalmente a Europa en busca de ayuda y patrocinio, en la propia Francia, pero también en Austria y en el Papado. Años después, sintiéndose ya vencedores, los chinacos, guerrilleros juaristas, a propósito de su viaje, compusieron y entonaban la que se volvería célebre polka “Adiós, mamá Carlota”, un tanto burlona, sí, pero también con un dejo inequívoco de cariño y añoranza.
La misión que la emperatriz se había autoimpuesto fracasó. La espléndida mujer de armas tomar, esta vez no las consiguió. Los Estados Unidos habían ganado, y con ellos los liberales mexicanos. La joven monarca ya no pudo volver a su entrañable México ni al lado de su amado Max. Éste fue derrocado y fusilado en 1867 (aunque hay ahí alguna otra hipótesis sugerente, que ya le contaré, leyente consuetudinario. Toda esta historia es laberíntica, misteriosa, apasionante e inacabable).
Las crónicas, esta vez incluso las homologadas, cuentan que el emperador depuesto pidió que en el largo camino del calabozo al lugar del fusilamiento lo acompañara una rondalla interpretando una dulce habanera, La Paloma, la canción favorita de su Carlota, la que se hacía tocar en todas las glamorosas y frecuentes recepciones en el Castillo de Chapultepec (al que reformaron convirtiéndolo en palacio, pero al que por supuesto no le cambiaron el nombre), y con la que él mismo le llevó serenata en más de una ocasión. La voz se corrió y por las faldas del Cerro de las Campanas, hacia el paredón, aparecieron no uno sino varios grupos que acompañaron al condenado interpretando la melancólica melodía.
A su vez, la lejana enamorada, cuando se enteró del trágico y abrupto desenlace, se volvió loca, esta vez en serio, del todo, de dolor, impotencia y desesperación. Enloqueció de amor. Vivió 60 años más, hasta 1927, confinada en una alcoba, primero en el palacio de Miramar —a orillas del Adriático, y que Maximiliano había mandado edificar para ella— y después en los de Tervuren y Bouchout, en su Bélgica natal.
Maximiliano murió en la nostalgia, la tristeza y el desconsuelo. Pero a su amada Carlota, la suerte le fue mucho más cruel. Vivió en la nostalgia, la tristeza y el desconsuelo.
