Disputa por la semántica del cuerpo

La intimidad tiene una semántica que rara vez se examina como tal, quizá porque se da por entendida, quizá porque nombrarla exige reconocer que lo que parece evidente no lo es tanto. Una misma imagen puede pertenecer al registro más ordinario de una vida —el cuerpo que existe para sí mismo en la privacidad de un cuarto, sin audiencia, sin intención de ser visto— y convertirse, sin que nada en ella cambie, en algo completamente distinto en el momento en que alguien decide mirarla desde un lugar que no le fue ofrecido. Lo que se transforma es la relación de poder que organiza quién determina el significado de lo que se ve, y esa transformación, que ocurre sin que la persona fotografiada lo sepa ni lo autorice, es ya una forma de violencia antes de que haya una sola imagen distribuida o una sola pantalla encendida.

Esa pregunta —quién decide qué significa un cuerpo, desde dónde y con qué intención— se ha radicalizado desde finales de diciembre del año pasado, cuando usuarios de X comenzaron a usar Grok, el asistente de inteligencia artificial de la plataforma, para desnudar digitalmente a mujeres reales a partir de fotografías de su vida cotidiana. Las imágenes se multiplicaron, algunas involucraron a menores, y la empresa restringió parcialmente la función semanas después, cuando la presión pública hizo imposible la indiferencia. Elon Musk, mientras tanto, publicó en su perfil una imagen generada por su propia herramienta de él mismo en bikini, acompañada de emojis de risa, y ese gesto funciona como la declaración más honesta del episodio completo: quien diseña y opera la plataforma percibe la posibilidad de desnudar digitalmente a una mujer sin su consentimiento dentro de la misma categoría que un chiste sobre sí mismo, algo que pertenece al orden de lo trivial y que, por tanto, no amerita ninguna forma de gravedad.

Y hay que decirlo, Grok encontró un territorio fértil, preparado de antemano para que echara sus raíces, construido por comunidades que operan con una organización que sería difícil de creer si no existiera documentación. Una investigación de CNN publicada este mes expuso la existencia de grupos en línea donde hombres comparten métodos para drogar y agredir sexualmente a sus parejas, estrategias para eludir consecuencias, y un sistema de aliento mutuo que convierte la violencia en práctica colectiva y pedagógica; más de 62 millones de visitas, según los datos que acompañaron la investigación. Lo que esas comunidades construyen opera en el nivel del significado de la misma manera en que Grok opera en el nivel técnico: una gramática compartida en la que el cuerpo de las mujeres existe como objeto disponible para la intervención ajena, que se afina entre usuarios que nunca se conocerán en persona, pero que sostienen juntos un sistema de sentido sobre lo que puede hacérsele a una mujer y sobre qué consecuencias merece quien lo hace.

La intimidad reside en el contexto desde el que un cuerpo es mirado y en la capacidad de quien lo habita para determinar ese contexto; y lo que se le sustrae a una mujer cuando alguien graba sin permiso, cuando una IA desnuda a partir de una fotografía pública, cuando un grupo comparte imágenes extraídas de un teléfono ajeno, es la capacidad de decidir qué significa lo que muestra y lo que guarda, qué registro de sí misma le pertenece a quién. Tratar eso como exceso menor o consecuencia inevitable del progreso tecnológico desplaza la pregunta hacia el terreno de la regulación y la aleja del terreno donde realmente ocurre el daño, que es el de quién tiene autoridad sobre el sentido de un cuerpo.

La semana pasada, el Senado mexicano presentó una propuesta de ley para regular la inteligencia artificial que incluye sanciones penales para la generación y distribución de deepfakes sexuales sin consentimiento. La propuesta es necesaria, y plausible, pero llega a un territorio que la legislación puede acotar sin agotar, porque lo que se sanciona son los actos y sus consecuencias, mas queda fuera del alcance la nomenclatura que producen esos actos. Restaurar el control de una mujer sobre la semántica de su propio cuerpo implica reconocer la autoridad de su intimidad, y esa autoridad se confiere en el campo social, cultural; que este reconocimiento formal se utilice para catapultar la batalla por el cambio de paradigma que pareciera dar sus primeros pasos.

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