Veinticuatro horas después, la prensa mundial seguía dedicando sus principales titulares al “atentado contra Trump”. Aunque algunos medios ya matizaban y describían el hecho como disparos (“shooting”) en el salón de fiestas del Hilton de Washington, donde comenzaba una cena con cientos de corresponsales y el mandatario. Y es que resulta impreciso hablar de un atentado contra él. Trump entró al salón a las 20:15 horas; a las 20:34 se escucharon disparos fuera del salón y Trump fue evacuado; a las 21:45, al parecer a disgusto, abandonó el hotel –“Luché como el demonio para quedarme, pero los agentes me pidieron marcharme–; y a las 22:30 comenzó una conferencia de prensa en la Casa Blanca. Allí dijo que, por seguridad, necesitará un salón de fiestas en la propia Casa Blanca. El atacante fue detenido. Se informó que actuó en solitario, que tenía un manual de acción y que su objetivo eran otros funcionarios del gobierno de Estados Unidos. Trump añadió que el intruso sentía un odio profundo por los cristianos. En fin. No ocurrió nada más, pero el mundo no cesaba de hablar de ello. Pasa el tiempo y el universo informativo sigue girando, esencialmente, en torno de un hombre: todo poder, todo espectáculo. La atención global es cada día más suya y, por lo visto, pronto la expandirá con su salón de fiestas, bailes y juegos.
