La maldición del poder absoluto

Lo que construyó Andrés Manuel López Obrador fue una fortaleza. Una acelerada e impresionante apropiación del poder sin antecedentes en nuestros tiempos. Eliminó todos los contrapesos al poder omnímodo de la Presidencia de la República. Arrasó con la posibilidad de que la ciudadanía pudiera siquiera asomarse para saber cómo el Presidente ejerce el presupuesto. Cambió leyes para que toda la información sobre las acciones del poder quedase resguardada bajo llave.

Cambió las prioridades de la ciudadanía, sin consulta alguna. Decidió regalar dinero en tarjetas a casi toda la población susceptible por cualquier razón (mujeres trabajadoras, madres sin pareja, madres con pareja, bebés recién nacidos, hombres de 60 en adelante, discapacitados, indígenas, etcétera). Aumentó el salario mínimo, hecho que no le costó al erario, sino al empresariado. Como no alcanza el presupuesto para todo, redujo el gasto al sistema de salud y a la educación. Esto estableció una nueva paradoja mexicana: dinero en el bolsillo, pero sin salud ni educación. La educación popular simplemente dejó de ser el instrumento de ascenso social que era antes, para convertirse en un ritual a cumplir… o no. La masiva deserción en el sistema público escolarizado señala la catástrofe social. El retraso económico, político y social garantizado es el resultado del nuevo paradigma impuesto por López Obrador y Sheinbaum.

Finalmente, inauguraron nuevos sistemas de corrupción para la cooptación de las élites. Soldados, marinos, funcionarios públicos, políticos, empresarios y ejecutivos del narco fueron incluidos en el nuevo sistema de apropiación de la riqueza pública nacional, empezando por el huachicol fiscal, un sistema que garantiza riquezas para todos. López Obrador y Sheinbaum cuentan con la avaricia de los sujetos que gobiernan. Tarjetas a unos, contratos a otros. Y el poder para ellos.

Mientras tanto, el resto del mundo observa este proceso con una combinación de fascinación y horror. Fascinación porque ofrece un verdadero laboratorio para ver cómo una sociedad entera puede ser distorsionada en sus valores, su ética y criterios morales por un líder carismático y, después, por el sistema que impuso a la sociedad. Las comparaciones no dejan de fluir: Stalin, Hitler, Mussolini, y más cerca, Orbán en Hungría, Putin en Rusia, Trump en EU. Todo es posible cuando se sabe cómo tocar las fibras más sensibles de las sociedades que crujen con incertidumbre y sienten miedo ante el portento futurista.

Pero observar a México desde el exterior también causa horror. El experimento es un reflejo de la fragilidad de los sistemas de gobierno democráticos, y devela su vulnerabilidad a potentes fuerzas destructoras que subyacen en el fondo de cualquier sociedad. El líder carismático puede convencer a la sociedad de que relaje sus resistencias a perder la individualidad y la crítica y dejarse llevar por la corriente mayoritaria de la sumisión a la voluntad y el goce del Gran Otro. Ese instante de rendición de la individualidad es cuando los individuos deciden su futuro: o acepta convertirse en parte de la masa acrítica y resignada o decide defender la idea del individuo antes que ser masa. México escenifica la eterna lucha entre libertad y esclavitud.

En ese punto se encuentra México hoy. Una ministra de la Suprema Corte promueve resoluciones a favor de su familia, y les parece una conducta normal. Las élites políticas reparten puestos y contratos mientras la sociedad, pasiva e inerme, ve sin pasión, pero también como una inevitabilidad, las convoluciones internas del poder. El crimen organizado y el Ejército deciden el reparto del territorio nacional. 

Como en todo sistema totalitario, la podredumbre y la destrucción vienen desde sus propias entrañas. El nivel de vida de los ciudadanos desciende irremediablemente. La moral y la ética ceden su lugar a la descarnada lucha por la sobrevivencia de los restos del sistema. Esto sucede en México porque una fuerza supo imponerse a los resquicios del poder, destruyendo todos los contrapesos. Impuso un poder totalitario. Ése es el retrato de México, hoy. Corrupto, inerme, sin ruta de escape. Sujeto a la maldición del poder absolutista tomado forzosamente por el líder carismático y su sombra. Y luego, la inevitable decadencia.