Cuando un antibiótico no logra eliminar todas las bacterias de una infección, las que sobreviven suelen ser portadoras de mutaciones que las protegen, y de ellas desciende una población más resistente al mismo fármaco que debía destruirlas. La imagen resulta incómoda para quienes ejercemos la crítica pública, porque sugiere que el poder se comporta de un modo parecido y que cada golpe que no lo derriba le enseña a sobrevivir al siguiente.
Quienes analizamos la política revelamos casos de corrupción o documentamos la violencia y solemos pensar nuestro oficio como un remedio, pero pocas veces nos detenemos a preguntar qué hace el organismo con la dosis que le administramos.
En 1919, Max Weber distinguió entre dos maneras de juzgar la acción política. La ética de la convicción se mide por la pureza de la intención, como la del cristiano que obra bien y deja el resultado en manos de Dios, mientras que la ética de la responsabilidad obliga a responder por las consecuencias previsibles de lo que se hace. Weber advertía que es falso que del bien sólo salga el bien, y que quien no lo percibe sigue siendo, en política, un niño.
Repetimos que el infierno está empedrado de buenas intenciones, aunque la frase haya sobrevivido con holgura a la pérdida de su firma. Quisiera añadir un matiz a esa lección, porque el mal que a veces sigue a una denuncia suele provenir de los usos que distintos grupos de poder suman a las palabras una vez publicadas, y son esos usos los que conviene vislumbrar como parte del análisis riguroso.
Hannah Arendt ofreció en Verdad y política una defensa de quienes informan los hechos, al situarlos en posiciones exteriores al juego de intereses, entre ellas la del juez y la del reportero y encontró en esa exterioridad la condición de su valor. Comparto su alarma ante la mentira que destruye los hechos, pero dudo que aquella distancia alcance para proteger lo que se dice o informa. Una verdad factual vive, por así decirlo, en dos tiempos.
En el primero, el de la enunciación, quien la dice puede mantenerse lejos de los intereses en disputa, mientras que en el segundo, el de las consecuencias, la verdad circula ya por manos ajenas y el poder, que rara vez desperdicia un material útil, la incorpora para adaptarse, para cambiar de rostro o para que otro grupo ocupe el lugar del exhibido, o la pone en disputa hasta volverla indistinguible de una mentira.
Admitirlo obliga a quienes denunciamos a añadir una pregunta a la de si algo es cierto, y ese cuestionamiento consiste en averiguar a quién sirve aquello que revelamos y de qué manera transforma la vida de las víctimas cuya realidad queda expuesta en la denuncia.
Una misma revelación puede devolver a las víctimas el reconocimiento que se les negaba y, a la vez, convertir su dolor en munición de una disputa que no les pertenece y de la cual rara vez obtienen reparación. La verdad conserva intacto su carácter de contrapeso y de cuestionamiento legítimo, pues un hecho no cambia de naturaleza según quién lo aproveche, aunque sus efectos sí.
Conviene trazar con cuidado los límites de esta exigencia, porque el propio poder ha aprendido a usarla en su favor cuando acusa a periodistas y analistas de mercenarios o de servir a intereses ocultos, con el propósito de intimidarlos y de convencer a la audiencia de que ninguna crítica merece ser escuchada. Ceder a esa acusación equivaldría a desmontar los contrapesos que la crítica sostiene. La pregunta por los beneficiarios tampoco puede convertirse en una razón para callar, ya que el silencio es también una posición con efectos, pero, en este caso, se favorece definitivamente a alguien. La responsabilidad que propongo deja intacta la legitimidad de la crítica mientras le exige entender cómo funciona un poder que, cuando lo incomodan, acusa a quien denuncia, en lugar de señalar a otros poderes necrófagos que se sirven de la misma.
Lo que esta conciencia reclama es que el análisis de los intereses que vuelan en círculos sobre nuestras cabezas acompañe a cada denuncia, para que la crítica no se limite a señalar, sino que consiga ejercer una presión real y abra un espacio público donde la gente pueda encontrar posibilidades de transformación. Ese acompañamiento podría proteger a la crítica del destino de un antibiótico mal administrado que, en lugar de combatir la infección, termina seleccionando las cepas capaces de sobrevivir. Tal vez ese análisis sea nuestro propio antibiótico contra la desacreditación y la manera de impedir que las buenas intenciones terminen confirmando el refrán.
