Lo que hace a México un país de colores

Manola Zabalza Aldama

Manola Zabalza Aldama

Común denominador

La historia de innovación industrial más antigua es la del pigmento. México tiene pinturas rupestres datadas en hasta siete mil 500 años en Baja California Sur; en el resto del mundo, los ejemplos más antiguos del mismo espíritu humano llegan hasta los 45 mil años. Ese color ha durado más que casi cualquier otra tecnología humana —más que la agricultura— y su única competencia son el lenguaje y el fuego.

Ese camino empezó en lo biológico: los pueblos mesoamericanos domesticaron la grana cochinilla hasta convertirla en el rojo más codiciado de su época. Pasó por lo mineral: el lapislázuli viajaba miles de kilómetros desde Afganistán para pintar de azul los cielos de los grandes cuadros europeos. Y llegó, hace apenas siglo y medio, a lo químico —el terreno que ocupa hoy una industria entera en todo el mundo—.

Las mentes más brillantes del continente en esta materia se reunieron esta semana en nuestra ciudad: la Asociación Nacional de Fabricantes de Pinturas y Tintas y el Latin American Coatings Show —LACS— trajeron a fabricantes, científicos, proveedores y especialistas de pinturas, tintas y recubrimientos de toda Latinoamérica y Norteamérica. Ahí se exhiben materias primas, maquinaria y tecnologías de aplicación para toda la cadena de valor del sector.

La sede no es casualidad. Ciudad de México debe ser el lugar donde cualquier industria —no sólo esta— encuentre las condiciones para innovar y reinventarse: talento, infraestructura y capital dispuesto a apostar por lo que todavía no existe. Ese mismo patrón —mirar hacia el propio pasado para encontrar el siguiente paso— se repite en otras industrias que la ciudad impulsa, y también se proyecta hacia adelante.

En el propio LACS de esta semana, cerca de cinco mil profesionales de 34 países discutieron el futuro de la industria de pinturas —inteligencia artificial, automatización y digitalización de procesos —, la próxima frontera de un oficio que empezó con grana cochinilla y lapislázuli. Fue, además, la edición más grande en las 19 que lleva el encuentro. Nunca antes esta industria se había reunido en México con tanta ambición.

Estas reuniones industriales —congresos, convenciones y exposiciones son una parte muy importante del ecosistema. Según la Cuenta Satélite del Turismo de México del Inegi, los viajes por motivo de negocios suman cerca de 200 mil millones de pesos y Ciudad de México es quien encabeza esta industria. Se trata de tener un ecosistema de innovación para que la primera opción en celebrar un congreso de este tipo sea nuestra ciudad.

Aquellas primeras pinturas de Baja California duraron miles de años sin que nadie lo planeara. Lo que Ciudad de México construye hoy depende de que sigamos poniendo las condiciones para que valga la pena quedarse —para que, dentro de otros tantos miles de años, alguien mire hacia atrás y encuentre, otra vez, nuestros colores e invenciones—.