Mireya Cueto

Vivió 91 años. Murió el pasado 26 de abril. Mireya Cueto destacó en varios campos, pero sobre todo en el teatro de títeres, al que se dedicó durante siete décadas. Tuvo el don de hacer lo que la apasionaba y expresar sus pensamientos con valentía. Ha dejado un ...

Vivió 91 años. Murió el pasado 26 de abril. Mireya Cueto destacó en varios campos, pero sobre todo en el teatro de títeres, al que se dedicó durante siete décadas. Tuvo el don de hacer lo que la apasionaba y expresar sus pensamientos con valentía. Ha dejado un vacío: no podrá contarnos más sobre su infancia y adolescencia, su vida colmada de riqueza imaginativa, de experiencias que nos llevan a la raíz de la cultura mexicana del siglo 20. No podrá lanzar más sus agudos cuestionamientos sobre el poder del teatro de títeres para estimular la inventiva y a la vez el riesgo de que sirva, aún con las mejores intenciones, como instrumento de manipulación, vehículo para imponer consignas y adoctrinamientos.

Mireya fue hija de Lola Cueto, quien ingresó a los 12 años a la Academia de San Carlos y desarrolló una obra reconocida mundialmente, que se basa en la reelaboración del arte popular. El padre de Mireya fue Germán Cueto, pintor, escultor, también alumno de la Academia de San Carlos y destacado integrante del movimiento estridentista. A los cinco años de edad Mireya fue a vivir a París en compañía de su familia, donde su madre, Lola, tuvo una memorable exposición de sus trabajos de papel picado. Los Cueto fueron parte del círculo rojo de las discusiones estéticas y políticas de su tiempo.

En una conversación con el dramaturgo Salvador Ramírez, publicada en Paso de Gato (Num. 18.), Mireya contó que su primer contacto con los títeres fue en el Parque Luxemburgo, en La Ciudad Luz. Se trató de una obra muy simple, en la que un pescador sacaba del agua objetos inesperados. De regreso de la Unión Soviética, el poeta Germán List Arzubide visitó en Francia a los Cueto y a Angelina Beloff. Cuenta Josefina Brun en su libro Teatro para niños y jóvenes (INBA, 2011), que Lizt convenció a Germán, Lola y Beloff de acompañarlo de vuelta en México.

En 1932 Mireya y sus padres se instalaron en La Merced, cerca de Ramón y Dolores Alba de la Canal. Germán Cueto se había fascinado con los títeres en París y tuvo la inquietud de formar un grupo de guiñol con los propios Alba de la Canal, List Arzubide, Leopoldo Méndez, Juan Guerrero, Roberto Lago, Angelina Beloff, Enrique Assad y Graciela Amador. Esa iniciativa dio lugar a la formación, dentro de Bellas Artes, del grupo Comino, dirigido por Ramón Alba de la Canal, y Rin-Rin, a cargo de Germán Cueto. Rin-Rin, que prolongó su vida con el nombre de El Nahual, quedó bajo la dirección de Lola Cueto.

Mireya trabajó con sus padres en la elaboración de los muñecos. Su primera participación como animadora de un títere fue durante un festival en Aguascalientes, en el que faltó quien hiciera de ángel. Ella asumió el reto. Tenía 19 años y acababa de entrar a estudiar historia en la UNAM, donde obtuvo su licenciatura. Sus primeras puestas en escena las hizo en Montreal, a donde siguió a su marido. Según la citada conversación con Salvador Ramírez, Mireya entró como maestra de arte en una primaria en Canadá. Escribió una pastorela para títeres que montó con sus alumnos y resultó un éxito. En 1980 fundó el grupo El Tinglado, con Pablo Cueto, otro notable artista de los títeres, que suma la familia Cueto tres generaciones de excelencia en este arte. Más tarde Mireya estableció el grupo Espiral.

Mireya Cueto trabajó dos décadas en Bellas Artes, en las que fue valiente para denunciar el desdén con el que se llegó a tratar el arte de los títeres. Fue especialmente crítica con el desinterés de Salvador Novo, cuando el autor de A ocho columnas se hizo cargo de la dirección de teatro en dicha institución.

Para Mireya los títeres no deben ser un instrumento de manipulación de los niños. Se debe respetar la inteligencia de los públicos y dar lo mejor cada función. Mireya Cueto ha inspirado sucesivas generaciones de titiriteros en México y el mundo. Fue merecedora del Premio Nacional de Literatura Infantil Juan de la Cabada, el Premio Rosete Aranda, la Medala Bellas Artes, la Medalla Mi Vida en El Teatro, de ITI/UNESCO/UNIMA y el galardón Gorgorito. Un festival de teatro de títeres se fundó con su nombre. Deja una amplia bibliografía con sus obras de teatro, los trabajos que realizó en radio, sus estudios históricos, cuentos, poesía, ensayos, una fabulosa colección de muñecos y el luminoso testimonio de una vida íntegra, dedicada a trabajar desde el arte en favor de la dignidad y la justicia, en especial de los niños.

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