Éxodo: Dioses y Reyes
No hay remedio. Hollywood no evoluciona. Invierte millones de dólares en sus películas, que a su vez le devuelven otros miles de millones más; paga los salarios más descomunales a sus estrellas; se apodera de la mayoría de los cines de todo el planeta; domina la ...
No hay remedio. Hollywood no evoluciona. Invierte millones de dólares en sus películas, que a su vez le devuelven otros miles de millones más; paga los salarios más descomunales a sus estrellas; se apodera de la mayoría de los cines de todo el planeta; domina la tecnología de los efectos visuales y de sonido, etcétera. Nada de eso se le puede negar, pero la sustancia sigue siendo de una mediocridad lamentable.
Los síntomas, de la ya muy prolongada crisis creativa en los grandes estudios hollywoodenses en cuanto a argumentos, contenidos y propuestas, es más que evidente; lo vemos en su necedad por rescatar ahora temas bíblicos, como sucedió con Noé, dirigida y coescrita por Darren Aronofsky. Una película innecesaria con una interpretación absurda del “elegido de Dios”, quien, para salvar a su gente, construyó una enorme embarcación que transportó parejas de animales de todas las especies conocidas. Apoyada en sus muy logradas escenas de acción, como la del célebre diluvio, Noé flotó de pechito y produjo buenas ganancias en las taquillas. Y le cuento que ya amenazan con una nueva versión de Ben Hur.
Este nuevo blockbuster navideño es otra muestra de la falta de ideas nuevas: Éxodo: Dioses y Reyes (Exodus: Gods and Kings, Estados Unidos-Reino Unido-España, 2014), dirigida por Ridley Scott, que por más esfuerzos que hace no puede superar Alien ni Blade Runner. Sin poder evitar referirme a la versión de Cecil B. DeMille de Los diez mandamientos, de 1956, tengo que preguntarme: ¿por qué se toman tantas licencias en sus mal llamadas “películas históricas”?, ¿por qué Hollywood cree que los árabes y judíos de Egipto eran de piel blanca, rubios, de ojos azules?, ¿en casi 60 años no han podido superar sus prejuicios raciales y la imposición de estereotipos? ¿Charlton Heston y ahora Christian Bale le parecen a usted habitantes del desierto?
Al menos DeMille optó por un actor como Yul Brynner para dar vida a Ramsés. El profundo tono de voz y aspecto físico de este actor de origen ruso lo hacían convincente en el personaje. Pero Scott recluta al australiano Joel Edgerton, otro güerito de ojo azul, que se ve francamente ridículo tratando de ponerse en los zapatos de uno de los faraones más importantes en la historia de Egipto, muy bronceado eso sí, para lucir sus celestes ojos. Los guionistas de Ridley Scott no aciertan en ponderar la grandeza de Moisés, sin hacer una pobre, chocante y falsa construcción del personaje de Ramsés, llamado también El Grande, y de quienes por cierto no está comprobado que hayan sido contemporáneos.
¿Qué decir de John Turturro como un blandengue Seti, padre de Ramsés, o de la totalmente prescindible presencia de Sigourney Weaver, la gran Ripley de Alien, que no tiene nada que hacer en Éxodo: Dioses y Reyes como la madre de Ramsés II? Es tan malo el guión que ambos personajes podrían no estar en la película sin que se registrara alguna diferencia.
Moisés, el salvado de las aguas, está interpretado por Christian Bale, al que más le hubiera valido regresar a su icónico trabajo como Batman. El errático guión de Adam Cooper, Bill Collage, Jeffrey Caine y Steven Zaillian, de los cuales el más destacado y que ha trabajado ya con Ridley Scott es este último, construye la sobadísima historia del libro del Éxodo del Antiguo Testamento, parte integral de la tradición judío-cristiana, en torno a este otro elegido de Dios que vivió como egipcio y hermano de Ramsés, hasta que su destino como liberador del pueblo hebreo le fue revelado. El conflicto tarda mucho en despegar, hay secuencias que mueven a la risa involuntaria.
Saturada de lugares comunes, los escritores quisieron separarla un poco de lo manido del tema, sacándose de la manga a un niño atufado y respondón que se le presenta a Moisés por primera vez junto a la bíblica zarza ardiente, para darnos a entender que es la representación de la voluntad del Todopoderoso.
De los efectos especiales ni hablar. Las muy cinematográficas “plagas de Egipto” y la separación de las aguas del Mar Rojo, que permitió el paso de 600 mil hebreos conducidos por Moisés para tragarse después a los egipcios, resultan impresionantes en el formato 3D por decir lo menos.
La escena de Moisés tomando el dictado divino con cincel y martillo resulta muy cómica. Qué manera de subestimar la inteligencia del espectador.
No la recomiendo.
