El libro de la vida

Guillermo del Toro junto con Alfonso Cuarón y González Iñárritu, y otros cineastas mexicanos con importantes trayectorias nacionales, pero sobre todo internacionales, se ha consolidado además como un “padrino” con buen ojo para identificar y apoyar a jóvenes ...

Guillermo del Toro junto con Alfonso Cuarón y González Iñárritu, y otros cineastas mexicanos con importantes trayectorias nacionales, pero sobre todo internacionales, se ha consolidado además como un “padrino” con buen ojo para identificar  y apoyar  a jóvenes realizadores con talento de los que ha visto trabajos previos, como es el caso de Juan Antonio Bayona con El orfanato, o Andrés Muschietti en Mamá, y recientemente al mexicano Jorge Gutiérrez, con corta experiencia en la animación en televisión, y que debuta como director en El libro de la vida (The Book of Life, Estados Unidos, 2014).

El argumento del propio Gutiérrez y Douglas Langdale —con larga filmografía en la creación de historias animadas para público infantil—, se ubica al inicio en escenarios de apariencia muy estadunidense,  y arranca cuando un grupo de niños asiste a un museo en una visita escolar que los instruirá en torno a la fiesta mexicana del Día de Muertos. Aburridos y de mala gana hacen su recorrido y la guía les cuenta la historia de María, Manolo y Joaquín, y, por el otro lado, la  de  la Catrina y Xibalba, —representación maya del inframundo—,  que hacen una apuesta para ver quién logrará conquistar el corazón de María:  Manolo al que apoya la Catrina, o Joaquín, de cuyo lado está Xibalba. Este relato se va convirtiendo en la trama principal que se desarrolla entre fantasía, leyendas, canciones, color y texturas. 

La animación, el brillante colorido y detallados escenarios resultan impecables, al grado que se antoja la 3D como un recurso del que puede prescindirse, ahorrándose así la incomodidad de los anteojos. La recreación del folclore mexicano se ve un poco desvirtuada por la necesidad de que esta cinta animada funcione también en el mercado estadunidense. Se siguen viendo largas patillas, estilizados bigotes, trajes de torero, grandes sombreros, aunque hay una abierta intención de ponderar las tradiciones mexicanas que se festejan con orgullo. La cinta cae en esa interpretación estereotipada de lo mexicano que se sigue viendo demasiado asociado con lo español. Parecería que el público anglosajón sigue percibiendo nuestras manifestaciones culturales y folclóricas en la misma tradición de los 40 y 50 como en La marca del Zorro, con Tyrone Power como El Zorro pidiendo delicadamente: “Sombrero blanco, por favor”.

En el diseño de arte y animación de El libro de la vida se percibe la influencia de Tim Burton, y destaca un depurado trabajo de diseño y construcción de escenarios, el detalle en la apariencia de cada personaje y su vestuario.

El guión podría ser su punto débil, pues es predecible, y llega a perder en algunos momentos la conexión del público tanto infantil como adulto. La atención en las formas prevaleció sobre el fondo. La historia es falta de sustancia y contundencia, pero tiene aspectos muy valiosos, como es su lectura de la fiesta de los toros a la que Manolo se resiste, pues quiere dedicarse a la música, y que sirve de recurso para deslizar la idea de no hacer un rechazo frontal de ella, sino darle otro tipo de salidas. Habrá que ver la reacción de los taurófilos y del público español en su estreno por ese país. 

También destaca el concepto de la Tierra de los Recordados y la de los Olivados, reforzando en la mente infantil la idea de que las personas no mueren el todo si seguimos recordándolos y pensando en ellos. Aunque el personaje de María es todo un cliché femenino moderno, se agradece el que se le describa como una mujer apartada de la pasividad, entrona, que sabe lo que quiere, propositiva, en medio de un ambiente de machos, amistosos, pero machos.

La música supervisada por Gustavo Santaolalla con versiones novedosas de música conocida de Radiohead, Kinky y Café Tacvba, entre otros, conjunta un muy buen soundtrack. Diego Luna es toda una sorpresa cantando y, por cierto, muy bien.

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