Las guerras aniquilan la guerra contra el cambio climático
El cambio climático es una de las mayores amenazas para la humanidad, pero, paradójicamente, sigue sin ocupar un lugar prioritario en la acción colectiva porque es percibido como una problemática distante en el tiempo y el espacio. Sus efectos más devastadores, como ...
El cambio climático es una de las mayores amenazas para la humanidad, pero, paradójicamente, sigue sin ocupar un lugar prioritario en la acción colectiva porque es percibido como una problemática distante en el tiempo y el espacio.
Sus efectos más devastadores, como fenómenos hidrometeorológicos exacerbados, inundaciones catastróficas y olas de calor extremas, parecen lejanos para quienes no los experimentan directamente y esta percepción dificulta que las personas lo vean como un peligro inmediato. La falta de interés en la información y la ausencia de liderazgos abonan a que la crisis climática pase inadvertida para muchas personas.
En este sentido, sobre los conflictos bélicos, la atención global apunta al impacto humanitario, político y económico, y está bien, pero, de igual manera, debería estar en la discusión pública la repercusión en la crisis climática. Las guerras no sólo agravan el deterioro ambiental inmediato, sino también dificultan los esfuerzos internacionales para mitigar el calentamiento global.
Dos de los conflictos que hoy acaparan los titulares y la atención de todos son el de la invasión de Rusia a Ucrania, que en 2025 cumplirá tres años sin visos de llegar a un acuerdo de paz, así como el de Israel-Palestina-Hamás, que en octubre llegó al año, pero, además, ha ido escalando.
Como antecedente, el Observatorio de Conflictos y Medio Ambiente (CEOBS, por sus siglas en inglés), una organización británica, señala que la infraestructura de producción, almacenamiento y transporte de combustibles es objeto de combates, como en los casos de Siria e Irak, por lo cual los incendios y derrames generan emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).
Proyecciones del observatorio apuntan a que la Guerra del Golfo, en 1991, contribuyó con más de 2% de las emisiones globales de dióxido de carbono (CO2) por los incendios petroleros en ese año.
Otro punto abordado es que los bosques también son objeto de guerra, al atacarlos, el carbono almacenado se libera contribuyendo a la emisión de GEI.
La Fundación David Suzuki, de origen canadiense, tiene como objetivo conservar y proteger el ambiente, y señala que las guerras imposibilitan la resolución de “emergencias graves que amenazan la supervivencia, como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad”.
Al año, en promedio, se generan alrededor de cuatro millones de incendios a nivel mundial, según datos del Sistema de Información Global sobre Incendios. Éstos contribuyen al calentamiento del planeta.
Sobre la guerra Israel-Gaza, durante los primeros dos meses, las emisiones de GEI fueron mayores a las generadas anualmente en más de 20 países vulnerables a los impactos del cambio climático, concluyó una investigación realizada en enero pasado por investigadores de Estados Unidos y Reino Unido.
Si se incluye la infraestructura bélica construida por Israel y Hamás —redes de túneles y el Muro de Hierro—, apuntan los investigadores, las emisiones aumentan el equivalente a lo producido por más de 33 países al año.
Estas aproximaciones de los ataques de Hamás el 7 de octubre del año pasado, así como los de la ofensiva de Israel, además de los terribles costos humanos que continúan, los impactos ambientales y al clima siguen sumándose y deben ser incluidos en los encuentros multilaterales, así como en las cumbres climáticas y sobre biodiversidad.
De hecho, los investigadores señalan que en el último grupo de informes del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), el tema de las emisiones de carbono de las actividades militares se menciona tres veces, pero no profundiza sobre su potencial.
La asociación Scientists for Global Responsibility (SGR) y el CEOBS se dieron a la tarea de calcular la huella de carbono militar global, que es de dos mil 750 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente, que representa 5.5% de las emisiones globales.
Sobre el impacto de Rusia a Ucrania, la Iniciativa sobre Contabilidad de GEI de la Guerra, una red de científicos, indica que en los dos primeros años, el costo climático ha sido el equivalente a las emisiones anuales de GEI generadas individualmente por 175 países, reportó en junio pasado el diario británico The Guardian. Esta guerra ha arrojado 175 millones de toneladas métricas de emisiones de CO2, lo cual equivale a 32 mil millones de dólares en daños.
La ONU, al respecto, en 2022 emitió una recomendación para que los Estados miembros crearan un registro que documente las reclamaciones por daños, sin embargo, los cuándo y cómo aún no están decididos, y las reclamaciones climáticas no están incluidas.
¿Por qué es relevante?, porque deben importar las pérdidas humanas y la devastación sufridas por los países involucrados, y porque las emisiones de GEI afectan a todo el planeta.
Ambos conflictos han interferido en el diálogo internacional sobre el clima y complicado la cooperación necesaria para alcanzar acuerdos ambiciosos. Sumado a ello, los presupuestos de defensa crecientes en Europa y Estados Unidos desvían recursos que podrían destinarse a la transición energética y a la ayuda para los países más vulnerables a la crisis climática.
Y más cuando ayer el Servicio de Cambio Climático Copernicus de la Unión Europea informó que en noviembre la temperatura media global de la superficie terrestre fue 1.62 grados centígrados, lo que apunta a que 2024 será el año más caliente registrado, superando el récord de 2023 de 1.48 grados centígrados.
