El rock se rebela contra la crisis climática
La música es la narración de un momento en específico de la historia de las sociedades, a la vez que es un vehículo poderoso para la expresión social y política.
Desde sus inicios, el rock and roll y otros géneros han canalizado las inquietudes, preocupaciones y emociones de muchas generaciones de jóvenes al abordar temas como la guerra, la justicia social, el colapso económico, la decadencia y los derechos civiles, entre otros asuntos.
Cómo olvidar la irrupción, si bien efímera, de la banda de punk Sex Pistols, liderada por Johnny Rotten, ahora Lydon, a principios de los años sesenta del siglo XX en Gran Bretaña, cuando esta nación atravesaba una crisis económica y de desempleo, con una monarquía señalada por sus privilegios.
El rock es rebelión, una reacción contra el statu quo. Desde hace unos 50 años, un número creciente de bandas y solistas han utilizado la música para abordar otros temas críticos: el deterioro ambiental y el cambio climático.
Desde artistas como Billie Eilish y Thom Yorke, hasta las bandas más politizadas como The Beatles, The Clash y U2, por ejemplo, sus composiciones han sido un espejo de las luchas y aspiraciones sociales. La capacidad para llegar a un público más amplio y diverso hace del rock un medio para crear conciencia o, por lo menos, para reflexionar sobre las actividades humanas que impactan negativamente a la vida en el planeta.
Las crisis del clima, la biodiversidad y la contaminación son, sin lugar a ninguna duda, los desafíos ambientales y de desarrollo más urgentes de nuestro tiempo, y han encontrado en el rock un gran aliado.
Al echar la mirada hacia atrás, la década de los años 70 abrió las puertas a la conciencia ambiental, con canciones como Mercy Mercy Me (The Ecology), del What’s Going On (1971) de Marvin Gaye, un réquiem para un planeta al borde del caos ambiental y de la sobrepoblación, en el que señala derrames petroleros en los océanos, radiación en la tierra y el cielo, así como la contaminación del aire (“¿A dónde se fueron los cielos azules?”), y pide piedad, porque las cosas ya no son como solían ser.
En esa década salió a la luz uno de los álbumes más disruptivos de todos los tiempos: The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972), de David Bowie, un material que puede interpretarse como la desconexión de la humanidad con la naturaleza.
Un dato curioso es que el día del lanzamiento del disco coincidió con la primera conferencia de Naciones Unidas sobre el medio ambiente, en Estocolmo, Suecia, el 5 de junio de 1972, hecho que impulsó el ecologismo y marcó la primera hoja de ruta sobre las acciones ambientales a nivel global.
En el primer track, Five Years, el alter ego de Bowie, Ziggy Stardust, un alienígena que se convierte en una estrella de rock, advierte que la Tierra está muriendo, sólo le quedan cinco años antes de la destrucción inevitable. Sí, es una letra apocalíptica, pero captura esa sensación del caos y desesperación.
En las siguientes décadas artistas como Neil Young, Brian Eno y Sting han promovido acciones ambientales. Young, defensor de la agricultura familiar, se opuso al oleoducto de arenas bituminosas Keystone XL, el cual, afortunadamente, fue cancelado en esta administración de Joe Biden.
EarthPercent, fundación de Eno, busca que la industria de la música done un pequeño porcentaje de sus ingresos a organizaciones climáticas. Mientras que Sting, en 1988, junto con su esposa, Trudie Styler, y otras organizaciones establecieron la Rainforest Foundation para la protección de los bosques.
La preocupación de algunos integrantes de la comunidad rockera ha escalado y han ideado estrategias para no sólo visibilizar las problemáticas, sino para reducir las emisiones de carbono en las giras y los escenarios.
Perry Farrell, líder de Jane’s Addiction, cofundador del festival Lollapalooza, el cual, a lo largo de tres décadas, ha ido adoptando iniciativas ecológicas con organizaciones como Re:wild, “mediante la compra de bonos de carbono, estaciones de agua recargables gratuitas… compostaje, reciclaje y distribución de desechos alimentarios y programas de vasos reutilizables”, de acuerdo con Billboard.
En junio pasado, Coldplay anunció que, durante los dos años de la gira Music of the Spheres, logró reducir 59% las emisiones directas de dióxido de carbono equivalente respecto a la gira anterior 2016-2017. Las cifras fueron verificadas por la Iniciativa de Soluciones Ambientales del MIT.
Y Massive Attack, la icónica banda de trip hop, ha sido una firme promotora de la acción climática. Ha colaborado con científicos para reducir su huella de carbono, incluido el cálculo y la compensación de las emisiones generadas por sus giras. Apoyó estudios sobre el impacto ambiental de la industria musical y aboga por cambios estructurales en el sector. Además, integra en sus actuaciones mensajes de organizaciones como Extinction Rebellion para promover la justicia climática.
El domingo 25 de agosto pasado, Massive Attack organizó un festival musical de un día para 35 mil asistentes, en Bristol, su ciudad natal, con una menor emisión de carbono gracias al trabajo conjunto con el Centro Tyndall para la Investigación del Cambio Climático y A Greener Future, una organización sin fines de lucro enfocada en reducir las emisiones de la industria musical.
Sin duda, el rock, con su espíritu rebelde e inconformista, aún está bien posicionado para desafiar a las personas a pensar de manera diferente sobre la crisis climática.
