Conocer la huella hídrica de México no sólo pasa por abrir el grifo y que corra, se trata de una métrica que ayuda a visibilizar cómo utilizamos el agua, dónde están las fallas y cómo transformar la gestión de este recurso, en un modelo más sostenible y así evitar el despilfarro. Porque lo que no se mide no puede mejorarse.
La huella hídrica también está ligada al agua invisible, sí, esa que no se ve, pero se sabe —quizá vagamente— se usa para la agricultura, ganadería, industria alimenticia, generación de energía, para la fabricación de un sinfín de artículos que utilizamos en la vida cotidiana, cadenas de valor, enfriamiento, así como para servicios, entre ellos internet e inteligencia artificial.
No sólo eso, la huella es el agua que está detrás de esa taza de café aromático de la mañana (140 litros), de una comida rápida como lo es una hamburguesa de 200 gramos (2 mil litros), de un kilo de queso (3 mil 178 litros), de 250 gramos de chilaquiles (mil 222 litros) y de lo que vestimos, un par de zapatos de piel (8 mil litros) y una camiseta de algodón (2 mil 495 litros).
Absolutamente para todo se utiliza agua dulce y ningún ser vivo en el planeta puede vivir sin ésta.
Y saber cómo y cuánto se utiliza, además de cuáles son las fuentes, llega en un momento significativo, porque México es una de las naciones con una crisis hídrica profunda.
El reporte Huella hídrica en México de AgroDer y WWF (World Wildlife Fund-Fondo Mundial para la Naturaleza) presentado hace unos días, mide a detalle el agua que sostiene la economía, un recurso cada vez más escaso y con una presión que crece más rápido de lo que el país puede gestionar.
Este análisis indica que la huella hídrica de consumo en el país creció 16.4% en poco más de 12 años debido a dos factores: crecimiento demográfico y desarrollo de diversas actividades económicas.
Para tener una idea, los especialistas involucrados en el estudio señalan que ese incremento de la huella hídrica representa 33 hectómetros cúbicos, “semejante a llenar de agua 18 veces el Estadio Azteca”.
Así, en México se utilizan más de 206 mil hectómetros cúbicos (un hm3 equivale a un millón de metros cúbicos) al año y el sector agrícola tiene una huella hídrica de 75.5 por ciento.
No sólo eso, el agua contaminada también se contabiliza, también forma parte de la huella.
Alimentos de la dieta mexicana: maíz, frijol y café, así como caña de azúcar y sorgo son responsables de 60% de esa huella.
La historia del agua también pude leerse a través de los cultivos. Como sabemos, el maíz es el corazón de la cultura y tradición alimentaria del país, este grano encabeza la lista de productos con mayor huella hídrica. Para la siembra se requieren más de 32 mil hm3 al año, lo que equivale a 21% de toda la huella hídrica nacional, con todo y que actualmente hay dependencia de importaciones.
En el caso del frijol, otro pilar de la cocina tradicional, demanda cerca de cinco mil hm3 anuales.
De entre todos los cultivos, la huella hídrica del aguacate –México es el mayor productor y exportador del orbe– es enorme, asciende a 2 mil 647 hm3 al año.
Aunque el aguacate presenta niveles de eficiencia superiores al promedio internacional es necesario poner el foco de atención en si el territorio puede seguir soportando una demanda global que parece no tener límites.
La prosperidad de muchos territorios y la seguridad alimentaria descansan, literalmente, sobre el agua.
Para el análisis, WWF y AgroDer clasificaron el agua de la huella hídrica en tres categorías.
El agua azul proviene de fuentes superficiales y subterráneas (ríos, lagos y acuíferos) y se emplea para uso doméstico, riego, procesos industriales y generación eléctrica.
El agua verde se obtiene de las lluvias y se almacena como humedad en los suelos y no genera escorrentía, además, se asocia con la agricultura de temporal.
El agua gris se trata del volumen necesario para diluir contaminantes estándares de calidad aceptables, no hablamos de agua contaminada.
Otro dato de interés que arrojó el análisis es el comercio de agua virtual, esto es, el intercambio de productos entre regiones o países considera la cantidad de agua utilizada para su generación. Esto traslada la presión hídrica de un lugar a otro.
Puede decirse que el agua también cruza fronteras sin que la veamos. Cada año México exporta 29 mil 997 mil hm3 de agua virtual en productos como café, carne bovina, frutas y cerveza. Estados Unidos es el principal destino, seguido por Japón. Al mismo tiempo, el país importa más agua virtual de la que exporta, especialmente a través del maíz, la carne y la soya. El comercio global es, en realidad, un intercambio invisible de agua.
En estos tiempos de bancarrota hídrica –término acuñado por la ONU–, no hay que soslayar la inteligencia artificial y los centros de datos. El estudio calcula que se evaporan alrededor de nueve litros de agua por cada kilowatt-hora consumido por un servidor de IA; eso no es todo, el uso global podría alcanzar 6 mil 600 millones de metros cúbicos para 2027, “un volumen comparable al de más de 2.6 millones de piscinas olímpicas”.
La crisis del agua no hay que verla sólo con el enfoque de cantidad y calidad, sino como una problemática que involucra deficiencia en la gestión, falta de infraestructura y modernización en sistemas de riego y ausencia de verdadera gobernanza, sin perder de vista el crecimiento poblacional, la demanda de productos y servicios, así como un estilo de vida consumista. Si el país no corrige las fallas no habrá agua que sustente la vida. El estudio es una herramienta para analizar, anticipar y corregir.
