Hace unos días estuve en Baja California Sur y, como muchos visitantes, aproveché para disfrutar de los mariscos por los que es conocida. Entre los productos del mar y la gastronomía local, resulta fácil apreciar una región tan ligada al mar.
Lo curioso es que solemos hablar del sabor, de la receta o del restaurante, pero rara vez pensamos en todo lo que hay detrás de los alimentos que llegan a nuestra mesa.
La comida suele unir a las personas y es una forma de descubrir un lugar nuevo. Pero detrás de cada ingrediente hay historias que no siempre son evidentes.
Detrás de un platillo de mariscos hay ecosistemas marinos saludables. Detrás de una taza de café hay suelos fértiles y condiciones climáticas cada vez más impredecibles. Muchos de los alimentos que consumimos dependen también de comunidades cuyo bienestar está ligado al entorno en el que viven.
Quizá por eso resulta cada vez más difícil separar la conversación sobre alimentos de la conversación sobre naturaleza. Lo que ocurre en una granja, en un bosque o en los mares puede parecer distante hasta que termina en nuestros platos.
Durante años, el debate se centró en cómo producir más, más rápido o más barato. Hoy comienza a tomar fuerza una idea más ambiciosa: ¿y si producir lo que comemos pudiera también ayudar a recuperar la naturaleza?
Ésa es, en esencia, la promesa de la agricultura regenerativa. Más que limitarse a reducir impactos, busca restaurar suelos degradados, fortalecer la biodiversidad, mejorar la capacidad de los ecosistemas para adaptarse al cambio climático y, al mismo tiempo, generar oportunidades para las comunidades que dependen de ellos.
Esta conversación ya está ocurriendo en lugares muy concretos. En ranchos ganaderos, comunidades rurales y ecosistemas costeros donde distintos actores intentan responder una misma pregunta: ¿cómo producir alimentos sin comprometer los recursos naturales de los que dependen?
En el sureste mexicano, por ejemplo, el Reino Unido ha acompañado esfuerzos para impulsar hojas de ruta que promueven una ganadería libre de deforestación. Puede sonar técnico, pero en realidad se trata de encontrar en conjunto formas de producir alimentos sin que los bosques paguen el costo.
Un caso concreto es Quintana Roo, donde la expansión de la actividad ganadera ha generado tensiones con la fauna silvestre, incluyendo especies emblemáticas como el jaguar. Allí, distintas iniciativas apoyadas por el Reino Unido trabajan con productores locales para demostrar que la conservación y la producción pueden coexistir.
Algo similar ocurre en las costas de Sinaloa, donde un proyecto colaborativo entre instituciones británicas y mexicanas están explorando nuevas formas de producir camarón sin perder de vista la salud de los ecosistemas marinos. En una región cuya identidad y economía están tan ligadas al mar, la restauración ambiental va más allá de la conservación; también se trata de resiliencia y prosperidad a largo plazo.
Incluso hay ejemplos que acercan estas ideas al consumidor. El Sello Origen Calakmul, impulsado junto con socios mexicanos e internacionales, reconoce productos provenientes de una región donde la conservación forma parte de la actividad económica cotidiana. En cierta forma, conecta lo que ocurre en una comunidad rural con la decisión de compra de alguien en una ciudad, demostrando que el cuidado de la naturaleza también puede generar valor.
Durante mucho tiempo hablamos de economía y naturaleza como si fueran intereses enfrentados. Sin embargo, desde el campo hasta las costas mexicanas están surgiendo ejemplos de colaboración entre el Reino Unido y México que sugieren lo contrario.
La próxima vez que nos sentemos frente a cualquier producto del campo o del mar, quizá valga la pena pensar en todo lo que hizo posible que llegara hasta nuestra mesa. Después de todo, algunas de las conversaciones más importantes sobre el futuro de la naturaleza empiezan, precisamente, alrededor de la comida.
Sigamos la conversación en redes sociales: @SusannahGoshko y @UKinMexico.
*Embajadora del Reino Unido en México
