Para muchos de nosotros, abrir la llave y tener agua limpia y constante es parte del día a día. Tan cotidiano que casi nunca nos preguntamos qué pasaría si un día dejara de serlo.
Pero esa certeza no es igual para todos. Para millones de personas en el mundo, el acceso al agua sigue siendo intermitente, incierto o insuficiente: llega por horas, llega tarde…o no llega. Y cuando llega, no siempre da confianza.
Al mismo tiempo, cada vez vemos más el otro extremo. Lluvias intensas que desbordan ciudades, que paralizan e interrumpen la vida cotidiana. Y, del otro lado, sequías que duran más de lo esperado, que vacían presas, que exprimen los acuíferos y que empiezan a impactar, inevitablemente, en la seguridad alimentaria.
Es ahí donde el agua deja de ser un asunto invisible. Su presencia –o ausencia– marca decisiones más profundas: sembrar o no sembrar, invertir o no, quedarse o irse. En muchos sentidos, empieza a definir nuestro futuro compartido.
Algo, sin duda, está cambiando. El agua ya no sigue los patrones que conocíamos y esto, en gran parte, se debe al cambio climático.
Lluvias más intensas en menos tiempo y en meses que no se esperaba. Periodos secos más largos e impredecibles. Sistemas que durante décadas funcionaron hoy muestran señales claras de estrés.
Y, como suele ocurrir, el impacto no es igual para todos. Las comunidades con menos recursos enfrentan mayores dificultades para adaptarse, para anticiparse y para recuperarse.
Por eso, hablar de gestionar el agua ya no es opcional. Es una conversación que se refleja en todo: en ciudades con mayor presión sobre el suministro, en comunidades rurales que ven alterados sus ciclos agrícolas y regiones donde conviven sequía e inundación casi al mismo tiempo. Más que una contradicción es una señal de que debemos actuar.
Aquí es donde entra la resiliencia hídrica. Más que un concepto técnico, es una idea sencilla: asegurar que, pase lo que pase, el agua siga estando ahí, de forma segura y confiable.
Pero también implica cambiar la forma en que pensamos sobre el agua. Desde cómo la usamos hasta cómo la gestionamos y cuidamos colectivamente. Tiene que ver con cómo diseñamos ciudades, producimos alimentos y valoramos un recurso finito.
El Reino Unido ha recorrido su propio camino en este ámbito. La experiencia nos ha enseñado que no existe una única solución. La resiliencia se construye combinando infraestructura moderna con soluciones basadas en la naturaleza; tecnología con regulación efectiva; innovación con participación social.
Pero si algo resulta cada vez más claro es que estos aprendizajes sólo cobran verdadero sentido cuando se comparten.
En México, esa colaboración ya está en marcha. A través de alianzas entre gobiernos, empresas y centros de conocimiento, estamos impulsando proyectos conjuntos para mejorar la gestión del agua y fortalecer la resiliencia en ciudades y cuencas clave.
Un ejemplo claro es que recientemente, junto a Conagua y Semarnat en el Río Tula, exploramos con empresas británicas soluciones para restauración y mejor gestión hídrica, combinando tecnología, planeación y conocimiento técnico para fortalecer la resiliencia hacia 2030. Además, escuchamos de primera mano los proyectos en marcha para la restauración del río y analizamos cómo la experiencia británica puede aportar valor a estas prioridades del gobierno federal.
Hablar de resiliencia hídrica es, en el fondo, hablar de responsabilidad compartida. El agua nos recuerda que estamos profundamente conectados. Lo que ocurre en una cuenca puede repercutir en otra. Lo que se decide en una ciudad puede tener efectos en otras.
En el marco del Día Mundial del Medio Ambiente, me pregunto: si la cooperación internacional nos puede llevar a la Luna, ¿por qué no aplicar esa misma ambición y voluntad colectiva para garantizar que el agua llegue a todos y represente una oportunidad en lugar de un riesgo?
Los leo en X e Instagram: @SusannahGoshko y @UKinMexico.
*Embajadora del Reino Unido en México
