Nuestro Odiseo

Leo Zuckermann

Leo Zuckermann

Juegos de poder

Fui a ver La Odisea en un cine IMAX. Disfruté cada minuto de las dos horas 52 minutos que dura. El director Christopher Nolan la ha roto de nuevo.  

Me gusta el género de las películas épicas: producciones de gran escala, historias monumentales, narrativas que abarcan muchos años con un enfoque profundo en héroes, guerras o eventos que cambian el rumbo de la historia. Hace mucho que no veía una película épica tan espectacular como La Odisea. 

Soy fan de Nolan. Ha dirigido cintas memorables. Memento (2000), contada en orden cronológico inverso, es una genialidad. Dunkerque (2017) es una de las mejores películas de guerra por la virtud de observar tres perspectivas distintas: tierra, mar y aire. Ni qué decir del suspenso y drama de Oppenheimer (2023) que narra la vida del físico que fue fundamental en la invención de las primeras armas nucleares que se probaron en Hiroshima y Nagasaki. 

Ya con esas tenía Nolan para consagrarse como uno de los mejores directores de la historia. No contento, se lanzó a dirigir una película nada menos que de la epopeya griega por excelencia: la guerra en Troya y el posterior regreso de uno de sus héroes, Odiseo o Ulises, como usted prefiera, a su hogar en Ítaca. El guion de Nolan en realidad toma historias de La Ilíada y La Odisea de Homero y también de La Eneida de Virgilio, como me hizo ver el crítico literario, Adán Ramírez Serret. 

A los puristas de la literatura clásica no les ha gustado la película. Quizá la crítica más dura a la versión de La Odisea de Nolan es la de Emily Wilson, especialista en Homero. La académica afirma que Nolan “no fue fiel” al autor. Su argumento es que el guionista y director simplificó aquello que hace extraordinaria a La Odisea, es decir, su ambigüedad moral, psicológica y política. 

Wilson acusa a Nolan de aplanar a Odiseo. El de Homero es fascinante porque no sabemos qué pensar de él. Es héroe y asesino; víctima y victimario; esposo que desesperadamente quiere volver a Penélope y hombre que duerme con otras mujeres; líder brillante y responsable de decisiones desastrosas. 

Nolan, en cambio, sustituye esa ambigüedad por algo más reconocible para un espectador contemporáneo: el veterano de guerra traumatizado que sólo quiere regresar con su familia. Eso, según Wilson, cambia radicalmente el personaje. 

Tiene razón. Pero, con todo respeto para la clasicista, lo que logró Nolan es un Ulises que conecta con las audiencias actuales, que es más nuestro que el original y, por tanto, más exitoso para una película épica. 

Porque no debemos olvidar que aquí estamos hablando de cine comercial, no de una clase en la Universidad de Pensilvania. Su propósito es entretenernos durante tres horas, no educarnos con personajes complejos o presentarnos dilemas existenciales. 

Con gusto pagamos el boleto para ver una película épica donde lo que importa es la aparición de actores de primer nivel, el uso de cientos de extras para recrear ejércitos y multitudes, un diseño de producción espectacular, escenografías monumentales, vestuarios detallados, locaciones imponentes, una banda sonora magnífica, fotografía impecable y una producción de sonido que engrandece aún más la grandeza de las escenas. 

Wilson es traductora; sabe perfectamente que una obra de hace casi tres mil años tiene que ser reinterpretada. No objeta que algo “no ocurre así en el libro”. Su pregunta es, más bien, si el cambio cinematográfico produce algo tan interesante como lo que elimina. Ella cree que sí. 

Es cierto que el Odiseo de Nolan es más plano y convencional que el homérico. Pero no estoy de acuerdo con su conclusión de que esto elimina el placer de La Odisea. Para nada. El placer entra por los ojos y oídos con un cíclope, hombres convertidos en cerdos, sirenas, drogas que hacen olvidar el hogar, dioses que se disfrazan, muertos que hablan y un protagonista que constantemente inventa historias falsas sobre sí mismo. El resultado es espectacular.

Nolan no se hizo bolas. En lugar de presentar un Odiseo que regresa 20 años después a Ítaca, y tiene que realizar una masacre para recuperar el poder con todo lo que éticamente eso significa, presenta un héroe encanecido que pelea con los pretendientes de Penélope, unos verdaderos villanos, para recuperar su hogar.

Sí, estamos frente a un Ulises quizá demasiado moderno. Matt Damon lo interpreta como un veterano traumatizado por la guerra de Troya, cargado de culpas. Es un tipo sensible que se atreve a cuestionar si valió la pena tanto derramamiento de sangre. Pero todo esto es secundario al espectáculo que nos ofrece el director: barcos, batallas, criaturas y paisajes que nos recuerdan por qué hay que ver el cine en una gran pantalla, en este caso de IMAX. 

En suma, La Odisea es una joya cinematográfica para los que les gusta el género épico. Nolan la ha pegado de nuevo. 

X: @leozuckermann