El presidente de Estados Unidos está aprendiendo viejas y nuevas mañas autoritarias. Se podría escribir todo un libro al respecto. En esta ocasión mencionaré una que conocemos bien los mexicanos desde las épocas del autoritarismo priista y que hoy los morenistas han perfeccionado: el clientelismo electoral.
Lo podríamos denominar una compra “sofisticada” del voto. No es la burda práctica de dar dinero el día de las elecciones a cambio del sufragio. Aquí el asunto es más complejo. Se trata de repartir dinero en efectivo a amplios sectores de la población supuestamente a cambio de nada. En realidad, la estrategia es que millones de personas estén contentas por recibir esos recursos, sobre todo en un país en que el gobierno provee malos servicios públicos, para que sigan votando por el partido gobernante que se los dio. Todo ello aderezado con una narrativa de que el pueblo se lo merece por un asunto de justicia social.
Como me lo resumió un día un amigo encuestador sobre el éxito que ha tenido Morena con esta estrategia: “les dan dinero y les hablan bonito”. Yo agregaría que el oficialismo tiene un ejército de operadores políticos pagados por el Estado, los “servidores de la nación”, que se encargan de amenazar a los beneficiarios de ese dinero. Esparcen la especie de que dejarían de recibir los recursos si ganara la oposición.
El clientelismo electoral no es la grosera compra de votos, sino una transacción sofisticada —dinero o bienes a cambio del voto— que construye una relación duradera de dependencia e intercambio entre cliente (votante) y patrón (el partido): “yo te doy o mantengo un beneficio porque me apoyas; tú me apoyas porque recibes o esperas recibir ese beneficio”.
El PRI autoritario lo desarrolló en su momento con sus clientelas corporativas (trabajadores, campesinos, burócratas, etcétera). Morena lo ha perfeccionado magnificándolo a gran escala.
Eso explica en buena medida el porqué de su éxito electoral. Pueden cometer mil y un errores, ser objeto de múltiples escándalos, pero seguir tranquilos porque están blindados por la sofisticación del clientelismo electoral que han desarrollado.
Mientras sigan repartiendo dinero, hablándoles bonito y amenazándolos de que se los podrían quitar si gana la oposición, seguirán triunfando en las urnas, concentrando el poder y desmantelando las instituciones democráticas.
Desesperado por ver cómo los demócratas podrían ganar las elecciones intermedias de noviembre, Trump ha prometido que repartirá un bono o “dividendo” de cinco mil dólares para cada ciudadano adulto estadunidense bajo la condición de que el Partido Republicano mantenga el control tanto de la Cámara de Representantes como del Senado después de los comicios.
Es un burdo intento de compra de voto.
Trump no ha aprendido de los mejores, en este caso, de López Obrador y Sheinbaum.
Para que funcione, el reparto de dinero debe hacerse a priori no a posteriori de la elección.
Los votantes deben estar contentos cuando lleguen a las urnas porque ya fueron beneficiarios y se sienten agradecidos con los recursos recibidos. Ahí es donde los clientes premian al patrón.
Aquí me permito compartir una anécdota. Tengo un amigo mexicano que vive en Colorado. Ya es ciudadano estadunidense. En las elecciones de 2020 y 2024 votó por Trump. Para mí me resulta increíble que un migrante de los nuestros haya apoyado esa opción política. Le pregunté por qué lo hizo.
Su respuesta fue muy mexicana en el sentido que denota nuestro gusto porque el gobierno regale dinero. Me dijo que él siempre le quedó agradecido a Trump porque, en 2020, en medio de la pandemia de covid-19, él y su esposa recibieron 2 mil 400 dólares del gobierno federal en una primera entrega, y 1,200 más en una segunda.
Le repliqué que estos programas no sólo habían sido apoyados por el presidente, sino por el Congreso, una menudencia que él no sabía. Lo que sí sabía, y me lo comentó, es que los cheques físicos de la primera ronda llevaban impreso el nombre de Donald Trump.
Aclaro que no estoy en contra de que el gobierno reparta dinero en situaciones de emergencia. Lo que me parece grosero es que los políticos lo utilicen para ganar votos. No tienen por qué pararse el cuello con un dinero que no es suyo, sino de los contribuyentes.
En la imitación de mañas de carácter autoritario, Trump no ha aprendido de los mejores expertos en términos de clientelismo electoral. Los tiene muy cerquita, del otro lado del río Bravo. No se ha dado cuenta de que aquí hay mucho talento en materia de cómo blindarse electoralmente repartiendo dinero antes, no después, de la elección.
X: @leozuckermann
