Estados Unidos: ¿oportunidad o amenaza?

Leo Zuckermann

Leo Zuckermann

Juegos de poder

Pertenezco a una generación de mexicanos que visualizamos nuestra vecindad con Estados Unidos como una oportunidad más que como una amenaza.

Todavía en el sexenio de De la Madrid (1982-1988) se veía con recelo al vecino del norte. La relación bilateral fue tormentosa en ese periodo por varios asuntos complicados: la Revolución Sandinista, el asesinato de un agente de la DEA y la personalidad ruda del embajador estadunidense.

El péndulo de la historia giró durante el sexenio de Salinas (1988-1994). El expresidente entendió que la solución económica para México, en el contexto del desmoronamiento de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría, era la integración comercial con Estados Unidos. Ahí comenzó a visualizarse al poderoso vecino del norte como una oportunidad.

Salinas logró que el presidente Bush padre firmara el primer Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que entró en vigor el último año de ese sexenio. La expectativa era altísima: que México transitara al primer mundo, tal y como había prometido Salinas en su campaña.

Sin embargo, vino la crisis de 1994. Estados Unidos se convirtió en el gran salvador. El presidente Clinton garantizó el pago de la deuda mexicana con un paquete de 50 mil millones de dólares (equivalentes a 109 mil millones de hoy).

Durante el sexenio de Zedillo (1994-2000), la relación bilateral fluyó con relativa tranquilidad. En México se iba asentando la idea de un vecino del norte como oportunidad.

Al punto de que, cuando llegó Fox en 2000, el nuevo presidente tenía una apuesta por profundizar la integración económica con Estados Unidos incluyendo un acuerdo migratorio amplio. Las cosas iban de maravilla con el presidente Bush hijo, quien había sido gobernador de Texas, y veía a México con buenos ojos.

No obstante, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 terminaron con esa ilusión. Estados Unidos se embarcó en una larga y costosa guerra contra el terrorismo. La relación bilateral con México pasó a un segundo plano en modo de business as usual.

Así continuó con el presidente Calderón (2006-2012), salvo el logro del reconocimiento de corresponsabilidad de Estados Unidos en el combate del crimen organizado con la Iniciativa Mérida. Mientras tanto, gracias al TLCAN, se fueron profundizando las relaciones comerciales de ambos países.

México se convirtió en potencia exportadora, disputándose con China y Canadá el primer lugar en exportaciones a la economía más dinámica del mundo. Todavía con el presidente Obama, Estados Unidos seguía representando una gran oportunidad para México.

Y luego llegó Trump

Desde el primer día que anunció su intención de competir por la Presidencia, Trump hizo de México un tema electoral. Para mal. Ese día consideró a los mexicanos como “violadores”. No sólo éramos los principales culpables de la migración de indocumentados, sino les habíamos “robado” millones de empleos por las empresas que habían movido su producción a nuestro país.

En el primer periodo de Trump, los mexicanos comenzamos a dudar de nuevo si Estados Unidos era oportunidad o amenaza.

Por un lado, nuestra economía estaba integrada a la del vecino del norte y dependía mucho de ese país. Por el otro, el nuevo presidente estadunidense se convirtió en un dolor de muelas por sus políticas antimigratorias y su rechazo al TLCAN existente.

Al presidente Peña (2012-2018) le tocó la ardua tarea de renegociar un nuevo tratado de libre comercio, el T-MEC, que profundizó más la relación comercial bilateral.

A López Obrador (2018-2024) le tocó lidiar un par de años con Trump, ya con un tratado planchado por Peña. Tuvo la enorme fortuna que Biden le ganara la elección de 2020 en Estados Unidos. Este nuevo mandatario, un político profesional, suavizó la relación bilateral sin que hubiera desencuentros importantes, salvo la extracción ilegal de El Mayo Zambada.

En 2024, Sheinbaum y Trump ganaron las elecciones presidenciales. A la Casa Blanca retornó un Trump recargado. Con experiencia y empoderado, el magnate tensionó mucho la relación bilateral en todos sus ámbitos. En lo comercial, impuso unilateralmente aranceles violando el T-MEC. En lo migratorio, exigió que México detuviera a los indocumentados al sur de su frontera. En seguridad, nombró a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas internacionales convencido que a nuestro país lo gobierna el crimen organizado.

Durante meses, Sheinbaum capoteó a Trump de manera eficaz e inteligente. La acusación de “los diez de Sinaloa” cambió eso. Se le agotó la paciencia y “cabeza fría”. En su discurso del domingo, la Presidenta regresó a la vieja visión de Estados Unidos como una amenaza para México.

Después de casi cuatro décadas, el péndulo de la historia giró de nuevo