El primero de diciembre de 2018, día en que López Obrador tomó posesión como Presidente, hizo un ritual de purificación indígena en el Zócalo capitalino. En un discurso posterior afirmó que su objetivo principal era “la purificación de la vida pública de México” mediante el combate a la corrupción desde el gobierno.
Nos engañó.
Bueno, más bien estafó a los ilusos que le creyeron, porque este columnista nunca se tragó ese cuento.
Nada ilustra mejor el embuste de una supuesta regeneración de la vida pública que la historia del hijo del fundador de Morena, Andrés Manuel López Beltrán, mejor conocido como Andy, impresentable junior de la política nacional.
No es fácil ser hijo de una personalidad. Un padre o madre famosa y/o poderosa debe trasmitirle valores sólidos a sus vástagos para que sean exitosos por sus propios méritos. Los padres fracasan cuando sus hijos se conviertan en juniors, es decir, individuos que obtienen posición, influencia, oportunidades o privilegios por pertenecer a una familia poderosa y/o adinerada comportándose como si esos privilegios fueran por méritos propios.
Es el problema intrínseco de las monarquías. El hijo u hija, tan sólo por esta condición, hereda el título y poder de su padre o madre a su muerte. Su único mérito es haber sido el primogénito producto de un espermatozoide u óvulo del rey o reina. Por eso estoy en contra de las aristocracias, por más civilizadas, democráticas y constitucionales que sean. Se trata de un régimen que premia la estirpe familiar, no el mérito. Las repúblicas son mejores porque los jefes de Estado se escogen por sus virtudes.
Afortunadamente, México es una república. Nunca, en su historia, un hijo o hija de un presidente ha llegado posteriormente a la Presidencia. Lo más cercano que hemos tenido es Cuauhtémoc Cárdenas, hijo de Lázaro, quien fue tres veces candidato presidencial, y Enrique de la Madrid, hijo de Miguel, que también aspiró a ese puesto. Ambos, por cierto, con una larga y exitosa carrera propia en la política mexicana.
No es el caso de López Beltrán. A diferencia de Cárdenas y De la Madrid, su poder y fama se los debe por completo a su padre.
Andy era tan sólo un confidente y operador de López Obrador antes de 2018. Cuando se papá llegó a la Presidencia, comenzó a acumular poder y, al parecer, mucho dinero. Se convirtió en uno de los power brokers más cercanos al presidente. Colocó a amigos cercanos en puestos importantes de la administración pública. Otros de sus camaradas se transformaron en empresarios exitosísimos, multimillonarios de la noche a la mañana. Así fue el ascenso meteórico de Andy en la política nacional.
Tan es así que, cuando AMLO terminó su gestión, ya lo candidateaban para ser presidente después de Sheinbaum.
Por lo pronto, le dieron el control del partido/movimiento desde la Secretaría de Organización de Morena. Ahí exhibió su incompetencia. No tenía ni el talento ni las habilidades políticas de su padre. Para colmo, a diferencia del progenitor, le gustaba el dinero y la buena vida. Un mirrey en todo el sentido de la palabra.
Si AMLO hubiera querido purificar la vida pública de México, hubiera empezado por ponerle límites estrictos a sus hijos durante su sexenio. Los hubiera mantenido alejados del poder prohibiéndoles utilizar su influencia y la posibilidad de hacer negocios con dinero de los contribuyentes.
Nada de eso hizo AMLO.
Al revés: aceptó, toleró y hasta fomentó que sus hijos, sobre todo Andy, hicieran y deshicieran bajo el paraguas del poder paternal.
López Portillo nombró a su hijo José Ramón como subsecretario y, por lo menos, aceptó cínicamente que se trataba del “orgullo de mi nepotismo”. López Obrador, en cambio, presumía una supuesta superioridad moral “purificando la vida pública del país” cuando, al mismo tiempo, su hijo Andy abusaba del poder.
En India, Sanjay Gandhi, hijo de Indira y nieto de Nehru, acumuló un poder enorme sin tener cargo alguno durante la gestión gubernamental de su madre. Terminó convirtiéndose en símbolo de abuso y arrogancia del poder que los electores castigaron en las urnas.
¿Será el caso con Andy?
No lo sé. Esta historia, creo, apenas comienza.
Lo que sí puedo afirmar es que Andy es el epítome del embuste de la promesa de purificar la vida pública. El junior confundiendo su estirpe familiar con legitimidad propia. Se lee clarito en la carta que le envió al presidente Trump quejándose por la cancelación de su visa estadunidense. Ahí exhibe la soberbia y arrogancia del mirrey que se siente impune y con derechos especiales. Porque, claro, él se apellida López, sí de los López moralmente superiores que prometieron purificar la vida pública del país.
Al parecer, hasta ellos mismos se lo creyeron.
X: @leozuckermann
