La maravilla de la naturaleza
Aquí la gente disfruta mucho de la convivencia con la fauna en un medio ambiente sin contaminación. Flora no hay mucha porque estamos en una estepa donde, ni por asomo, hay un solo árbol. Lo que sí hay es mucha fauna, la propia de un territorio tan cercano a la Antártica.

Leo Zuckermann
Juegos de poder
STANLEY.- Una de las razones para vivir en una comunidad tan pequeña y alejada del mundo, como son las Islas Falkland o Malvinas, es el contacto cotidiano con la naturaleza. Aquí la gente disfruta mucho de la convivencia con la fauna en un medio ambiente sin contaminación. Flora no hay mucha porque estamos en una estepa donde, ni por asomo, hay un solo árbol. Lo que sí hay es mucha fauna, la propia de un territorio tan cercano a la Antártica.
Es espectacular. El domingo tuvimos la oportunidad de viajar en barco a una isla virgen, Kidney Island o Isla Riñón en español, que se encuentra a media hora de esta ciudad capital por vía marítima. Afortunadamente veníamos acompañados de un estupendo guía y un biólogo especializado en aves de la región que nos explicaron a detalle lo que íbamos viendo.
En nuestro camino nos encontramos con un par de ballenas de la especie Sei que, desgraciadamente, se encuentran en extinción. Ver salir del mar a estos enormes cetáceos, de 15 metros de longitud, más largos que el barco en el que viajábamos, es muy emocionante.
Nuestra embarcación ancló en una bella ensenada. Para llegar a tierra nos trasladamos en una pequeñita balsa inflable. Tres juguetones delfines nos acompañaron en el breve trayecto.
La Isla Riñón está llena de matorrales monumentales de más de dos metros de altura. Con gran dificultad escalamos unos treinta metros hasta unos acantilados donde primero vimos a una especie aviar muy rara conocida como cormorán imperial. Al parecer ahí anidan y se reproducen.
Luego, en el acantilado de junto, nos encontramos con una colonia de unos treinta pingüinos de penacho amarillo o saltarrocas. Son hermosos y amigables. Uno puede acercarse sin asustarlos. Se caracterizan por tener unas cejas amarillas que se mueven divertidamente con el viento. Lo interesante es que, como su nombre sugiere, en lugar de movilizarse deslizándose con el estómago, como todos los pingüinos, a éstos les encanta saltar las rocas para tomar el sol.
La parte dramática de nuestra expedición ocurrió al regreso a la ensenada donde se encontraba anclada nuestra embarcación. De frente, en medio de los matorrales, nos topamos con un monumental león marino. A todos nos pareció muy simpático hasta que rugió y salimos corriendo. Después nos dimos cuenta de que en realidad estábamos rodeados de un grupo de estos enormes animales. Humanos y leones estábamos asustados. Ellos rugían, nosotros nos reíamos con nerviosismo. El guía, originario de estas islas, pero con típica flema británica, no perdió la compostura, aunque se notaba preocupado. El biólogo, por su parte, nos informó que los leones marinos mordían si se sentían amenazados. “¿Pero no corren rápido, verdad?”, le pregunté para tranquilizarme. “De hecho, sí”, me respondió con chocante tono científico. El asunto, por fortuna, no pasó a mayores. Espantados, en medio de rugidos, el guía nos sacó de la zona de peligro.
El sol se estaba poniendo y comenzó otro espectáculo impresionante. Miles de aves de la especie pardela sombría llenaron el cielo. Estos enormes pájaros llegan en el verano austral a reproducirse. Luego migran hacia el norte durante el invierno. Tienen una gran capacidad migratoria viajando miles de kilómetros al año. Así que, de un lado, teníamos al sol poniéndose en el horizonte, del otro, una soberbia luna llena cada vez más iluminada y, en medio, un cielo pletórico de aves que pasaban rozándonos las cabezas.
Para un chilango insoportablemente citadino como yo, la expedición resultó una experiencia maravillosa. Pudimos ver la naturaleza en todo su esplendor, algo cada vez más ajeno a nuestra civilización.
Twitter: @leozuckermann