Ya no tengo la ambición de escribir el cuento más hermoso del mundo porque ya no sé qué es la belleza. Quizá lo bello es parecido al humo, ligero y con alas en todo el cuerpo. Antes pensaba que la belleza era algo que se podía ver, tocar y hasta comer, porque era joven y me dejaba guiar por mis instintos. También es posible que la belleza esté escondida dentro de las cosas y en ocasiones se asome por alguna parte del cuerpo o se manifieste en la realidad por los efectos variados de la luz sobre las cosas. Y si lo bello deriva de la luz, ¿entonces los ciegos no conocen la belleza?
Es posible que la belleza esté emparentada con lo que es único, con lo que es especial y tenga cercanía con lo raro, lo poco convencional. Pero si la belleza es simplemente extraña y única, todo podría ser bello. Tal proposición es tentadora, pero se acerca muy poco a la realidad, la verdad es que pocas cosas nos resultan realmente atractivas o seductoras. Podríamos, también, pensar que la belleza da tranquilidad como el agua y, como el agua, la belleza da vida, aunque no quita la sed.
Cierro los ojos y encuentro a la belleza clavada en mi cabeza, es pesada, es una estatua blanca de mármol acostada sobre mi pelo, está toda recta y tiesa mirando al cielo, como una virgen muerta que flota en mis cabellos. Ahora escucho su respiración que es como un río de coches. Abriré los ojos y cuando lo haga desaparecerá esta mujer de piedra, estoy segura. Respiro, abro los ojos y la belleza sigue sobre mí, ahora está sentada y con sus pies me tapa la boca.
Caminaré por la ciudad con esta mujer, y cuando se canse de estar sobre mi cabeza dará un salto y caminará sola, completamente independiente de mí y quizá pueda apreciarla en toda su magnitud. Estoy caminando y todos voltean a verme con curiosidad. Es lógico, no debe ser común que una mujer camine con otra encima, pero no encuentro otra solución para que se vaya, ya intenté hablar con ella, me sacudí violentamente el cuerpo, y ella sólo hace un ruido de pájaro, apenas perceptible, y se cambia de posición un poco fastidiada.
Pienso inevitablemente en aquél que sentó a la belleza en sus piernas y la encontró amarga, yo la encuentro pesada, tremendamente aburrida, tiene los pies fríos y posiblemente esté muerta, como ya dije, no es normal su actitud ante la vida, por qué querría molestarme de esta manera, venir a hacer posiciones y malabares extraños en el pelo de una desconocida, que únicamente se preguntó por su naturaleza y su existencia.
Ya no puedo más, he caminado durante muchas horas. Por si fuera poco, un grupo de chiquillos saltó sobre mi estatua, que ya parece el sombrero de una loca, y le puso inscripciones de todo tipo, desde corazones atravesados por flechas, hasta falos que cruzan su hermoso vientre blanco. Ella se deja hacer como una chiquilla indefensa y continúa con sus quejidos de ave. Y por más que abro y cierro los ojos, ella sigue sobre mí, ahora está boca abajo y me canta una canción antigua que, inesperadamente, renueva mi esperanza.
