El minotauro

Escribo este texto en un espacio negro y completamente vacío. Pienso el espacio, lo huelo, lo toco; no hay nada, ya lo vi, no me acostumbro a lo negro. Sería, en todo caso, interesante lograr construir la nada para escaparse a dormir en un “rincón” de ella y no ...

Escribo este texto en un espacio negro y completamente vacío. Pienso el espacio, lo huelo, lo toco; no hay nada, ya lo vi, no me acostumbro a lo negro. Sería, en todo caso, interesante lograr construir la nada para escaparse a dormir en un “rincón” de ella y no despertar. Pero aquí sí hay algo, madera, muros, piedras; parece una habitación. Todo está en movimiento, todo gira, lo sé, lo veo en mí; pero no estoy completamente segura de que sea verdad, aunque si lo veo debe serlo en alguna medida. Es decir que, aunque la oscuridad de este lugar parezca absoluta, no lo es tanto porque aún en mi mente hay imágenes, y las imágenes surgen de la luz, ¿verdad? Este lugar se parece al momento en que me despierto por las mañanas y en el que me encuentro sentada frente a una ventana vacía: sin árboles ni casas ni aves, sin cielo; pero la ventana y mi posición me dejan claro que hay un arriba y un abajo, es decir, no floto, al menos cuando la veo en mi cabeza, me refiero a la ventana.

Para ver las cosas de otra manera tendría que imaginar que estoy en el espacio y que sí floto, así por lo menos no habría un arriba y un abajo; pero, entonces, tomaría como referencia las estrellas y los planetas y no estaría en la nada, más bien me encontraría en presencia de muchas cosas, algunas de ellas luminosas.

Lo mejor es que regrese al cuarto oscuro, a la caja negra, me gusta más la idea de una caja. De joven viví en una; pero tenía una ventana gigante, así que no es bueno pensar en ella ahora porque entonces aparece de nuevo la luz de la ventana del recuerdo. ¿La nada y el infinito están relacionados? El infinito es igual de inconmensurable que la nada y, cuando pienso en ellos, tengo la misma sensación.

Puede representarse la nada con lo transparente; pero resulta extraño, porque lo transparente lo deja ver todo y la nada está vacía, igual que el infinito. Alguna vez pensé que la nada era parecida al mercurio; me gustaba la idea de su suavidad, me hundía en él, hasta que supe que era tóxico. Claro, nunca me pasó nada porque sólo lo imaginé; no debe pasar nada en el cuerpo cuando uno únicamente imagina cosas, la imaginación no tiene efecto sobre el cuerpo. Aunque no podría asegurarlo, lo cierto es que mi perro murió esperándome porque nunca vio mi cadáver.

¿Ahora, la nada puede estar o aparecer, si es válido decir eso, en presencia del dolor? Es claro que no. Si hay dolor existe un cuerpo y una conciencia, no podría asegurarlo, aunque es muy posible que así sea.

Me puse mis lentes negros para escribir este texto, sobre una máquina negra, con un teclado negro y en una pantalla también negra. Estoy cansada, muy cansada. Me duele el cuerpo, me duele todo el lado derecho de mi cuerpo, todo brinca a mi alrededor, es mucho el dolor y tengo que escribir. Quizá por eso quisiera que el dolor fuera la nada; así, de alguna manera, terminaría esto. Quizá sea mejor dejar de pensar en el dolor, para que el dolor desaparezca. No logro ver la nada, quizá porque he estado muchos días pensando en cómo aprendemos y conocemos el mundo. En efecto, he estado en contacto con un lenguaje que privilegia la lógica; además, claro, leí a Borges, un cuento de Borges, 14 veces en un día. Y de ese texto me gustaría escribir en esta caja negra; porque, más allá de que sea importante, me gusta el texto, por su sencillez y fragilidad, y por el cambio de narrador al final.

También quisiera escribir sobre él porque ese texto habla del infinito, que es un tema que me interesa porque es una incertidumbre, un misterio, un límite, parecido a la nada. Me pregunto si Borges habrá pensado en escribir su cuento desde el punto de vista del laberinto; al final, ahí estaba encerrado el minotauro, una construcción para mantener encerrada a la bestia. Lo curioso es que no eligieran simplemente una celda y le arrojaran comida; claro está que, al final, sólo la construcción tenía las huellas de los asesinatos cometidos por el minotauro, que comía jóvenes que se le ofrecían como tributo.

El juego de los contendientes era únicamente observado por alguna especie de dios; o, en cualquier caso, se le ofrecía ese espectáculo a él. Por otro lado, el laberinto es un mapa del infinito y quizá también de la nada, o así parece, no estoy completamente segura.

“Sal de la habitación, Ariadna”, me dice Teseo mientras arroja un ovillo de lana que me pega en la cabeza y se hace la luz en el espacio negro y vacío.

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