Líbranos del mal

Por Alonso Díaz de la Vega La asunción de que la pantalla presenta no una recreación o una reconfiguración de la realidad, sino un hecho, dificulta la interpretación de una película como Líbranos del mal 2014. Si la entendiéramos como simbólica, veríamos que en ...

Por Alonso Díaz de la Vega

La asunción de que la pantalla presenta no una recreación o una reconfiguración de la realidad, sino un hecho, dificulta la interpretación de una película como Líbranos del mal (2014). Si la entendiéramos como simbólica, veríamos que en realidad se trata del estrés postraumático. Un grupo de soldados que regresa de la guerra con un demonio dentro es claramente una metáfora. Sin embargo, el director y guionista Scott Derrickson impide esta comprensión de su película cuando advierte que está basada en hechos reales. La historia de horror es un lenguaje de signos, como El Horla, de Guy de Maupassant, donde un ser provoca a su narrador una enfermedad con síntomas muy similares a la sífilis, o como en los primeros 30 minutos de Vestida para matar (1980), de Brian De Palma, donde el asesino parece representar el sida. Derrickson usa el gastado artificio de la presunción de realidad para poseer a la audiencia con el temor de que cuanto muestra en su cinta podría sucederles, pero afortunadamente, la atmósfera tan tensa que logra el director es muy natural y aunque culmina con sustos basados en repentinas apariciones y estruendosos estallidos de gritos o rugidos, se beneficia de una hábil imaginación para sorprender.

Inesperada también es la profunda exploración de la fe en el filme, donde la virtud y la santidad son discutidas breve, pero inteligentemente, en las conversaciones del sargento Ralph Sarchie (Eric Bana) y el padre Mendoza (Édgar Ramírez), los encargados de cazar al espíritu maligno. “La venganza”, explica Mendoza, “destruye al vengador”. El trauma de Sarchie por haber asesinado a un pedófilo se centra en el conflicto entre el peligroso apasionamiento y la frialdad que requiere la  justicia, y de nuevo propone la perturbación de la mente como una posible explicación a las voces que escucha el desequilibrado policía. Derrickson, a pesar de su leyenda “basada en hechos reales”, dota ciertos elementos de la cinta con una ambigüedad fascinante que puede entenderse desde la sicología o la religión. Hasta que sucede el exorcismo.

La escena en la cual Sarchie y Mendoza se enfrentan al demonio es incuestionablemente sobrenatural y frustra un análisis escéptico. Por otra parte, las claras resonancias de El exorcista (1973), de William Friedkin, no suponen un homenaje, sino una competencia que Derrickson pierde, dadas la influencia, el impacto cultural y la originalidad de Friedkin. Esto no quiere decir que Derrickson no cree en el resto de la película imágenes propias muy impactantes, pero sí que se queda corto en esta escena en particular. En ella, la intensidad cae en el exceso tanto como la caricaturesca aparición de la música de los Doors como leitmotiv de la maldad. Lo ridículo y lo grandioso se combinan en Líbranos del mal para otorgarnos una cinta interesante, pero desigual.

Dirige:

  • Scott Derrickson.

Actúan

  • Édgar Ramírez.
  • Eric Bana.
  • Olivia Munn.

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