El latigazo de la democracia

La solución al acertijo de la democracia moderna está en centrar la atención en el grado en el que el jefe de Estado cumple con su deber más simple y esencial: atenderlas necesidades elementales de cada uno de sus electores.

México y Estados Unidos son, entre otros ejemplos, excelentes casos para sospechar de las virtudes que hemos estado educados a atribuirle a la democracia. Las experiencias en los dos países demuestran que, con frecuencia, las elecciones presidenciales conducidas de manera democrática resultan en individuos cuyo desempeño es diametralmente diferente al prometido o aun el esperado.

La amarga decepción en los resultados, medidos en términos de solución de problemas que dijeron resolver, es la razón por la que hay un serio cuestionamiento en muchos observadores, políticos profesionales y, desde luego, electores, sobre la democracia como sistema para entregar a una persona la complicada responsabilidad de dirigir un país.

Hay quienes, al reflexionar sobre los sacrificios, a veces inauditos, que la ciudadanía ha debido desplegar para instalar los mecanismos que garantizan, hasta el punto en que esto es posible afirmar, el funcionamiento confiable de los procesos de control sobre los poderes, en especial el Ejecutivo, llegan a la conclusión de que es mejor simplificar todo y volver a métodos mucho menos sofisticados que los que se emplean.

El caso del presidente norteamericano exhibe una personalidad ególatra y soberbia, apoyado en un sector del electorado que le es fiel hasta lo inimaginable. Confiado en su fortuna millonaria que es, por cierto, pequeña –de 6 o 7 mil millones de dólares– en comparación con la de varios millonarios mexicanos. Trump ha estirado su suerte hasta el grado de exponerse a perder todo: presidencia, fortuna y libertad personal.

El caso del Presidente de México es muy distinto. Llevado por lo que parece ser una convicción misionera, que algunos califican de mesiánica, también estira su suerte hasta el grado en que, al iniciar su segundo año en funciones, hay quienes no pueden imaginarse de qué manera cumplirá las apuestas que lo comprometen también hasta el grado de perderlo todo, incluso por un golpe de Estado que pocos ven posible.

Lo que está claro en ambos casos es que al llegar a la máxima responsabilidad política, el ascenso democrático es la explicación más deleznable de todas.

La solución al acertijo de la democracia moderna está en centrar la atención en el grado en el que el jefe de Estado está cumpliendo con su deber más simple y esencial: atender las necesidades más elementales de cada uno de sus electores que son salud, empleo, educación, vivienda y seguridad.

Muchos ciudadanos vemos que los sistemas de la democracia operativa,  instalados a veces con entrega y sacrificio, no han rendido frutos, en términos de sociedades tranquilas y confiadas, en el goce de condiciones simples de vida.

En el caso de los dos presidentes mencionados, sus esfuerzos se han dirigido, en primera instancia, a los sectores populares de sus respectivas sociedades, intentando por todos los medios y hasta con recursos financieros, conquistar y retener sus votos y, con base en éstos, realizar su plan de gobierno.

Cada uno de los dos casos es distinto. Mientras que en Donald Trump se confirma cada vez más una imagen de deshonestidad y crudo interés monetario, traducido en todas sus decisiones; en López Obrador crece la imagen de un individuo desinteresado en el resultado económico de su gestión presidencial.

En estos momentos Trump se juega todo en el sainete de ser procesado por el Congreso de su país y ser arrojado ignominiosamente de su alto cargo. López Obrador, por su parte, al comenzar su segundo año, también sabe que la apuesta es alta hasta el grado de perder a sus seguidores.

Ambos presidentes son jugadores que no tuvieron miedo a los riesgos totales y por eso la democracia les favoreció. La presidencia de un país no sólo exige fuertes dosis de valentía. Lo que está en juego son las condiciones de vida de aquellos que comparten la suerte de la sociedad. En el caso de Trump sus objetivos son otros, y por ello se le condena junto con las instituciones democráticas que le entregaron el éxito.

El caso de López Obrador está todavía bajo juicio. Hasta ahora es negativo porque sus resultados han sido negativos en materia de seguridad, condiciones económicas y de salud. Además se ha dedicado a socavar, peligrosamente, la unidad nacional. Podría, al igual que Trump, unir a todos en su contra …como latigazo de la democracia.

PD: Los diputados de Morena se cotizaban con 500 Pesos mensuales para que Evo Morales pudiera “seguir desarrollando su actividad política en las duras condiciones que el exilio implica” ¡Quedaron lucidos y nada gastados! (Funcionó el quid pro quo: Evo se fue y a nuestras mafias ya no las llamaron terroristas).

Temas: