Ayer se anunció el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026, otorgado a Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel por sus descubrimientos en optogenética: una tecnología que permite utilizar la luz para activar o inhibir células nerviosas específicas y comprender con enorme precisión cómo funciona el cerebro.
La optogenética y la genómica pertenecen a campos distintos, pero comparten un principio de la medicina contemporánea: cuando los especialistas obtienen información que antes no tenían, pueden intervenir con mayor precisión. Eso es exactamente lo que ha ocurrido en el cáncer de mama.
Durante décadas, las decisiones se tomaron principalmente a partir de aquello que los oncólogos podían observar y medir: tamaño del tumor, histología, ganglios, receptores hormonales y biomarcadores como HER2. Después entendimos que dentro de cada tumor había información molecular capaz de explicar por qué dos cánceres aparentemente similares podían comportarse de manera diferente. La innovación en medicina no debe adoptarse simplemente porque sea nueva. Debe cuestionarse y demostrar que aporta información capaz de modificar una decisión clínica y beneficiar a un paciente.
La historia del cáncer de mama ofrece un buen antecedente. Durante buena parte del siglo XX, la mastectomía radical de Halsted fue el tratamiento dominante: si el cáncer avanzaba desde la mama hacia estructuras vecinas, parecía lógico pensar que una cirugía más extensa ofrecería mayor posibilidad de curación.
Bernard Fisher cuestionó ese modelo. Propuso que el cáncer de mama podía ser una enfermedad sistémica desde etapas tempranas y que retirar más tejido no necesariamente produciría mayor supervivencia. Encontró resistencia de sus colegas y respondió con evidencia. Los ensayos clínicos demostraron posteriormente que, en pacientes adecuadamente seleccionadas, cirugías menos radicales podían obtener una supervivencia equivalente.
Décadas después, Laura van ’t Veer, quien estuvo ayer en México, contribuyó a impulsar otro cambio de paradigma. Su trabajo en el desarrollo de MammaPrint mostró que la expresión genética del tumor podía aportar información que las variables clínicas tradicionales no alcanzaban a revelar. El estudio MINDACT, con 6,693 mujeres, llevó esa hipótesis a una de las preguntas más relevantes de la oncología: si algunas pacientes consideradas clínicamente de alto riesgo, pero con bajo riesgo genómico, podían evitar la quimioterapia. La genómica volvía, así, a cuestionar un supuesto conocido: tratar más no necesariamente significa tratar mejor.
Pero tener más información no basta. Ayer también se entregó el reconocimiento Genethic Pioneer a nueve oncólogos que comenzaron a incorporar la genómica cuando su utilización era mucho menos frecuente: Sonia Flores, Eduardo Barragán, Carlos Robles, Mauricio Canavati, Ernesto Sánchez Forgach, Fernando Cordera, Tofic Saleh Montalvo, Rafael Padilla y Jorge Monges Jones.
Lo relevante no es que hayan utilizado una prueba primero que otros. Ser pionero en medicina no significa adoptar primero una tecnología. Significa hacer preguntas, exigir evidencia y estar dispuesto a modificar la práctica cuando esa evidencia lo justifica.
Para atender el cáncer de mama hoy tenemos genómica, secuenciación de nueva generación, biopsia líquida e inteligencia artificial. El reto no es producir más información, sino saber qué información cambia una decisión y para qué paciente. Y eso exige algo que ninguna tecnología puede sustituir: el criterio clínico. La medicina de precisión no reemplaza al médico ni convierte una prueba en una respuesta. Agrega información para que médico y paciente puedan tomar una decisión mejor sustentada.
Fisher cuestionó cuánto había que operar. Van ’t Veer ayudó a cuestionar cuánto había que tratar. La siguiente pregunta todavía está por escribirse. Las herramientas cambiarán. Las preguntas, también.
Lo que médicos y pacientes debemos mantener es nuestra disposición a permitir que una mejor evidencia —y únicamente esto— nos lleve a una mejor decisión.
