Suplementos: entre ciencia, negocios y promesas

Juana Ramírez

Juana Ramírez

El Arco de Juana

Pocas industrias han crecido tan rápido como la de los suplementos alimenticios. Una larga lista de productos ha dejado de ser exclusiva de atletas o pacientes con necesidades específicas para convertirse en parte de la rutina cotidiana de millones de personas. 

La promesa es seductora: más energía, mejor sueño, fortalecimiento inmunológico, más músculo, mayor concentración, rendimiento físico y hasta prevención de enfermedades. En una sociedad cada vez más preocupada por la salud, los suplementos parecen ofrecer una solución sencilla a problemas complejos.

Hoy son de los negocios más prósperos. El mercado global supera los 200 mil millones de dólares con tasas de crecimiento cercanas a 9% anual. Se calcula que alcanzará 467 mil millones en 2035. Tan sólo en México hay más de 15 millones de consumidores habituales.

Un estudio en 17 países halló que el impulso no es sólo funcional: los compradores buscan seguridad emocional y pertenencia aspiracional. La combinación de envejecimiento poblacional, el autocuidado y la expansión del mercado digital ha convertido a esta industria en una de las más dinámicas del sector salud. 

Los favoritos son multivitamínicos, magnesio, zinc, calcio, omega-3 y probióticos. Pero ¿cuáles tienen respaldo científico y cuáles son costosos placebos? Al parecer el crecimiento comercial avanza más rápido que la evidencia científica. Existen suplementos con beneficios demostrados en situaciones específicas. El ácido fólico disminuye el riesgo de ciertos defectos congénitos cuando se administra antes y durante el embarazo. El omega-3 puede reducir los niveles de triglicéridos hasta en 40% y disminuir el riesgo de eventos cardiovasculares adversos hasta en 25%. No es poca cosa.

El calcio y la vitamina D ayudan a reducir la pérdida de masa ósea. El problema es que muchas personas tienen niveles adecuados y aun así los consumen. Los déficits más frecuentes y que sí justifican suplementación son vitamina D, B12, omega-3, magnesio, hierro y proteína. El resto, sin análisis clínico, es lotería cara.

También existe evidencia para determinados probióticos en condiciones gastrointestinales concretas y para la creatina en el desempeño físico y la preservación de masa muscular en algunos contextos clínicos y deportivos. Sin embargo, los beneficios suelen ser mucho más específicos y modestos de lo que sugieren las campañas publicitarias. 

Los probióticos son un caso interesante. La evidencia que respalda su uso regular es limitada. En situaciones específicas, los médicos pueden recetarlos, como restaurar el microbioma tras un tratamiento con antibióticos, pero tomar el tipo incorrecto podría alterar el equilibrio intestinal y provocar inflamación. Y sí: el suplemento que compraste para “mejorar tu flora” podría, irónicamente, perjudicarla.

Una parte importante del mercado se mueve en una zona gris. Productos comercializados para “fortalecer el cerebro”, “desintoxicar el organismo”, “activar el metabolismo” o “rejuvenecer las células” frecuentemente no cuentan con la evidencia que avale sus promesas.

Ningún suplemento compensa los malos hábitos. La ciencia sigue mostrando que las intervenciones con mayor impacto en la salud continúan siendo actividad física regular, alimentación equilibrada, vacunación, prevención y acceso oportuno a atención médica. 

A ello se suma el desafío regulatorio. En la mayoría de los países los suplementos no se regulan con los mismos estándares que los medicamentos. En México no requieren aprobación previa de eficacia ni revisión de su fórmula antes de comercializarse. La responsabilidad, en teoría, recae sobre el fabricante, pero en la práctica, recae sobre el consumidor.

La consecuencia es un entorno donde conviven productos respaldados por evidencia con otros cuya utilidad es incierta. Para los consumidores, distinguir unos de otros puede resultar difícil. Para los médicos, representa un reto creciente, hoy debe preguntarse en la consulta qué suplementos consumen los pacientes para evitar interacciones, efectos adversos o encontrar allí la causa del malestar.

El tema no es si los suplementos son buenos o malos. El mercado con su ecosistema de frascos coloridos y de influencers perfectos, está diseñado para que sigamos comprando.

Se necesita una regulación que promueva innovación sin sacrificar evidencia, proteja al consumidor sin frenar el acceso y exija transparencia en un mercado que seguirá creciendo.