Una buena atención médica suele asociarse con una larga lista de estudios, medicamentos, especialistas y procedimientos. Muchas personas salen más tranquilas de una consulta cuando la receta incluye muchas cosas y otros tantos incluso se molestan con sus médicos cuando las recomendaciones insisten “tan sólo” en la adopción de hábitos saludables. Al parecer todos queremos una pastilla, una inyección, una cirugía que resuelva rápidamente el malestar por el que acudimos a la consulta.
La medicina moderna plantea una tendencia muy interesante que, paradójicamente, consiste en hacer menos. Y no porque la ciencia haya retrocedido. Todo lo contrario. Hoy sabemos con mucha mayor evidencia, que no toda intervención mejora la salud y que, en algunos casos, el mejor tratamiento consiste precisamente en no intervenir.
Existe un término para describir este fenómeno, sobreutilización médica: estudios diagnósticos innecesarios, tratamientos que aportan poco o ningún beneficio, cirugías evitables y medicamentos prescritos cuando los riesgos superan las ventajas.
El problema no es menor. La OCDE estima que alrededor de 20% del gasto en salud se destina a atención de bajo valor, recursos que podrían utilizarse para atender necesidades realmente prioritarias. El impacto conjunto del sobrediagnóstico, subdiagnóstico y errores diagnósticos representa hasta 17.5% del gasto total en salud en algunos sistemas sanitarios.
En 2012, el British Medical Journal lanzó la iniciativa Too Much Medicine, alertando sobre un fenómeno que hoy preocupa a médicos, investigadores y autoridades sanitarias de todo el mundo: la medicalización excesiva de la vida cotidiana. Movimientos internacionales como Choosing Wisely elaboraron recomendaciones basadas en evidencia para ayudar a médicos y pacientes a identificar intervenciones que conviene cuestionar antes de realizarlas. Una revisión publicada en 2025 encontró que el sobrediagnóstico existe en prácticamente cada campo clínico, con la oncología a la cabeza, seguida de salud mental, enfermedades infecciosas y trastornos cardiovasculares.
Se calcula que hasta 30% de las cirugías realizadas en EU es médicamente innecesaria. En México, donde el gasto de bolsillo en salud representa casi la mitad del gasto total, ese desperdicio es dinero que sale de los hogares para tratamientos que, en muchos casos, no deberían haberse hecho.
No todos los dolores de espalda requieren de resonancia magnética. La inmensa mayoría mejora con tratamiento conservador y el estudio rara vez cambia la conducta terapéutica.
No toda infección respiratoria necesita antibióticos; la mayoría son causadas por virus y prescribirlos innecesariamente contribuye a la resistencia antimicrobiana.
No todo nódulo detectado en un estudio debe operarse. En el caso de la tiroides, muchos no afectarán la salud de la persona. Antes de decidir una cirugía, es importante valorar los beneficios y los riesgos, porque una operación innecesaria puede exponer al paciente a complicaciones y generar estrés.
Otro caso clásico son las infecciones de oído en niños. Durante décadas, el tratamiento con antibióticos fue el estándar, pero la evidencia acumulada muestra que la mayoría de los casos se resuelven espontáneamente. La Academia Americana de Pediatría lleva más de 20 años recomendando “vigilancia activa” –esperar antes de medicar– en niños mayores de dos años con casos no complicados.
No todos los adultos mayores se benefician al tomar muchos medicamentos. La llamada polifarmacia aumenta el riesgo de interacción, hospitalización y pérdida de calidad de vida.
Esto no significa que la medicina deba hacer menos, sino hacer lo necesario. También existe el problema contrario: personas que llegan demasiado tarde a un diagnóstico de cáncer, enfermedades cardiovasculares o diabetes por falta de acceso, retrasos diagnósticos o ausencia de tamizajes cuando sí están indicados.
La medicina de alto valor consiste en encontrar el equilibrio. Para lograrlo se necesita comunicación y participación informada. El reto de elegir un tratamiento es del médico: evaluar las variables y el costo beneficio de las opciones terapéuticas, pero el paciente debe ser más activo en sus decisiones: preguntar qué beneficio real ofrece un estudio, cuáles son los riesgos o si hay una alternativa menos invasiva. Menos sí puede ser más y mejor.
