Nuestro cine prohibido

Juan José Serrano

Juan José Serrano

Área común

El título de esta semana puede sugerir diferentes épocas de nuestra cinematografía nacional, desde aquella posrevolucionaria en la que, efectivamente, se ejercía una censura tajante, hasta la que me interesa comentar para ustedes en esta entrega. Abarquemos rápidamente, sólo para no dejarla en el olvido, aquella que se llevó a cabo en la época del establecimiento de la “institucionalidad”, y lo entrecomillo con toda la intención de poner en duda el verdadero resultado de los esfuerzos realizados en aquel momento político-social de nuestro país. Como antecedente formal de esta censura, existe un Reglamento de Censura Cinematográfica, publicado por el gobierno del presidente Venustiano Carranza en octubre de 1919, aunque éste se encontraba enfocado en evitar que la imagen del país fuera deteriorada.

Posteriormente existieron momentos en los que el Estado mexicano intervino, derivado del crecimiento de la industria del cine y de su utilización con fines políticos y propagandísticos. Como lo señala una publicación del Archivo General de la Nación del 24 de febrero de 2023, se creó el Departamento de Censura Cinematográfica, adscrito a la Secretaría de Gobernación, el cual desapareció en 1920. No obstante, la vigilancia continuó por conducto de esta dependencia a lo largo de los años. En 1949 se publicó una nueva Ley Cinematográfica; igualmente, se creó una Dirección General de Cinematografía, dependiente de la Secretaría de Gobernación, que oficialmente se dedicaba a la “supervisión”.

Pero, en realidad, la época a la que me refiero es la de la industria fílmica de los años sesenta y setenta en nuestro país: un cine con un toque de prohibición para un sector de la sociedad. Lo anterior, motivado principalmente por una fuerte vigilancia por parte del Estado mexicano, lo que después generó un “libertinaje” en la producción cinematográfica, por llamarle de alguna forma. En esa época se generaron películas con alto contenido de desnudos, erotismo, ambientes generalmente relacionados con cabarets y un lenguaje predominantemente en doble sentido. Aunque existen antecedentes de desnudos femeninos en los años 50 (La fuerza del deseo, de 1955, protagonizada por Ana Luisa Peluffo), fue hasta los 70 cuando se dio esta revolución sexual en la pantalla grande. Sin embargo, hay que tener claro que no fue un movimiento exclusivo de los directores y productores mexicanos; a nivel internacional se inició en esa misma década un fenómeno comercial con el cine erótico. Películas como El último tango en París (1972) y Emmanuelle (1974) son insignias de este momento en el ámbito mundial. México, para ese momento, atravesaba su propia revolución sexual, según se ha documentado en distintos estudios; iniciaban las discusiones sobre la píldora anticonceptiva, las nuevas costumbres y actitudes juveniles, la música se transformaba y se daba una concepción de la sexualidad diferente de la que había tenido anteriormente la sociedad mexicana, profundamente conservadora.

Recordemos que para esa época en México inició el cine de ficheras, con películas como Tívoli (1974) y Bellas de noche (1975). Esa categorización proviene de las mujeres que trabajaban en ciertos cabarets y acompañaban a los clientes a beber y bailar, por lo que recibían como contraprestación precisamente fichas que posteriormente intercambiaban por dinero. Por parte del gobierno, la vigilancia sobre este género empezó a relajarse: fue durante la administración del presidente Luis Echeverría cuando se flexibilizó la censura, mientras que en la del expresidente José López Portillo explotó comercialmente esta apertura; sin embargo, los contenidos políticos sí eran objeto de una fuerte supervisión.

Es por ello que el “cine prohibido” se ubicaba dentro de la clasificación C, o “sólo para adultos”, o, aún más, dentro de la clasificación D, que significaba “sólo para mayores de 21 años”. Con esto podemos llegar a la conclusión de que el cine prohibido de los años 60 y 70 no necesariamente implicaba que su proyección estuviera prohibida en México, sino que se encontraba vetado para públicos específicos y enmarcado en una publicidad que subrayaba su carácter transgresor. Sin duda, el erotismo de esa época se convirtió en una herramienta publicitaria para atraer espectadores.

Y para concluir en esta ocasión en nuestra Área común, cito a _esparzamx_ en Instagram: Pregunta una impresora a otra: “¿Esa hoja es tuya o es impresión mía?”. Al escucharlas dos calculadoras, le dice una a la otra: “Cuenta conmigo”.