Saber distinguir entre el ruido y la señal.
Pablo Simón
Con dolor, profundo afecto y gratitud
In memoriam de Manuel Gurría Ordóñez
Cada siglo condena y consagra a quienes ejercieron el poder. El siglo XX padeció sátrapas de toda laya y grandes líderes que evitaron desastres mayores. Hacia el final, a mi juicio, hubo tres personajes que dieron ejemplo de magnanimidad, entereza y responsabilidad: Mijail Gorbachov, Nelson Mandela y Václav Havel. En contraste, habrá que consignar la mayúscula decepción de Fidel Castro.
En nuestro adolescente siglo XXI, se están decantando prototipos de liderazgos. Se rechaza la simplificación de catalogarlos como buenos y malos, pero es ineludible que, con sus matices, la historia es jueza implacable y siempre incurre en un saldo final.
En días recientes se emitieron dos mensajes. El primero, de León XIV: “Creer en el amor, en la moderación, en la buena política”. Agregó: “¡Basta de la idolatría del yo y del dinero! ¡Basta de las demostraciones del poder! ¡Basta de la guerra!”. Obvio, Donald Trump se sintió aludido y respondió: “El Papa es una persona muy liberal y es un hombre que no cree en detener el crimen”. Lo acusó de “jugar con un país que quiere un arma nuclear”. En breves palabras se definen el liderazgo humanista que apuesta por el encuentro, la razón y el persistente deber de evitar el conflicto y el liderazgo populista que descalifica, ofende, afirma sin probar. Es imposible pretender coincidencias y acuerdos.
¿En qué consiste la “buena política”? De principio, en tener la intención de concebirla y proceder en consecuencia. Metiéndome en un tema escabroso, lo calificaría como la fenomenología de la intención. Quienes resultan malos gobernantes es porque carecieron de voluntad para ser buenos. No hubo el propósito y la motivación de asumir deberes. Es una verdad de Perogrullo: no se puede servir a la gente si ni siquiera se pretende hacerlo. No es que no se sepa cómo hacerlo, es más bien que no se anhela. No está en el ámbito de la capacidad, está en la falta de voluntad. Cuando un profesionista carece de decencia, ¿con qué se reemplaza? Desde luego, se pueden aprender las virtudes, con disciplina y dedicación, pero exigen vocación y pasión para practicarlas.
Cuando el presidente de Estados Unidos expresa: “Las únicas limitaciones a mi poder es mi conciencia” se asemeja a la frase que se atribuye a Goering: “Mi conciencia es Hitler”. Son renuncias a ser sujetos éticos ponderando sus obligaciones con la ley y con la gente.
Retornemos a la buena política. Todo encargado de una dependencia debe ser cuidadoso en la conservación y el buen uso de los recursos. Las primeras asambleas parlamentarias (siglo XIII) le daban prioridad al análisis de cómo se obtenían y se gastaban. El estudio de estas leyes de ingresos y egresos se fue extendiendo al diseño de todo el andamiaje jurídico. Pero, insisto, lo más relevante era, y es, los manejos del dinero del pueblo.
Celebro que nuestra Presidenta haya declarado que “los recursos económicos no son ilimitados”. La pregunta es ¿cómo se puede hacer un uso más eficiente? Y a su vez, ¿a qué fuentes acudir para obtenerlos?
Ha habido un cambio en la política económica para promover la inversión privada. Recordé la frase del entonces secretario de Hacienda Jesús Silva-Herzog Flores: “La apertura económica se hizo a base de crisis”. Desafortunadamente también se hace con una serie de ataduras que vaticinan sus limitados atractivos.
Desde hace varios sexenios se viene hablando de la necesidad de una reforma fiscal. La 4T rehúye emprenderla por el costo electoral. Prefiere darle una inconstitucional tarascada a las pensiones de los jubilados y a los ahorros de los trabajadores.
Todo lo anterior nos remite al inicio de este texto. ¿Qué tipo de liderazgo tenemos y cuál es el idóneo? El tema se discute en todo el mundo. Cada vez las señales son más claras. El compromiso ineludible es percibirlas y atenderlas.
