Trinidad apocalíptica

El fin de Edmundo es una comedia negra de corte juvenil que exige a los espectadores abandonar el abatimiento impuesto por la pandemia de covid-19

Una sonrisa torcida frente al apocalipsis. Eso nos provoca la obra de teatro El fin de Edmundo, una comedia negra, de corte juvenil, donde la muerte –aquí bajo el nombre de Morla– adopta el papel de una dramaturga condescendiente que brinda la posibilidad de un final soñado a los últimos dos sobrevivientes.

Así que mientras los habitantes del siglo XXI intentamos superar una pandemia de locura, Edmundo y Bertolt abrazan su demencia con estoicismo y dentro de su búnker beben sorbitos de amargura y arrepentimiento, en tanto Morla hace de aquel lugar un Titanic de lo absurdo que naufraga en un divertimento, a veces reflexivo, pero sin sobreexplotar el drama ni las consecuencias funestas.

El montaje exige a los espectadores abandonar el abatimiento y la pose cansina impuesta por la pandemia de covid-19. Es como si nos dijera: “Oiga, ¿por qué tan serio?, mañana es el fin del mundo. ¿Cómo irá vestido y qué llevará en la mano? Mejor olvide la pose del Facebook porque ya nada importa”.

Si como escribió Salvador Novo, “la muerte toma siempre la forma de la alcoba que nos contiene”, esta guarida es la posada delirante de una trinidad de personajes que, a través de un ‘casco de voyerismo sináptico’, sostiene comunicación con tres seres imaginarios a quienes llama “espectadores”, en tanto que el arca subterránea guarda los últimos instantes de una tragicomedia sin careta ni muletillas.

En este escenario, la muerte baila, toca el clarinete y el violín, y aporrea el teclado para diseñar los momentos finales en aquel refugio arenoso y paupérrimo, ubicado en el sótano de una tienda de disfraces en el corazón del desierto, donde el tesoro mejor guardado son las guajolotas congeladas.

¿Por qué sobreviviría una humanidad que ha perdido el tiempo en mentiras?, ¿por qué tendría que sobreponerse si en su rostro sólo existe una sonrisa ornamental y la calle se convirtió en un libro de caras ilegibles?, ¿qué intentamos demostrar con esa fachada amable?, ¿sirvió de algo seguir las reglas de etiqueta o alejarnos de la supuesta barbarie?, son sólo algunas de las flechas que se disparan entre los sobrevivientes.

Al final, como dice Bertolt, lo importante es “mantener las historias a flote”, “porque sólo las historias podrán salvarnos. Porque para poder entender una historia es necesario escuchar y no puedes escuchar si estás gritando, si estás robando,  violando, si estás matando, si estás chingándote al otro”.

De Mariana Hartasánchez, la segunda temporada de El fin de Edmundo cerrará el próximo 18 de julio en el Teatro Benito Juárez, una producción afortunada del colectivo Desde los Huesos, con la actuación de Beylin Sabeth, Josué Domingo Martínez y Federico Zapata, y el interesante diseño sonoro de Maglog Orozco.

APUNTE EFÍMERO

Todavía no entiendo muy bien cómo es que el Proyecto Chapultepec beneficiará a la cultura de todo el país sin que se convierta en una pasarela centralista y con escaso público. Ya pasó una semana desde que la secretaria Alejandra Frausto abrió algunos espacios de la cuarta sección, pero en su programa no se aprecia una línea clara. Y, salvo el programa Los independientes de Chapultepec, no se atisba nada más en el horizonte.

Por otro lado, ya es tiempo de que Frausto hable un poco más sobre la Bodega Nacional de Arte, proyectada en la cuarta sección. ¿Cuándo se edificará y cuánto tiempo tardará en funcionar?, ¿cuánto costará?, ¿cómo operará?, ¿cuánto material resguardará?, ¿en qué espacios?, ¿cuántas personas trabajarán en el lugar? y ¿qué colecciones privadas incluirá? son algunas de las preguntas que siguen sin responder. Es lo malo de no dar a conocer el plan maestro con todos sus detalles.

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