Mirada hueca

No parece justo que mire al lector por encima del hombro, como si fuera un menor de edad enajenado...

No existe una visión monopólica sobre la lectura ni una receta para crear nuevos lectores. Por eso desconfío de charlatanes y predicadores que llevan bajo el brazo algún decálogo o manifiesto para recitar las viejas nuevas netas sobre la emancipación del libro. Así que cuando Marx Arriaga, titular de Materiales Educativos de la SEP, se preocupa por la idea de que la lectura es importante porque divierte a las personas, dado que las ayuda a evadirse de su realidad y a sonreír, sólo nos receta una formulación con olor a naftalina, un panfleto sin rigor que pretende cubrir el rastro de sus fallas como promotor de la lectura.

Cada quién habla como le va en la feria o según los libros que ha leído, pero nadie es el mismo tras leer a Saramago, Orwell y Huxley. Es imposible salir ileso de lo escrito por Reinaldo Arenas, Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante, del boom latinoamericano o la prosa irreverente de Ricardo Garibay y Jorge Ibargüengoitia. El mundo no se mira igual tras leer, cómodamente en una hamaca, a Dostoievski, Tolstói, Tsvietáieva, Rosario Castellanos, Juan Rulfo, Elena Garro u Octavio Paz.

Yo sí creo que cada libro es un refugio contra el aburrimiento y que la lectura es una decisión propia que nace de la curiosidad hasta ser una necesidad. El libro es una isla que nos lleva de viaje a descubrir otras geografías y, lo queramos o no, en ese curso atravesamos las arenas movedizas de la reflexión.

Por suerte, la lectura es un acto solitario al que se le resbalan las doctrinas. Así que no preocupa la discrepancia sobre el tema, sino el hecho de que un funcionario que ha tenido la oportunidad de impulsar la lectura se concentre en un discurso sin salida y no en la acción. ¿Dónde están los resultados del camarada Marx como generador de lectores? Disculpe, no los encuentro.

En su discurso Formación de docentes lectores en la Escuela Normal, publicado íntegro ayer en Twitter, Arriaga afirma que “el mercado insistirá (en) que leer es divertido, porque quiere desarrollar en ti una necesidad de consumo. Nos han vendido un estilo de vida intenso, en donde se busca lo nuevo, lo estimulante, pasar por alto lo que ya existe. Convertirte en un ser automatizado que repite acciones y consume productos sin cuestionar algo sobre su entorno”.

No parece justo que mire al lector por encima del hombro, como si fuera un menor de edad enajenado que sólo espera la próxima novedad editorial. Créame, no es un autómata que corre a la librería para canjear el cupón, postear su compra en redes sociales y posar la mirada hueca sobre un puñado de páginas que le hacen reír tontamente.

También es ingenuo sugerir que los lectores buscan libros a consecuencia del boom comercial. Y, si así fuera, entonces concluiríamos que los funcionarios culturales y de educación, como el camarada Marx, tendrían que aceptar su fracaso como promotores de la lectura.

Para cerrar, tomo dos ideas más del discurso de Arriaga. En una advierte que “en los medios de comunicación nunca encontrarán una campaña en donde se señale que leer te ayuda a combatir los abusos laborales, los problemas de marginación, la violencia de género”. Más bien, el funcionario tendría que explicar por qué desde la Secretaría de Cultura federal y la SEP no se ha generado una sola campaña de este tipo. Ojalá lo haga pronto y nos demuestre que es posible efectuarlo sin presupuesto.

Pero el punto más risible es cuando habla sobre transparencia: “Pasa lo mismo con la exigencia por la transparencia, la cual oculta un sentimiento de desconfianza total, no una justicia ni reivindicación de la información. La transparencia es el síntoma de una sociedad que desconfía de todos”. No, la transparencia no tiene que ver con ningún sentimiento ni desconfianza, es la rendición de cuentas que exige toda democracia.

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