El diccionario
Es el archipiélago que sostiene la memoria de la lengua y que resguarda sus definiciones.

Juan Carlos Talavera
Vórtice
Umberto Eco afirmaba que “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor”. En esa categoría está el diccionario, ese odiado y olvidado volumen que carga con la misión de ser un sabelotodo y que debería tener un lugar
especial en el Día Mundial del Libro porque es el archipiélago que sostiene la memoria de la lengua y que resguarda sus definiciones.
El diccionario llegó a mí en los años 80 con los libros de lectura de la SEP, donde encontré relatos, poemas y refranes como La junta de los ratones, El caimán o Pita descubre una palabra nueva, en el que aparecía un ‘palitroche’ que deriva en un insecto de alas verdes e iridiscentes. Durante un tiempo me obsesionó su existencia, pero sólo encontré ‘palitroque’ y entonces entendí que hay mejores dudas que certezas.
Por aquel tiempo encontré en el basurero de la escuela El Diosero, de Francisco Rojas González. Nadie me dijo que lo tomara, pero era como si aquel libro se hubiera negado a ser quemado en aquel tambo. Lo sacudí, lo eché a la mochila y lo escondí bajo el colchón de mi cama. Un día me confinaron a mi habitación por recitar refranes mientras los adultos platicaban, y en aquel sendero del aburrimiento leí Las vacas de Quiviquinta. Nada volvió a ser igual. Después vendrían más libros y más palabras que coleccioné en cachitos de papel que siempre perdía.
Dicen que los primeros diccionarios nacieron en Mesopotamia hace cuatro mil años y que el primero del español nació en 1780 con 46 mil palabras. Hoy acumula más de 93 mil entradas, aunque hay muchos otros especializados y técnicos. El más común es el de la Real Academia Española (RAE) y aquí lanzo una pregunta: ¿Cómo sería un mundo sin diccionarios? Seguramente un caos.
Así he llegado a palabras como calipedia (arte quimérica de procrear hijos hermosos), capnomancia (adivinación por medio del humo que practicaban los antiguos), daifa (concubina), dragomán (intérprete de lenguas), ebúrneo (de marfil), efugio (evasión o recurso para sortear una dificultad), nictálope (persona o animal que ve mejor de noche) o cazcalear (personas que andan de una parte a otra fingiendo hacer algo útil), como esos heroicos políticos y funcionarios culturales que hacen un montón de cosas productivas.
El drama llega con las palabras que ya nadie usa y que, por tanto, son expulsadas del diccionario. Tan sólo en 2019 la Real Academia Española informó que en esa categoría había dos mil 793 conceptos que poco a poco han salido de circulación. Como ejemplo podemos mencionar durindaina, anteantenoche, chicuelo y demoranza.
En México hay decenas de diccionarios. Uno de los más recientes es el de mexicanismos que, en 2010, publicó la Academia Mexicana de la Lengua (AML) —institución que hace unos días cumplió 145 años de vida, en el silencio de la contingencia por el COVID-19—, que derivó en un diálogo intenso entre Gabriel Zaid y
Concepción Company Company. Pese a todo, despertó poco interés el tema.
Pero más allá de quienes imaginan a esos académicos de la lengua como un cónclave de viejitos con togas que dirimen discusiones sesudas con olor a naftalina, en México contamos con la AML, institución con escasos recursos que, pese a todo, resuelve dudas e insiste en las diferencias que hay entre apóstrofe y apóstrofo, la posibilidad de utilizar el término ‘encontentar’ y el horrible plural de la palabra emoticón.
Todo esto viene a cuento porque, en medio de este confinamiento, he vuelto al
diccionario, esa quimera de papel que evoca las propiedades del fénix que en el fuego de su genialidad reúne imaginación e historia de la lengua. Así que celebro la vocación de esos “tiranos” que intentan orientar a más de 470 millones de hispanohablantes en todo el mundo.