Ayuda humanitaria

Nos estamos acostumbrando a las noticias negativas. Guerras, ciudades destruidas, familias desplazadas, por incendios, inundaciones, sismos, sequías, huracanes, epidemias y hambrunas son la constante. Quizá uno de los mayores riesgos de nuestro tiempo sea perder la capacidad de asombro frente al sufrimiento humano.

La ayuda humanitaria existe como respuesta a una realidad que ninguna sociedad debería considerar normal. Su propósito es proteger la vida y la dignidad de quienes, de un momento a otro, han perdido todo. Detrás de cada emergencia hay seres humanos que necesitan alimento, agua, atención médica, refugio y la posibilidad de comenzar nuevamente.

La dimensión del problema obliga a detenernos. Al cierre de 2025, 117.8 millones de personas permanecían desplazadas forzosamente en el mundo por persecuciones, conflictos, violencia y violaciones a los derechos humanos.  Uno de cada 70 refieren los analistas. La ONU estima que para el presente año son 239 millones de personas. Ucrania, Gaza, Sudán y otras regiones nos recuerdan el costo humano de los conflictos armados. 

Una guerra no se mide en tecnologia, soldados, territorios o armas utilizadas. Se mide también en hogares destruidos, hospitales que dejan de funcionar, escuelas cerradas, empleos desaparecidos y familias que emprenden el camino en busca de seguridad y alimento.

A ello debemos sumar los fenómenos climáticos extremos, incendios forestales, lluvias torrenciales, inundaciones, sequías, tifones, tornados, tormentas, temperaturas extremas que golpean a poblaciones. Cuidar la biodiversidad y recuperar una relación responsable con el medio ambiente ayuda a prevenir futuras crisis. Prevenir también significa reconocer que el bienestar de las personas depende del equilibrio del planeta.

Frente a este escenario, la comunidad internacional tiene una enorme responsabilidad. La Organización de las Naciones Unidas cumple una tarea indispensable, pero ningún organismo puede enfrentar por sí solo una crisis de esta magnitud. Se necesita la participación de gobiernos, grupos organizados y ciudadanos.

La Unión Europea (UE) es un ejemplo de responsabilidad compartida. Sus instituciones y Estados miembros participan en una política de ayuda humanitaria que contempla alimentación, asistencia sanitaria, agua, alojamiento digno, protección, educación durante las emergencias y apoyo económico para recuperar autonomía y reactivar las economías locales.

Ese principio debería estar presente en todas las agendas públicas, como la de México, donde actualmente en una primera etapa se sembraron 6 millones de árboles. Sin embargo, vivimos un momento en el que importantes recursos se destinan al armamentismo, la defensa y la confrontación. 

La seguridad internacional es necesaria, pero debemos reflexionar si puede considerarse seguro un mundo donde millones padecen hambre, donde una familia pierde su hogar en minutos, donde niños y jóvenes ven interrumpida su educación por una guerra o una catástrofe y donde protegemos fronteras mientras destruimos ecosistemas indispensables para nuestra supervivencia.

Estamos perdiendo la brújula de nuestras prioridades.

Invertir en prevención, protección civil, cooperación internacional, adaptación climática, conservación de la biodiversidad y ayuda humanitaria también significa invertir en seguridad. Actuar antes de que una crisis alcance dimensiones irreversibles tendrá un costo humano y económico menor que reconstruir después de la tragedia.

La ayuda humanitaria no puede entenderse como un acto ocasional de generosidad. Es una expresión de responsabilidad colectiva y un recordatorio de nuestra vulnerabilidad. Detrás de los millones de desplazados no hay estadísticas: hay personas. Alguien que tenía una casa, una familia, un trabajo, una escuela, una historia y un proyecto de vida.

Ante el dolor ajeno, recordemos algo elemental: antes que las fronteras, las ideologías, las guerras o los intereses económicos, está la vida humana, ¿o no, estimado lector?