Veracruz

Veracruz fue el primer ayuntamiento fundado por los españoles. En 1518, Juan de Grijalva desembarcó en la Isla de San Juan de Ulúa, y fue en abril de 1519 que Hernán Cortés arribó en la playa de Chalchihuecan, nombre náhuatl que significa lugar de mujeres virtuosas, y decidió fundar una población. Ese día era Viernes Santo, el día de la Semana Santa conocido como Vera Cruz, es decir, la verdadera cruz, por ello recibió el nombre de la Villa Rica de Veracruz. Lo de Villa, en alusión a las grandes riquezas de oro tomadas a los amerindios, ahí se gestó la alianza militar que Cortés realizó con los Jefes Totonacas de Zempoala y Quiahuiztlan para la conquista de México–Tenochtitlán.

La semana pasada visité este bello puerto, pues tuve el privilegio de que su cabildo y su presidente municipal, Ramón Poo, me declararan visitante distinguido, junto con un grupo de notables hombres y mujeres liberales de México, en el marco de los trabajos del Congreso Nacional de Avanzada Liberal Democrática.

Así, Manuel Jiménez Guzmán, Beatriz Pagés Rebollar, Manuel Espino, Emilio Álvarez Icaza, Fausto Alzati, Luis Maldonado Venegas, Armando Hernández Cruz, Manuel Granados, Lucía Ramírez Ortiz, entre otros, recibieron esta distinción.

Veracruz, y su bello puerto, también fue anfitrión de las academias liberales: la Nacional de José Elías Romero Apis y la de Historia y Geografía, patrocinada por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que preside Luis Maldonado Venegas, para celebrar, junto con los titulares de las Fuerzas Armadas del país, general Salvador Cienfuegos Zepeda, secretario de la Defensa Nacional, y el almirante Vidal Francisco Soberón, secretario de Marina, el sesquicentenario del triunfo de la Restauración de la República que se dio en el primer semestre de 1867, hace 150 años la victoria liberal fue una constante. Sóstenes Rocha venció y recuperó Guadalajara, Porfirio Díaz hizo lo mismo en Puebla, Mariano Escobedo triunfó en Querétaro y, por último, se recuperó la Ciudad de México.

Nuestra nación sigue enfrentando desafíos y amenazas del exterior, y los más peligrosos provienen desde el interior, pues es común observar en los spots de televisión a líderes mesiánicos, falsos profetas del apocalipsis, guías oscurantistas que atribuyen los males de la nación a las instituciones públicas y privadas. Cuando en realidad, quienes fallan son los hombres y las mujeres,   nunca las instituciones, pues éstas se construyen, se equipan, se remodelan, pero nunca se derriban como si fuesen edificios colapsados en sus estructuras.

Nuestra sociedad está dividida y polarizada, disgustada por la poca eficacia en los asuntos de seguridad y justicia, y las estrecheces económicas del bolsillo que agobian. La democracia es cara y con resultados magros en la gobernabilidad. Los partidos políticos no inspiran ni motivan pasiones cívicas, sólo la lucha por el poder para servirse, ¡No para servir a la gente! Y en esta confusión y desaliento crecen las simpatías por los profetas del populismo que todo lo prometen, y que lo único que desean es llegar a la cima del poder para, desde ahí, justificar su ejercicio destruyendo lo creado; por ello, las amenazas constantes a las instituciones, y, en la leva, sumando a grupos de interés de dudosa reputación, su voracidad es de tal magnitud que para perpetuarse en “sus particulares servicios y transformaciones a la nación” pretenden destruir la Constitución de la República. Ejemplos sobran, como Porfirio Díaz y sus 30 años de Presidente, o los comandantes Fidel Castro y sus 49 años como líder de la Revolución Cubana o Hugo Chávez y su poder constituyente que le permitió su reelección en tres ocasiones gobernando Venezuela 14 años hasta 2013, y que su discípulo, Nicolás Maduro, pretende emular a costa de la sangre y vidas de sus gobernados venezolanos. ¿Vamos en esta ruta de colisión los mexicanos?

¿Sacrificaremos libertades para recuperar supuestos beneficios de seguridad y justicia con los riesgos de rompimiento y quebranto de las instituciones, sustentando como pretexto que la Constitución no sirve y, de fondo, quieren los fundamentalistas una a modo que les permita perpetuarse en el poder? Peligroso… ¿o no, estimado lector?

Temas: