Zona Rosa
En los sesenta se abrieron cafés, galerías de arte y restaurantes: El Parador de José Luis, el Focolare, el Rívoli.
Iniciado el siglo XIX, la Ciudad de México vivió un ritmo acelerado. La imparable urbanización alcanzó “pueblos vecinos” como Tacubaya, Mixcoac, San Ángel o Coyoacán. Los viejos palacios porfiristas dieron paso a nuevas construcciones, siendo totalmente modificados como la estructura del Palacio Legislativo transformado en 1938 en el monumento de la Revolución. Inaugurados el monumento a la independencia (1910), Bellas Artes (1934), las estatuas de Colón, Cuauhtémoc y El Ángel en 1942 se sumó La flechadera de las estrellas del norte, popularmente conocida como La Diana Cazadora. Con Miguel Alemán, la ciudad vivió una transformación notable. Se proyectó la Avenida División del Norte y la de Insurgentes, el Río de la Piedad fue entubado para iniciar el Viaducto, se construyó la Torre Latinoamericana y El Auditorio Nacional (1953). Con Ruiz Cortines, la capital vivió un conservadurismo y una moralidad estrictos reflejados en la vida cotidiana. Los centros nocturnos de la época alemanista padecieron prohibiciones que alejaron a los noctámbulos, el regente Uruchurtu los consideraba de “disipación y libertinaje” y ordenó que los cabarets, centros de baile y nocturnos cerraran a la 1 am. Esto alentó una explosión de lugares clandestinos que mantenían abiertas sus puertas hasta el día siguiente y en donde convergían figuras públicas, compositores, músicos y poetas. Uno de ellos fue la casa de Graciela Olmos en la Condesa, ex soldadera Villista, traficante de whisky y autora de corridos y boleros; sus tertulias fueron amenizadas por Agustín Lara, Álvaro Carrillo, José Alfredo Jiménez, tríos: Los tres ases, Los Panchos, Los Diamantes y otros como Pepe Jara, Aceves Mejía, Cuco Sánchez, Marco Antonio Muñiz. Así, con amplio reconocimiento de la clase media y la juventud, surgió la Zona Rosa, enclavada en la colonia Juárez —de prestigio porfirista—, comenzó a formarse con la remodelación de viejas mansiones con un uso diferente y la construcción de edificios departamentales, oficinas y locales comerciales. En los sesenta se abrieron cafés, galerías de arte y restaurantes: El Parador de José Luis, el Focolare, el Rívoli, La Llave de Oro y el Passy; sobreviven el Bellinghausen, el Anderson’s, Casa Bell y Los Arcos; bares, boutiques y centros nocturnos: el Señorial, el Marrakech, La Cueva de Amparo Montes y el club de los artistas; se construyeron hoteles de lujo: el Presidente, Aristos y Galerías Plaza. Pasajes como El Jacarandas, frecuentado por artistas y escritores como José Luis Cuevas, Sebastián, Vicente Rojo, Manuel Felgueres, Carlos Monsiváis, Eduardo del Río Rius, Vicente Leñero. Todos de “La Generación de la Ruptura”, Cuevas y Leñero bautizaron este espacio urbano como Zona Rosa porque era “demasiado tímida para ser roja y demasiado atrevida para ser blanca”. Así, los cabarets se convirtieron en lugares teiboleros, las discotecas en antros para “ellos y ellas”, los bares en after hours abriendo puertas en la madrugada y media mañana; dealers vendiendo tachas, grapas y mota; wiwis, conductos para llevar incautos a los “remataderos”; antros donde emborrachan, drogan y retratan al cliente con botellas vacías de Champagne y prostitutas para cobrar cuantiosas sumas de dinero por “la cuenta consumida” y, presionados, pagan con joyas y facturas de automóviles. ¿Y la mafia coreana con sus sótanos y la rusa de Tepito? ¿Ayudará a Mancera la mediocridad de algunos de sus colaboradores? ¿O no, estimado lector?
*Abogado y político
