Calaverita
El martes salí con mis hijas a pedir calaverita. Fue allá en Tepoztlán, donde la tradición se mantiene como hace muchas décadas. Se supone que no hay disfraces de Halloween ni calabazas de plástico, de hecho, si los niños no traen su chilacayota, la gente no les da ...
El martes salí con mis hijas a pedir calaverita. Fue allá en Tepoztlán, donde la tradición se mantiene como hace muchas décadas. Se supone que no hay disfraces de Halloween ni calabazas de plástico, de hecho, si los niños no traen su chilacayota, la gente no les da nada, ni un solo dulce.
¿Chilacayota? Sí, es una especie de calabaza verde a la cual le cortan un pedazo cuadrado en uno de sus lados para, de ahí, escarbar el interior y dejarla hueca. Del otro lado de donde cortaron el cuadrado se ponen los ojos y la nariz y la boca de la calavera. En su interior ponen una vela encendida y así caminan con ella. Algo debe tener que ver con las calabazas que se cortan de la misma manera en América del Norte, pero no soy antropólogo para asegurarlo. Tampoco la gente del pueblo sabe de dónde viene la tradición de cortar así las chilacayotas, al menos en las personas que pregunté. “Así se viene haciendo desde hace mucho tiempo”, me dijeron, “es la tradición”.
Para llegar al centro del pueblo, donde nos habíamos quedado de ver con las amiguitas y los papás, fue toda una odisea. Las calles estaban atestadas de gente y los coches no podían pasar. Preferimos caminar. Vi que había muchos disfraces de Halloween, algo que sé que no les gusta a los tepoztecos. Ahí andaban vampiros, Frankensteins, Tío Cosa, fantasmas de películas de terror, Freddies Krugers. Claro, también había Catrinas, que todos consideramos como el más mexicano de los disfraces.
Tepoztlán se atasca de gente. Vienen de todos lados para recorrer las calles empedradas que suben y bajan, sin orden ni concierto. El pueblo fue creciendo, sin un plan, hay calles muy estrechas, que no fueron pensadas para que se estacionaran coches y que, además, pasaran por ahí los autos en los dos sentidos.
Los cerros de Tepoztlán son hermosos, pero ahora no se ven, está muy oscuro. Allá está el Tepozteco con su pirámide en la cumbre, a donde todos suben o tratan de subir. Algunos se quedan a medio camino, pero eso es en la mañana, con luz de día. Yo subía a cada rato hasta que me resbalé en la bajada. Todo el mundo se preocupa por la subida, sin pensar que la bajada es mas difícil todavía. Así que ahí íbamos mis hijas y yo, y sus amiguitas y sus papás pidiendo calaverita. Como en la escuela de mis hijas las maestras quieren preservar las tradiciones de Tepoztlán, se sabían la canción con la que deben pedir los dulces en cada puerta de la casa:
“Mi calaverita tiene hambre, ¿no hay un pancito por ahí?
No se lo coman todo, déjenme la mitad.
Taco con chile, taco con sal, mi calavera quiere cenar.
Una limosna para mi calaverita”.
Mis papás no hacían altares de muertos. En la religión que profesaban eso no estaba acostumbrado o, debería decir, “permitido”. No, mis papás pensaban de otra manera en relación a los muertos. No fue, entonces, una tradición que se me inculcara. Así que cuando vi que mi hija más pequeña se puso a hacer un altar de muertos ella solita me sorprendió mucho. Claro, en su escuela no se hablaba de otra cosa, pero ella quería hacer el de la casa. No teníamos ninguno de los elementos tradicionales, no todavía. Así que se puso a cortar papel para asemejar el tradicional papel picado. Puso flores, adornos que parecían los de los altares que había visto y fotos. Sólo de dos de sus abuelos, porque de los otros sólo tenemos en digital.
Les compré a mis hijas su calavera de azúcar en el mercado. Le pusieron su nombre y al poco rato se la estaban comiendo. No sé la tradición, ¿se come luego luego o hasta después? Lo que me importa de esta tradición no es defenderla. Está tan viva que no lo necesita. Me gusta que mis hijas convivan con la muerte igual que con la vida. Tal vez esta sea una mejor manera de vivir. No solo en México, sino en el mundo.
