Síndrome de Atlántida
Padecemos un síndrome de Atlántida. Cada quien tiende a creer lo que se le antojay no lo que razona. Con frecuencia, pensamos que nuestros asuntos no nos están sucediendoa nosotros, sino que suceden en otro tiempo, en otro lugar o en otra dimensión.
En memoria de Giuseppe Amara.
Muchos gobernantes y gobernados mexicanos están soñando con lo que no existe. Por eso, nuestros gobiernos requieren administrar una “política nacional de sueños”.
La realidad recomendaría al gobierno sólo dos métodos para con los mexicanos. Uno, despertarlos bruscamente, para que ya no sueñen. Otro, sedarlos prolongadamente para que despierten hasta el próximo sexenio. Para despertarlos, se requiere de mucha valentía. Para adormecerlos, se necesita de mucha inteligencia.
Si yo tuviera que mostrar ejemplos diría que Ernesto Zedillo, Miguel de la Madrid, Gustavo Díaz Ordaz y Adolfo Ruiz Cortines nos despertaron bruscamente y que Carlos Salinas, José López Portillo, Luis Echeverría, Adolfo López Mateos y Miguel Alemán nos adormecieron largamente. Pero, como políticos realistas, todos aplicaron su propia política nacional de sueños.
Hace algunos años se postuló un ideario económico que hemos conocido como neoliberalismo y que nos previno sobre la llamada economía-ficción, por considerar que esta charada se fundaba y se aplicaba sobre supuestos irreales, produciendo las creencias de una ensoñación y terminando en una pesadilla.
Hoy, también necesitamos de una farmacopea política que podríamos llamar neorrealismo, para que nos aparte de la política-ficción, la que se ensueña en fantasías irreales y que siempre ha llevado a la ruina de generaciones y a la destrucción de naciones. También comienza en una ensoñación y también termina en una pesadilla. El 2º Imperio, el 3er Reich y la 4ª República son mis mejores testigos históricos.
Siempre he creído que la fórmula de la política es la suma de todo lo que queremos hacer menos la resta de todo lo que no podemos hacer. Si de esa operación algo queda, eso se llama política. Si no queda nada, no tenemos nada. Ese neorrealismo nos haría comprender que padecemos un síndrome de Atlántida. Cada quien tiende a creer lo que se le antoja y no lo que razona. Con frecuencia, pensamos que nuestros asuntos no nos están sucediendo a nosotros, sino que suceden en otro tiempo, en otro lugar o en otra dimensión. Que si los atlantes fueron griegos que se hundieron, qué me importa. Que si fueron extraterrestres que se fueron, pues allá ellos. Total, nada de eso es nuestro ni nos afecta. Tan sólo nos divierte o, por lo menos, nos entretiene.
De esa misma manera, muchos de nuestros asuntos que hoy tienen pronóstico de catástrofe se nos figuran como los problemas de la Atlántida, que ni son nuestros ni nos afectarán. Que, si ya no vamos a tener producción industrial para exportar, pues exportemos peones. Que, si la batalla de la seguridad ya se perdió, pues que revivan al dizque general Durazo para que ponga en orden a los delincuentes.
Aclaro que no estoy haciendo una guasa de nuestro incierto porvenir. No soy guasón ni el tema se presta para ello. Lo que me inquieta es que estamos corriendo el riesgo de que no funcione el necesario debate político por falta de propuesta y, consecuentemente, por falta de réplica.
O bien, que la confronta se traslade al terreno de una discusión de lo ético en sustitución de un debate de lo político. Que se discuta lo bueno o lo malo, no lo benéfico o lo nocivo. O, peor aún, que la disputa por el destino de la nación se concentre en el chisme y no en el tema, en la anécdota y no en el proyecto, en la acusación y no en la solución.
En las democracias, eso sólo se logra con la perfecta pareja formada con un buen gobierno y una buena oposición. El buen gobierno es el fuerte promotor que realiza acciones. La buena oposición es el recio moderador que evita excesos. Ello lleva al buen ejercicio de la autoridad y al buen uso de la libertad.
El problema siempre ha surgido cuando el gobierno es desmañado y cuando la oposición es desteñida. Cuando el gobierno es gris oscuro y la oposición es gris pálido.
Ése es el modelo neutro. El del no compromiso y el de la no responsabilidad. Es la victoria de la insignificancia y es la derrota de la magnanimidad. Es el síndrome de Atlántida.
