Pleitos de vecinos
A Trump no le gustan los mexicanos en Estados Unidos, pero tampoco le gustan los mexicanos en México ni en el mundo ni en la vida. Eso no es nacionalismo. Es xenofobia. No es bueno que, casi a diario, diga que los mexicanos somos criminales, que somos limosneros, que somos arrimados, que somos peligrosos, que somos mantenidos, que somos inferiores y que somos pendejos.
México y Estados Unidos son la pareja de países de todo el mundo con mayor relación, no obstante que somos distintos en raza, en idioma, en origen, en religión y en costumbres.
Nadie tiene tantos consulados correspondientes como nosotros dos. Nadie tiene tantos tratados jurídicos y de todo tipo como nosotros dos. La segunda lengua de ambos países es la de su pareja. Ningún pueblo nos compra tanto ni nos ofrece tantos empleos como el estadunidense. A su vez, los mexicanos a nadie le compran más ni visitan más que a Estados Unidos.
Todo eso para bien y para mal. Es fuerte el comercio, pero es fuerte el tráfico. Es fuerte el turismo, pero es fuerte la migración. Nuestros pueblos son muy buenos amigos. Nuestros gobiernos, … pues tan sólo son puros gobiernos.
Hoy, vuelven a tener un presidente que no quiere que comerciemos ni que nos visitemos ni que nos tratemos ni que nos entendamos. A Donald Trump no le gustan los mexicanos en Estados Unidos, pero tampoco le gustan los mexicanos en México ni en el mundo ni en la vida. Eso no es nacionalismo. Es xenofobia.
No es bueno que, casi a diario, diga que los mexicanos somos criminales, que somos limosneros, que somos arrimados, que somos peligrosos, que somos mantenidos, que somos inferiores y que somos pendejos. Porque, además, todos sabemos que eso no es la solución de un problema generado por su apetito interno de menores costos y por la corrupción oficial de sus autoridades infieles.
Las drogas y los migrantes no se meten, sino que los meten. Y, para meter, hay que pagar a las autoridades de la nación receptora. Es bien sabido el monto de cruzar la frontera de Centroamérica hacia México y el muy superior monto para pasar de México hacia Estados Unidos, hoy encarecido por el discurso presidencial estadunidense.
El que no lo paga, se mete “a la mala” y hasta puede morir en el desierto de Arizona. Pero el que sí lo paga, entra con “carpeta roja”, autobús y hasta contrato de trabajo, escogiendo, según prefiera, ser obrero, albañil o peón. Además, con destino, pasaje, lunch y “chamba” asegurada de antemano. Luego, entonces, si nosotros lo sabemos, es seguro que lo sabe la alta autoridad de la Casa Blanca y, ergo, su discurso no es sincero.
Pero no sólo está la paja en el ojo ajeno, sino que nosotros también debemos ver nuestra viga mexicana. No podemos ser gratos para ellos cuando los migrantes entran a México en caravanas multitudinarias, ante los medios de comunicación, frente a la complacencia de la autoridad, utilizando todo tipo de transporte, escoltados por todo el territorio, hospedados oficialmente, alimentados gratuitamente y estimulados para que, de la manera más rápida y más cómoda, lleguen a las puertas de la frontera norte. Ante eso, es muy difícil refutar el discurso de ellos. Y menos aún el discurso de los narcóticos porque la migración puede tener disculpa, pero la droga no tiene defensa. Los migrantes tienen defensores. Los traficantes no los tienen. Salvo cuando algún “buen vecino” les alcahuetea la impunidad, les facilita la fuga o les promete la amnistía. Y para eso no vale malgastar el discurso de la soberanía que es muy complicado de esgrimir y muy necesario para lo de “a-de-veras”.
Es por eso que, durante 30 años, México y Estados Unidos acordaron la inteligente proscripción de las acusaciones. Durante los gobiernos de cinco presidentes mexicanos y de cuatro presidentes estadunidenses, no nos escupimos. Desde Bush hasta Obama y desde Salinas hasta Peña ni nosotros dijimos que ellos eran unos adictos sin remedio ni ellos dijeron que nosotros éramos unos criminales sin remiendo. Y, sobre todo, evitamos denostar a dos naciones ejemplares.
Por el contrario, nos aplicamos a la colaboración recíproca, a la cooperación antidelincuencial y a la tolerancia sensata que no a la ofensa ni a la calumnia ni al odio ni a la venganza. Ni al insulto ni al indulto. Es mejor encender la luz que quejarse de la oscuridad.
