Olga Sánchez Cordero rompe el silencio

Tuve una larga conversación con la futura secretaria de Gobernación, la cual se está transmitiendo, por etapas, en las hospitalarias emisiones de Excélsior TV. Ya lo iniciamos esta semana y presentaremos las siguientes secciones este domingo 29, el martes 31 y el domingo 5 de agosto. Vale seguirlas

La serie es muy interesante por varios aspectos. El primero, por la temática. Mi amiga-condiscípula y yo platicamos sobre la independencia y autonomía de los tribunales, tanto locales como de la Federación. Se planteó que ésta tendría que abarcar una autonomía presupuestaria consagrando, en las respectivas Constituciones, un piso mínimo de asignación presupuestal para la función judicial, sin que esta quedara ya nunca en el caprichoso gusto de los Poderes Ejecutivos y Legislativos.

El asunto de la autonomía presupuestaria ya se ha planteado desde hace algún tiempo y, aunque somos muchas voces las que lo apoyamos, ha habido otras muy recias que la han frenado. Compartiré una experiencia mía de hace algunos años que, en su momento, me sorprendió, pero que sirve para alertar a aquellos que no han recorrido aún en este camino.

Yo me desempeñaba como presidente de la Comisión de Justicia de la Cámara de Diputados. Pertenecía a la bancada más grande de esa legislatura, aunque representábamos a la oposición. Yo me había comprometido con el presidente de la Suprema Corte y con la cúpula de los tribunales de los estados a llevar la autonomía presupuestaria judicial al texto de la Constitución Política. La moción me parecía tan noble que creí que sería “pan-comido” y que mi iniciativa obtendría una aprobación rápida y unánime. ¡Ingenuo de mí!

Siguiendo el método protocolario del proceso legislativo, lo primero fue platicarlo en una sesión plenaria de la bancada a la que uno pertenece. Ante 210 diputados de mi partido presenté mis ideas con mucha candidez. En nuestro grupo había como 60 diputados abogados. Muchos de ellos muy capacitados, muy prestigiados, muy exitosos y hasta muy acaudalados.

Varios de ellos me hicieron observaciones que indicaban no un total rechazo, pero tampoco una total aprobación. Ese fue mi primer asombro. Así seguimos, más entre vaguedades que entre precisiones, hasta que un diputado norteño, franco, abierto y hasta brusco puso orden en el tema. De manera muy directa se dirigió hacia mí, que aun permanecía en la tribuna para contestar las interpelaciones. Lo hizo con el afecto amistoso que me dispensaba, pero con una crudeza descarnada que no dejó lugar a dudas. Transcribo sus palabras para no dejar penumbras. Dijo así: “Mira, Pepe, tu propuesta es muy noble y muy idealista, pero no tiene pies ni cabeza. Yo he visto que los ministros de la Suprema Corte son muy amables contigo y, con frecuencia, te invitan a comer o a cenar. Incluso, algunos sábados calurosos, el ministro presidente te alcanza en tu casa de descanso, disfruta tu alberca, comparte un tequila, come contigo y pasan la tarde. Lo hacen porque te aprecian, pero, además, porque eres muy generoso y cada año les regalas 1000 millones adicionales para su presupuesto, en mejoría de la justicia”. Todo ello era cierto y no constituía ningún secreto ni nada vergonzoso.

Y remató de la siguiente manera: “Pero el día que su presupuesto dependa de la Constitución y no de la Cámara de Diputados, no te volverán a invitar ni a visitar. Quizá, Pepe, no te vuelvan ni a recibir ni a visitarnos por acá. Incluso, quién sabe qué harán con nuestras leyes cuando las expidamos”.

Hasta aquí habló mi amigo nórdico. Nadie dijo nada. Ni lo secundó ni lo refutó. Los 210 diputados me miraban como preguntándome, en silencio, qué proseguía. Tan sólo agradecí las reflexiones y anuncié que retiraba mi moción. La vida entre los poderes públicos seguiría igual que siempre. Un río que prosigue en su cauce, sin cambios en casi 200 años.

Por la tarde anuncié a los presidentes de la Suprema Corte y de los Tribunales de los estados lo acontecido esa mañana. Les dije que había que esperar una o dos generaciones para ver si un día el Congreso de la Unión se llenaba de magistrados idealistas en lugar de los políticos realistas que hoy la componíamos. Todos rieron de mi ironía y apreciaron mi trance.

En fin, Olga Sánchez Cordero rompió el silencio con un enfoque insólito en un secretario de Gobernación. Dijo que lucharía por este logro. Estoy con ella. Espero que su jefe también lo esté. También habló de la “podredumbre integral” de las procuradurías. De los 120 mil homicidios en dos sexenios. De la multiplicación de cementerios clandestinos. De que los mexicanos somos huérfanos sin protección de las autoridades. Que muchos funcionarios están involucrados en el crimen. Y que el próximo gobierno recibirá un país roto.

Los invito a que nos siga en nuestras transmisiones sobre estos temas.

Presidente de la Academia Nacional de México

Twitter: @jeromeroapis

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