Las radiografías y las resonancias son inquietantes. Los análisis clínicos son preocupantes. Los diagnósticos de los especialistas son alarmantes. Las segundas y terceras opiniones confirman las primeras. Con todo ello, los pronósticos van desde lo pesimista hasta lo catastrófico.
Ese enfermo se llama México. Está malito su sistema público. Por fortuna, su sistema privado está muy bien en cuanto a empresa, a banca, a planta laboral, a profesiones y a comunicación, entre otras. Deseo un futuro sano y sé que, aun en las peores enfermedades, hay curaciones, hay sanaciones y hasta hay milagros inexplicables. Así es la salud del cuerpo y así ha sido la historia de las naciones.
Hay médicos y hay gobernantes que curan y los hay que enferman. Los hay que salvan y los hay que matan. En estos momentos, no me importa quiénes fueron los culpables, sino quienes nos remediarán. Decían las abuelas que las victorias no son de los superiores, sino de los que no fallan, así como las derrotas no son de los inferiores, sino de los que se equivocan.
Estamos frente a una destrucción sistémica que podría resumirse en 20 síntomas ya confirmados. Comenzaría con la devastación del sistema de salud pública, tanto de servicio gubernamental como de seguridad social. Sin hospitales ni clínicas. Sin médicos ni auxiliares. Sin medicamentos ni instrumentos. Sin equipamientos ni implementos.
Prosigo con el asolamiento del sistema educacional, condenando al país al subdesarrollo y a las generaciones a la servidumbre. La ruina del sistema pensional, donde conocemos el tamaño de la bomba, pero no sabemos lo largo de la mecha.
Continúo con los estragos del sistema de justicia, lo que nos arriesga a regresar a las cavernas. Con la aniquilación del sistema de energía, tanto de hidrocarburos como de electricidad y de nuevas fuentes. Sigamos con el exterminio del sistema agropecuario, lo que nos pone en el riesgo futuro de tener un México africano. Y menciono la demolición del sistema de seguridad, pese a las buenas intenciones de sus jefes.
No olvidemos el destrozo del sistema hídrico y del sistema hidráulico. La extinción del sistema infraestructural. La disolución del sistema fiscal y del sistema presupuestal. El desmantelamiento del sistema diplomático y el posible desastre del sistema comercial.
Por último, en lo político, mencionaría la desgracia del sistema federalista, la perdición del sistema de equilibrio de poderes, el derribo del sistema constitucional, el agotamiento del sistema democrático, la desintegración del sistema electoral, la desaparición del sistema protector de los derechos humanos y la pérdida del sistema anticorrupción.
Hay enfermedades que se previenen o se curan solas. Hay otras que se curan con una medicina, con una cirugía, con una amputación y hay algunas enfermedades que no se curan. Lo muy importante es que el médico y el gobernante no mientan, no fallen y no causen. Esa bazofia que se llama mala práctica y mal gobierno, respectivamente.
La sintomática resumida no la escuché de comunicador ni de medio alguno, no me la informó ni partido ni gobernante, no me la aconsejó ni político ni merolico. Soy muy insignificante para todos ellos y ninguno se tomaría la molestia. Pero me la han compartido los sufrientes reales, los cuales están en mi contacto, así como los especialistas más reconocidos, los cuales están en mi amistad. Esos sencillos y esos sabios me ilustran, me centran y me aconsejan.
Nadie me engaña y nadie podría hacerlo. Tengo una larga historia profesional y política que me ha puesto en contacto con una multitud de los mejores mentirosos. Hasta he sido el blanco predilecto de los intentos de sus mentiras. Por eso, aprendí a oír la mentira antes de que me la digan. Es más, la adivino antes de que a ellos se les ocurra. No me pueden engañar ni un vendedor ni un presidente.
Pero me gustaría que todo lo que he narrado fuera irreal o, por lo menos, que fuera transitorio.
