La ecuación de Ucrania
México es uno de los países más reconocido como un pacifista ejemplar. En el pasado, sufrimos dos guerras contra los poderosos. En una de ellas, que fue muy breve, pagamosel precio de la derrota con la mutilación territorial de Texas, de California, de Arizona,de Nuevo México, de Colorado y de Nevada. Nos dolió, pero nos dio conciencia y realismo.
En memoria de Mario Guillermo Hernández.
Este miércoles, la columna de Pascal Beltrán del Río nos advirtió, una vez más, la asimetría que existe entre el discurso de los pacifistas y el impulso de los poderosos.
México es uno de los países más reconocido como un pacifista ejemplar. En el pasado, sufrimos dos guerras contra los poderosos. En una de ellas, que fue muy breve, pagamos el precio de la derrota con la mutilación territorial de Texas, de California, de Arizona, de Nuevo México, de Colorado y de Nevada. Nos dolió, pero nos dio conciencia y realismo. Vicki Baum recomendaba: “Si tienes alteza, perdona; y si no la tienes, por lo menos olvida”.
La otra de nuestras guerras fue muy larga. Tanto como las dos guerras mundiales juntas. Allí fuimos vencedores, pero también dolió y pagamos con el precio de un “presidentismo” como el que vive la realidad de nuestra política y no de un presidencialismo como el que proclama la ciencia de la politología. Que ha existido durante siglo y medio con diversos rostros y partidos, pero sin cambio alguno.
La diplomacia mexicana ha escrito 50 episodios muy luminosos de la historia internacional. En lo doctrinario, tan sólo menciono la Doctrina Estrada, el principio de No Intervención o el principio de Autodeterminación. En lo fáctico, tan sólo menciono los Acuerdos de Chapultepec, que pacificaron El Salvador; el Grupo de Contadora, que evitó la explosión de Centroamérica; y el Tratado de Tlatelolco, que hizo de la América Latina la única región desnuclearizada del planeta y que le valió al canciller mexicano el Premio Nobel de la Paz.
En la otra esquina se encuentra el perfil de los poderosos que, precisamente por su poder, no tienen nada de pacifistas y nos miran como seres raros. También a ellos la historia les ha modelado el temperamento. Estados Unidos y Rusia son dos de las tres potencias occidentales que nunca se han rendido y que nadie los ha vencido.
Será la política o será la sicología, pero lo cierto es que para nosotros, los pacifistas, es más importante la vida que la victoria, mientras que para ellos, los poderosos, es preferible la muerte que la derrota.
La crisis de Ucrania nos recuerda la Crisis de los Misiles, como lo dice el artículo recomendado. En octubre de 1962, Estados Unidos y la entonces Unión Soviética estuvieron a punto de jalar el gatillo nuclear. Hoy, vuelven a enfrentarse como no lo habían hecho desde entonces, pero en un espejo inverso.
En aquella crisis, la paz se logró porque ambos cedieron algo y ambos ganaron mucho. En un acuerdo verbal y secreto, que hoy todos lo consideran verdadero y valedero, la Unión Soviética se comprometió a que Cuba no se nuclearizara y Estados Unidos se comprometió a que Cuba no se invadiera. El tal acuerdo sería cierto o ficticio, pero después de 60 años ni Cuba tiene armas atómicas ni nadie ha reintentado su invasión.
Ahora vivimos exactamente lo inverso. Ucrania quiere ser parte de la OTAN y ser un aliado militar de Occidente a las puertas de Rusia. Por su parte, Rusia quiere invadir Ucrania. Parece un déjà vu, pero con otros nombres y con otros climas. Occidente quiere poner misiles en la frontera rusa y Rusia inicia una Bahía de Cochinos ucraniana.
Hasta ayer a media tarde, había cuatro escenarios de posible acción y respuesta. El primero, ya iniciado, que Rusia invada Ucrania. Respuesta improbable, que Estados Unidos invada Cuba. El segundo, que Estados Unidos “otanice” a Ucrania y que Rusia “atomice” a Cuba. El tercero y muy catastrófico, que Ucrania se “otanice” y que Rusia la invada ya como parte de la OTAN. O bien, el cuarto escenario sería que la respuesta del otro fuera un simple discurso con mucho enojo y con muchas amenazas.
Me asusta pensar que Putin y Biden no tengan la tolerante inteligencia de Kruschev y de Kennedy. Pero me consuela suponer que Putin y Biden no tendrán los arrestos tan peligrosos de Kruschev y de Kennedy.
