Historias de la geometría política

Durante los años 40 y 50, el proyecto social mexicano empezó a convivircon serios peligros provenientes del norte, como suele sucedernos. Muchos políticos comenzaron a ver en México “comunistas con tranchetes”.

Tienen razón tanto quienes dicen que la política es ciencia como quienes afirman que la política es experiencia. Ciencia sin experiencia puede ser romanticismo y experiencia sin ciencia puede ser barbarismo. La excelencia en toda tarea se forma de ciencia, experiencia, conciencia, paciencia y sapiencia.

Un joven egresado de la escuela de pilotos, pero sin ninguna práctica de vuelo, es muy posible que no llegue a capitán de aerolínea. Pero un joven aprendiz práctico que nunca fue al colegio aéreo, es muy posible que no llegue a viejo.

Con la geometría política, Carlos Hank hizo que los tapetes de Temoaya, las chamarras de Atenco y los suéteres de Chiconcuac fueran política y no moda. Lo mismo que las canciones de Zacazonapan, las carnitas sin manteca, la barbacoa sin sebo, las tortas de La Vaquita, la remodelación de pueblos, la orquesta sinfónica y el Paseo Tollocan. Compartiré un caso real del pasado.

Durante los años 40 y 50, el proyecto social mexicano empezó a convivir con serios peligros provenientes del norte, como suele sucedernos. No sólo Joseph McCarthy, sino también muchos otros políticos comenzaron a ver en México “comunistas con tranchetes”.

Es innegable que el diseño mexicano daba para esas sospechas. Desde la Constitución de 1917 y durante muchas décadas, México fue un país monopartidista que podría ser confundido con los regímenes totalitarios de los cuales los comunistas disgustaban a nuestros vecinos, aunque no así los totalitarismos sudamericanos de derecha.

Adicionalmente, México era una economía casi estatal y muy dirigida. El campo estaba ejidalizado. Los hidrocarburos, minas y recursos básicos eran del Estado. El gobierno era el dueño del 80% de la inversión nacional. La iniciativa privada estaba reducida y confinada.

Para rematar, el sistema educativo, desde el nivel básico hasta el superior, estaba impartido y orientado por la rectoría ideológica del Estado. Los sistemas laborales, de seguridad social y de capilaridad política eran marcadamente sociales y progresistas.

No era fácil para el observador extranjero y menos para el ignorante distinguir a México de los regímenes socialistas de otras latitudes. Nuestros internacionalistas, como Isidro Fabela, Ezequiel Padilla y Jaime Torres Bodet constantemente advertían a nuestros presidentes sobre las desagradables voces antimexicanas que se escuchaban en Washington y en Nueva York.

El espacio de maniobra era muy reducido. No se podría desertar del proyecto mexicano y no se podría ignorar la incomodidad estadunidense. Pero sobrevino la genialidad política de algunos mexicanos.

Seleccionaron a unos 300 zonzos, pero emprendedores, y los hicieron ricos. Algunos, con concesiones. Otros, con contratos. Unos más, con franquicias. Los que sobraron, con alcahueterías. Los incitaron a viajar a Nueva York, Washington y Los Ángeles. A llevar a sus esposas, a sus novias o a ambas para que malgastaran en los almacenes. A cenar en los restaurantes de lujo para que derrocharan. A darse mucho a notar.

Les sugirieron lugares estratégicos. Les enseñaron el high ball, el manhattan y el martini para que se olvidaran de la sangría, del menjul y de la cuba-libre. Les presentaron una “sidrita-amarguita”, llamada champagne. El duque de Otranto los bautizó como “Los 300” y Agustín Barrios Gómez como la “ensalada-popoff”.

El propósito se logró. No viajó ningún funcionario con explicaciones y disculpas. Sólo esos ricachones mexicanos, que nunca se dieron cuenta de su uso y su servicio, para demostrar que en México había ricos y que los había creado el gobierno, al que veneraban.

Los políticos estadunidenses se convencieron de que esos ricos gobiernistas eran la prueba contundente de que México no era ni nunca sería comunista. Sus ánimos se serenaron. Sus voces se acallaron. El proyecto mexicano fue intocado, respetado y respaldado.

Triunfó la geometría política de una generación de mexicanos.

No fue ciencia porque eso no estaba en los libros. No fue experiencia porque eso no había sucedido. Tan sólo fue talento, imaginación y destreza.

Temas: