Es un paro y es una advertencia

Es de resaltar que eso de que ya no cuenten con ellas no está dirigido a un solo gobernante ni a un solo partido, sino a todos. Porque lo cierto es que todos les han fallado durante 25 años y, por desgracia, in crescendo. En el nivel local fracasaron los gobiernos priistas, panistas, perredistas y morenistas. En el nivel federal, “de todos modos te llamas Juan”

Es de la mayor responsabilidad el escuchar el venidero paro de mujeres. Es un mensaje, una inconformidad, una queja, un enojo y una advertencia. Les dice a los delincuentes que ya están hartas. Les exige a las autoridades que ya cumplan. Y les avisa a los gobernantes que ya no cuenten con ellas.

Es de resaltar que eso de que ya no cuenten con ellas no está dirigido a un solo gobernante ni a un solo partido, sino a todos. Porque lo cierto es que todos les han fallado durante 25 años y, por desgracia, in crescendo. En el nivel local, fracasaron los gobiernos priistas, panistas, perredistas y morenistas. En el nivel federal, “de todos modos te llamas Juan”.

Desde al ángulo político, esto es algo delicado. Las mujeres son un factotum en los actuales tiempos mexicanos. De manera informal constituyen un solo partido, aunque simpaticen con diversos. Tendrán sus diferencias, como sucede en todos los partidos, pero, si lo constituyeran formalmente, serían la primera fuerza política nacional. Si no lo han hecho es porque no se han decidido y porque las actuales leyes mexicanas prohíben que los partidos políticos sean unigenéricos.

Pero la identidad de sus problemas y de sus esperanzas les permitiría una cohesión envidiable para las demás organizaciones políticas. Los temas que agobian a la mujer las inducen a unirse y a unificarse. Así como los temas que agobian al hombre les facilitan la desunión y la dispersión. Desde los precios de la canasta hasta la violencia de género asocian a las mujeres y no a los hombres.

Ya mencionamos el quid o lo que es esta protesta. Pero, ahora, mencionemos el quia o para qué es. El asunto se centra en el feminicidio y otras especies de violencia contra la mujer.

El tema de la violencia es un tema fuerte. No es solamente un asunto de agresiones, de por sí cuestión grave. Es, además, un asunto de respetos. Todo esto, desde luego, junto con una indolencia oficial que ha logrado la virtual inexistencia de programas de apoyo a las mujeres y de concientización a una sociedad civil que carece no sólo de una cultura de prevención y de precaución sino, también, de credulidad hacia ellas.

Ahora bien, el campo de lo legal se ha visto encaminado hasta casi los niveles del absurdo. Casi todas las leyes penales mexicanas que castigan la violencia lo hacen como si se tratara de agravios contra la integridad física. Es decir, como si se tratara tan sólo de lesiones corporales.

Resulta muy fácil la aprobación de penas mayores para quien se roba un automóvil, pero no para quien lesiona una dignidad. Esto es un origen gravísimo del problema. Es nadar contra la corriente de cultura que no se compadece con el respeto a los humanos y que considera una monserga pensar en la dignidad, como si ésta fuera una obsolescencia.

Ahora mencionemos el adversus quos o contra quién. Se ha dicho que es un movimiento inducido por los opositores al régimen. Creo que, en lógica política, no solamente importa el motivo por el que se oponen, sino que se oponen. Lo importante no es la causa por la que es mi enemigo, sino que es mi enemigo. Si tienen razón o no la tienen, si son mercenarios o gratuitos, si es por lo que dicen o por lo que sienten, lo que me debe importar, como político, es que no están conmigo y, por lo tanto, están en mi contra.

Con realismo político, comprendo que es muy estrecho el espacio de maniobra que tiene el gobierno. No puede oponerse dialécticamente porque colocarse en contra de esta protesta sería suicida. Y, tampoco, puede oponerse fácticamente porque es muy poco lo que puede hacer y lo que puede solucionar. Está en medio de un laberinto de credibilidad y de un dédalo de gobernabilidad. Está indefendible, imperdonable e impotente.

Hace años, un presidente de México me dijo, con sutil finura política, que me pusiera del lado de la gente y no del lado de él. Que más le ayudaban nuestras alianzas que nuestros aplausos. Que estábamos para gobernar, no para adular.

En fin, este lunes 9 de marzo no va a ser un episodio, sino una campaña, un movimiento y, quizá, una doctrina.

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