El profeta y el apóstol
La neblina política mexicana nos turba la claridad para ver si nuestra bruma de años o décadas consiste en que carecemos de líderes, o en que adolecemos de profetas y apóstoles, o si padecemos que nuestros profetas ven hacia el pasado y nuestros apóstoles ven hacia el futuro. Es decir, que nadie mira en la dirección correcta.
Cierto día, algunos jóvenes y futuros políticos me preguntaron qué se necesitaba para ser un verdadero líder. Les dije que, entre otros factores, el verdadero líder necesitaba tener profetas y necesitaba tener apóstoles.
El líder necesita de ambos, porque no le beneficia hablar sobre sí mismo. Son otros los que tienen que hacerlo por él. Autoelogiarnos no es elegante, no es inteligente y no es gratificante.
Por eso se requiere de los profetas, que son los que preparan el terreno en el que habrá de germinar el líder y, por eso, se requieren los apóstoles, que son los que laboran la cosecha de lo que el líder sembró.
Para explicarme, usaré un ejemplo. Jesús de Nazaret tuvo sus profetas. Algunos, muy remotos, como Elías, anunciaban la llegada de un mesías indeterminado. Pero otros fueron más cercanos, como Juan El Bautista, preciso al decir, primero, que el tiempo ya se acercaba. Segundo, que el mesías ya había llegado y ya estaba entre ellos. Y, por último, que lo identifica, lo señala y lo devela. Pero todos ellos hablaron por Jesús y no fue Jesús quien habló por sí mismo. De la misma manera, fueron los apóstoles los que dieron cuenta y fe de Jesús. De su vida, de sus prodigios, de su pasión y de su resurrección.
En la política sucede algo muy parecido. Los profetas del líder son los que proclaman lo que se requiere y a quién se requiere. Me sirvo del ejemplo de John Fitzgerald Kennedy.
Para las elecciones estadunidenses de 1960, los electores querían a alguien diametralmente distinto a Eisenhower, pese al respeto que le tenían. Pero consideraban que Ike estaba bien para el museo, pero no para la Casa Blanca. Que estaba bien para la historia, pero no para la noticia. Que era para los recuerdos, pero no para los ensueños. Añoraban a Franklin Roosevelt y querían a alguien que, también, fuera universitario y aristócrata. Pero, además de eso, querían que fuera joven, sano y atractivo.
Casi nadie conocía a Kennedy, pero deseaban algo así. Había que hallarlo o inventarlo. John Fitzgerald simplemente se acomodó a la profecía. No se ofreció. Tan sólo se mostró. Tanto en la mitad que tenía de natural y que fue buscada y encontrada, como en la mitad que tenía de artificial y que fue diseñada y fabricada.
A su vez, sus apóstoles fueron Schlesinger, Sorensen y mil más, quienes forjaron la Leyenda-Kennedy. También, algo de ella fue real y algo fue artificiosa. Los conflictos en Alabama, la Crisis de los Misiles o el Discurso de Berlín fueron reales, pero muy bien legendarizados. Otros asuntos no fueron tan reales pero, también, fueron convertidos en leyenda.
Por ejemplo, yo soy de los pocos que creen que la relación con Marilyn Monroe fue más mítica que erótica. Pero soy de los muchos que quieren seguir ensoñándose con que fueron reales el romance, los túneles secretos y las veladas en la Casa Blanca.
Mito y realidad. Leyenda y verdad. Eso es lo que rodea a los verdaderos líderes. A los buenos y a los malos. Así pasó con Hitler, De Gaulle, Churchill, Mao, Fidel, Madero, Perón, Lenin, Nasser, Gandhi o Roosevelt, por mencionar a unos cuantos.
De la antigüedad nos siguen llegando relatos nuevos. Si vamos a la librería y preguntamos sobre algún nuevo libro sobre Alejandro, Napoleón o César, de seguro nos mostrarán uno, cuando menos.
Lo que se ha escrito sobre la vida de Julio César sólo cabría si hubiera vivido 900 años. César sigue teniendo apóstoles, así como Perón sigue ganando elecciones.
La neblina política mexicana nos turba la claridad para ver si nuestra bruma de años o décadas consiste en que carecemos de líderes, o en que adolecemos de profetas y apóstoles, o si padecemos que nuestros profetas ven hacia el pasado y nuestros apóstoles ven hacia el futuro. Es decir, que nadie mira en la dirección correcta.
El hombre vale lo que los demás quieren que valga. Si es un imbécil, pero los demás dicen que es un genio, así se registrará en la historia, y viceversa.
En la política no existe la imagen fiel sino, tan solo, el retrato hablado.
