Los enojados versus los asustados

En las elecciones del 2018 se podrían colisionar dos fuerzas que se contraponen, como las placas tectónicas cuando provocan el terremoto. En la sismología como en la política, lo único seguro es que mientras más pretérito se encuentra el último temblor, más próximo se encuentra el siguiente.

En memoria de Antonio Chedraoui, mi amigo.

En esa concurrirán las fuerzas gravitacionales de dos sistemas cada vez más extraños entre sí. Por una parte, la casta dominante representada por el gobierno, los partidos, los líderes, los candidatos y los dueños del peaje electoral. Por otra parte, la progenie dominada representada por los electores, eufemismo dado a la ciudadanía aparentemente soberana, pero realmente sometida. De un lado, ellos, “los divinos”; del otro, nosotros, “los olvidados”.

Fue mi plática con Pascal Beltrán del Río y su auditorio, la que me susurró que el sistema dominante será una fuerza centrípeta que tenderá a la concentración mientras que el sistema dominado será una fuerza centrífuga que tenderá a la evasión.

El grupo de partidos y candidatos tratará de atraer a los millones de votantes que decidirán la Presidencia de la República y las dos cámaras del Congreso de la Unión. El grupo de electores tratará de evadirse de un espacio donde todos, sin excepción, mentirosamente le han prometido combatir la inseguridad, la corrupción y la pobreza, sin lograrlo siquiera parcialmente.

Hasta allí todo podría ser tan normal como el equilibrio de las fuerzas contrapuestas que han sostenido en orden a nuestro sistema solar y así habrán de funcionar mientras no gane alguna de ellas y algún planeta salga centrífugamente disparado hacia el infinito o, por el contrario, se proyecte centrípetamente a estrellarse contra el Sol. El equilibrio es el factor esencial de todo orden sistémico. Desde en la familia hasta en el globo, sin equilibrio no hay sistema posible.

Desde luego, no estoy hablando de ciencia ficción, sino de política real. Que un día, ese sistema se desordene por el desbordamiento incontrolado de la fuerza ciudadana, pero sin lograr convertirse en un republicanismo democrático o, por el contrario, por el fortalecimiento incontenido de la fuerza gubernamental sin lograr convertirse en un orden constitucional. Estoy hablando de fuerzas brutas mal pareadas.

En el sistema de postulaciones parecen amenazar tres vicios. Uno de ellos es la soberbia, como la que podría dominar a López Obrador cuando dice que no necesita aliados. Que él puede solo vencer a todos, por la buena o por la mala. Otro vicio sería la vanidad, si Ricardo Anaya considerara que él y ningún otro debe ser el candidato de los azules. Que Margarita Zavala y Rafael Moreno Valle no pasarán, por la buena o por la mala. El tercer vicio sería la egolatría. Aquella que puede invadir al PRI o a sus dueños para decidirse, a la buena, por construir una candidatura razonablemente idónea o, a la mala, por decretar un delfinato dactilar.

Ahora bien, el sistema de electores parece estar amenazado por dos vicios. Uno de ellos es que se vote, por enojo social, en contra del grupo gobernante. Que el voto se determine no por una ya inexistente esperanza del cambio prometido, sino por una persistente certeza de que esa marca electoral ya no les sirve, aunque se acepte que las otras tampoco servirán. El otro vicio es el miedo hacia la premonición de que uno de los candidatos, al triunfar, mandaría “al diablo” a todas las instituciones, entre ellas, las garantías constitucionales, incluyendo las de la libertad, las de la propiedad o las de la vida.

Todo eso coloca a “los divinos” ante la seducción de la soberbia que es muy mal amo, ante el engaño de la vanidad que es muy mala maestra o ante la tentación de la egolatría que es muy mal socio. Pero, también, todo eso coloca a “los olvidados” ante el fuete del enojo, que es muy mal compañero, o ante la espuela del miedo, que es muy mal consejero.

Estamos ante al riesgo de llegar al día de la elección con la inapetencia y el desgano producidos por una boleta electoral llena de nombres que ni nos convencen ni nos entusiasman y, ni siquiera nos simpatizan. Que acudir a las urnas lo único que nos produzca sea flojera. Y que lo que más nos interese conocer de ese domingo es si habrá ley seca.

La próxima elección será la más extraña y la más impredecible de la historia mexicana. Lo que nos asusta de un temblor es que, cuando comienza, no sabemos cuánto durará ni cómo terminará. En realidad, lo que nos asusta es lo impredecible.

Yo no sé si, para explicarme en esta nota, hice bien en invocar los axiomas de Isaac Newton y de Charles Richter. No sé si el sistema mexicano se mueva por las fuerzas de la razón o por los impulsos de la sinrazón. Pero todo me parece indicar que la Física y la Sísmica son más claras y más sencillas que la Política.

Twitter: @jeromeroapis

Temas: