De Watergate a Rusiagate

Donald Trump está introduciéndose en un escándalo nacional como los que atormentaron a Nixon y a Clinton, quienes fueron los dos presidentes más inteligentes que ha tenido su nación en estos 72 años. No sé si Trump pudiera ser el tercero. Hasta hoy, muchos no lo creemos. 

Watergate es el nombre de un lujoso conjunto en la ciudad de Washington. Allí estuvo ubicado el cuartel general de finanzas del Partido Demócrata durante la campaña presidencial de 1972. Poco después de ella, se descubrió la existencia de un sistema de espionaje instalado por supuestas órdenes del Presidente. 

Estalló un escándalo nacional que pronto se convirtió en crisis. Toda la alta dirigencia política nacional se dedicó al asunto Watergate y se desentendió de Estados Unidos. El tema se complicó con los otros grandes temas nacionales, contaminándolos a todos. Muchos funcionarios fueron a dar a la cárcel. Fueron meses angustiosos y depresivos para la nación.

Durante dos años se paralizó la vida política. El Presidente fue requerido para entregar las grabaciones que hizo de todas sus conversaciones durante seis años presidenciales. Ventilarlos le pareció catastrófico para la nación. Allí había secretos de China y de Arabia Saudita, de Vietnam y de Rusia, del patrón-oro y del embargo petrolero, de Israel y de Palestina, del Congreso y de la Suprema Corte, de los partidos y de las Fuerzas Armadas, del servicio de inteligencia y del arsenal atómico, de los Kennedy y de los Castro, de México y de Cuba, de la CIA y de la maffia.

El Presidente perdió capacidad de maniobra. Nunca se demostró su culpabilidad pero, de manera inevitable, Richard Nixon renunció como Presidente de los Estados Unidos de América.

Después de una larga batalla política, jurídica y mediática, sólo le quedó ese camino. Como Presidente, quedaba obligado ante el requerimiento congresional. Como ciudadano común, la Constitución lo protegía de cualquier intromisión del Congreso. Con esa solución logró proteger a su país. Entregó las grabaciones a su sucesor presidencial, no a los legisladores ni al conocimiento público. Son cuatro mil horas de conversación grabada. Han pasado 45 años, nueve presidentes y 22 legislaturas. Todos los gobernantes han decidido dar a conocer tan sólo 90 horas. Las otras 3910 prosiguen en la secrecía.

No se pudo salvar a sí mismo, pero pudo salvar a su país. Sin embargo, el precio fue carísimo porque, en la maniobra, cometió diez errores. Uno, se enojó. Dos, reaccionó sin reflexión. Tres, negó los hechos al inicio. Cuatro, tuvo consejeros muy inútiles. Cinco, no evitó la contaminación de la vida nacional. Seis, se dejó engañar. Siete, negoció tarde. Ocho, se deprimió. Nueve, confió en la pureza de lo que tenía de inocente. Diez, confió en el cinismo de lo que tenía de culpable.

William Clinton también se vio envuelto en un affaire, éste de naturaleza sexual, al aflorar una aventura con su empleada-becaria, Monica Lewinsky. El bochinche fue abreviado por la confesión presidencial.

Pero lo importante de su maniobra fue que logró el perdón público, el de su esposa y que, a partir de ello, no habría nadie con derecho a reprocharle algo. La bancada congresional de su partido lo respaldó de inmediato. El precio fue baratísimo porque aprovechó diez aciertos. Uno, no se enojó. Dos, reflexionó antes de actuar. Tres, confesó. Cuatro, tuvo buenos operadores. Cinco, no  permitió que la política contaminara su vida personal. Seis, no permitió que su vida personal contaminara la política. Siete, actuó a tiempo. Ocho, no se deprimió. Nueve, pidió perdón. Diez, lo obtuvo.

Hoy, con el Rusiagate, pareciera que nuestros vecinos vuelven a instalarse en el escándalo y están a las puertas de la crisis. Como una presa que tiene más tributo que desfogue, se ha colmado, ha empezado a escurrirse y está en riesgo de reventar, con incalculables consecuencias de inundación.

Nixon y Clinton lograron resolver. Creo que ninguno de los dos hizo nada tan grave que dañara a su pueblo, a su país o a su nación. Nixon pagó más que Clinton no porque fuera culpable, sino porque a él no le creyeron.

Para los sajones, por su protestantismo anglicano, la verdad vale más que la virtud. Para ellos, todos son pecadores y no hay santos. Por eso no distinguen entre santos y pecadores sino entre sinceros y embusteros. Su sistema político se sustenta en la verdad, no en la virtud. Para los latinos, por su catolicismo romano, la virtud vale más que la verdad. Hay santos y pecadores, más que sinceros y embusteros. Su sistema político se sustenta en la virtud del gobernante, no en su sinceridad.

Nixon y Clinton eran políticos muy entrenados, contaban con fuertes sustentos políticos y fueron electos por mayoría real y no virtual. Salvaron su paso histórico. No sabemos si Trump lo salvará o veremos el primer impeachment de la historia de Estados Unidos.

Twitter: @jeromeroapis

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